Adiós muchachos

A fines de octubre pasado cerró sus puertas “Ave Fénix”, uno de los últimos bodegones de la zona centro de la ciudad.  La esquina de Mendoza y Sarmiento que ayer lo alojaba, hoy le desliza un adiós silencioso que se pierde entre los rostros indiferentes de las personas que siguen de largo y los parroquianos que disimuladamente dejan caer una lágrima al suelo.

El lugar era, antes que nada, un extraviado barco donde hombres y mujeres naufragaban la existencia, encontrando allí cierto amparo de la absurda crueldad del mundo.

Por Santiago Beretta

Organizado como cooperativa de trabajadores, el “Ave Fénix” fue el último de los bares que funcionó en la esquina de Sarmiento y Mendoza. A mediados de 2009, los que alguna vez fueron sus empleados se hicieron cargo del negocio, tras la muerte del quien fuera el último dueño del bar. Comenzó entonces a gestarse en aquel bodegón un clima más fraternal incluso al que había antes, y comenzaron también a desarrollarse una serie de espectáculos (desde karaokes hasta recitales de rock) que trataron de animar con algo nuevo las noches del bar y obtener además algún ingreso extra para sus flacos bolsillos.

Los dueños del inmueble, por su parte, que hacía tiempo que querían desprenderse del bar, decidieron finalmente desalojar el lugar, para el que tienen otros planes mucho más redituables.

Carnaval de almas

Lo maravilloso del “Ave fénix” era que las personas que concurrían al lugar, además de consumir y poner plata sobre la mesa, modificaban el ambiente con cada uno de sus actos.

En una sociedad donde cada vez más se invita a los ciudadanos a participar de los espacios colectivos de forma pasiva (donde se les asigna un comportamiento ya predeterminado), este tipo de lugares resulta cuanto menos necesario.

En el bar, uno entraba a tomar un café y se encontraba con una travesti de incendiado pelo rojo tomando un trago antes de salir a trabajar;  a dos mesas de distancia, un hombre solitario leía un enorme libro de Voltaire. A veces, algún mendigo entraba preguntando si le podían cocinar un pedazo de carne que había conseguido o solicitando que le presten la ducha para poder bañarse; otras un escritor cocainómano aspiraba su droga sobre la mesa. Algunas noches un loco de remate cantaba Ricardo Arjona en el karaoke y otras un cantautor  de veinte años brindaba un recital lleno de extrañas piezas musicales.

Todas estas personas, tarde o temprano, encontrarán algún que otro lugar para surcar sus días; de alguna manera ese es el destino de los disconformes y los desamparados. Pero las circunstancias que todos juntos generaban probablemente no vuelvan a repetirse. Más allá de las causas puntuales del cierre de este bar, todo cuanto existe desaparece y eso es lo maravilloso y despiadado de la existencia.  Quizás, la única forma de salvar a las cosas es recordándolas.

Los borrachos

“El pastor” le decían a Juan, una de las pocas personas que se convirtió al evangelismo (por eso su apodo) pero que jamás abandonó la ginebra.  Lejos de beber con culpa, festejaba cada trago que tomaba como también festejaba, con una enorme sonrisa, los tragos que tomaban sus compañeros de mesa. No eran más de las once de la mañana cuando ya se había tomado cuatro o cinco ginebras, con sorbos pequeñitos y rostro entusiasmado.

En una mesa del fondo, el arquitecto Oscar tenía su oficina. Allí anotaba cosas en su vieja agenda de cuero o conversaba con alguna que otra persona. En general, siempre flotaba en una espesa nube de tabaco y constantemente se aventuraba hacia la barra en busca de un nuevo trago para calmar la sed de su alma.

De los borrachos que curtieron allí, fue Gonzalo el más legendario de todos los borrachos legendarios. Militante de la ginebra Bols, no sólo no toma la marca “Llave” sino que la detesta apasionadamente. Casi todas su historias están empapadas de alcohol y probablemente nunca deje de beber, a pesar de la las muchas internaciones que tiene encima y la poca salud que le queda a sus 45 años. Quizás, está anécdota que cuenta un parroquiano logra sintetizar lo que es su historia: “Era un lunes por la tarde y él ya se había tomado cuatro o cinco ginebras, y en un momento salimos afuera a fumar un cigarrillo. Cuando volvemos a entrar, Gonzalo se tropieza con el escalón de la puerta, cae de espaldas y se rompe la cabeza. Tuvieron que coserlo, darle antibióticos y todo eso... Lo terrible es que al caer no sólo no volcó el vaso, sino que no derramó ni una gota”.

El hombre de la lágrima

De todos los personajes del bar había uno que sobresalía del resto, pero no por su presencia sino por su ausencia. Era un viejo de setenta años que pasaba tardes y noche enteras mirando fútbol o películas por televisión, pero jamás hablaba con nadie. Era un fastasma, alguien que era testigo de las cosas pero que no lograba participar. Su ser parecía un profundo pozo en donde se hundía la nada y su eterno silencio resultaba tan misterioso como desgarrador.

Martín, quién trabajaba en el bar desde el año ‘89, me dijo alguna vez: “Jamás supe su nombre, pero como siempre pedía lágrimas para tomar, entre nosotros lo llamamos <<El Hombre de la Lágrima>>”.

El ciego Hugo y la vieja Rosa

Todos los mediodías, luego de juntar unos pesos mendigando en la peatonal San Martín, el ciego Hugo se sentaba en una mesa junto a la puerta y con insoportables gritos de cotorra pedía café con leche, empanadas o un trago de Gancia. La moza contaba las monedas que había ganado y se las cambiaba por billetes. Una vez que terminaba todo, Hugo volvía al asilo donde vivía, en la zona sur de la ciudad.

Todas las tardes cerca de las cinco, Rosa salía del geriátrico donde vivía y se iba al bar a tomarse su dos Coca-colas dietéticas, porque así se lo había recomendado el médico. Pedía que le destapen las dos gaseosas a la vez y si alguna no estaba lo suficientemente oscura como ella consideraba que deben ser la Coca-cola, pedía por favor que le traigan otra. Cuando el mozo le decía: “Pero Rosa, si está bien oscura esta gaseosa”, ella reflexionaba y amablemente daba le daba la razón.

EPIGRAFE: Un poco de historia

Fundado en 1924 por una pareja de españoles que  aquel año llegó a la ciudad, el bar de Sarmiento y Mendoza era uno de los más viejos de la ciudad. A lo largo de su existencia atravesó distintos momentos y tuvo distintos nombres.

Desde los ochenta y hasta el años 2005 se llamó “Canto Rodado”, nombre que definió muy bien el tipo de personajes que allí concurrían (es la traducción al castellano de Rolling Stone, algo así como “sin rumbo”) y que quedó en el corazón de muchos como un nombre maravilloso.

Otro de sus nombres fue “El Agrario”, dado que desde 1927 y hasta 1933 la Federación Agraria Argentina tuvo su sede donde hoy funciona la Sala Lavardén.

Fue rebautizado como “Ave Fénix” a mediados del 2009, cuando el bar estuvo a punto de cerrar y sus empleados lograron salvarlo, al menos por un tiempo.

1 comentario:

  1. ahhh que lindo texto, muy piola la revista,,,sigan asi valores,,,,exitos!!!

    susan nana

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