Escapando tan solopor Fidel Maguna

Por Fidel Maguna

Uno de cada cien mil llegaría a escapar de la maldición general, por lo que se refiere al resto, sería un acto de misericordia que alguien llegara de noche y les cortasen el cuello mientras duermen. Creer que aquellas desdichadas víctimas son capaces de crear un nuevo mundo, es pura insensatez”
Henry Miller; “Sexus”.

Los dueños de la institución vienen con la noche encima. La durmieron con el único fin de estar en condiciones de afrontar la absurda monotonía del día siguiente. Sobre sus cuerpos se ve la furia de la calle fría después del hogar caliente, y un matiz que se contagian y prestan, tan solo para no hacer tan pesada la carga. Vienen los dueños y dueñas del monstruo, victimas como todos nosotros, pero todos nosotros no llevamos la cara desgraciada como medalla, nosotros no queremos ni podemos contar lo que no pudimos ser, y eso que todavía no fuimos nada. El nosotros es efímero, porque pronto, seremos ellos.

Y nos dicen que somos el futuro, y nosotros estaríamos dispuestos a serlo, solo si ellos asumen que son el pasado, pisado, y retiran sus tropas y nos dejan el presente, el futuro está condenado si lo planean los señores dueños de instituciones y del presente, señores y señoras provenientes del pasado.

Señoras rubias y bien peinadas que ahora pasan por delante de nuestras cabezas y nos mandan para adentro, con mesura, son las dueñas. Se alza gris: la Escuela. Y a las siete y treintaicinco están todos los personajes que trataré de recordar ya sentados en sus bancos, y en su memoria reciente está la bandera alzándose en el cielo de un septiembre que nace, están todos adentro menos yo y el negro quien me crucé dos cuadras antes y todavía está comprando cigarrillos. “la primaverita, me explica, vino bien para los fumaporro. Se está consiguiendo faso copado y rápido, en un chas, nada que ver con agosto, julio o junio, y ni hablar de la merca, solo que la papa siempre mantuvo un mismo precio y una misma facilidad para conseguirla, vos ya sabes...” ya se negro, siempre se. Y entramos, como reos subimos la escalera, y ahí estaban todos, crudos. Mi presente, tan vago como el resto. El tiempo se mata como en una cárcel. Nos vamos dando mañas como un grupo de turistas que naufragan y tienen que convivir en una isla por meses, solo para hacer el paso del tiempo más líquido. Y afuera sale el sol, pero no sale para los desplazados, ni sale en la prisión, ni en un comedor de barrio, y nos miramos entre todos y no podemos hacer nada para que salga donde no sale, pero si para que salga para nosotros mismos. En un arrebato de espacio y tiempo somos 3 los que en vez de estar en el salón (palabra que pronunciarla nos remite al bostezo) estamos en una terraza.

Y es esa la terraza que no se olvida. Y son esos los amigos que se recordaran pero se dejarán de sentir. Quien jura la amistad o quien jura el amor tan solo jura mentirse un rato. Y de ahí bajamos y tomamos café en los dos metros cuadrados que dura el quisco, pero escapando, siempre escapando, escapando del aburrimiento tan solo, porque no escapamos de la autoridad, la autoridad toma café y juega al solitario, y manda interminables cartas siempre parecidas entre si al ministerio, y reta a algún pichón pelotudo que prendió un porro en el baño, o molió a golpes a uno no tan fuerte como él. Pero si no nos creemos que nos siguen, si no nos creemos que están empeñados en expulsarnos, en que nos vaya mal, si no nos creemos que son el enemigo, sería peor, ahí tendríamos tiempo y tranquilidad para pensar, y  entenderíamos que no hay caso, que el enemigo somos nosotros mismos.

Y volvemos a subir a la terracita, en la escalera Matías, recién salido del closet, de metro noventa, jopo rubio y calzas violetas le da consejos a una piba, sobre como no engordar en el embarazo, adaptando los trucos sacados de la Para Ti de su abuela a niñas embarazadas de 14 años.

Suenan los recreos. Y  nosotros alternamos la terraza el quiosco el baño y las excusas a los profesores (los únicos héroes de ese lío) mezclándonos entre los demás esclavos de lo diario. Y decenas y decenas de gente como yo pasa delante de mí como si nada. Y estamos los tres, en un rincón mirando como el patio se viene abajo. Repetimos con pequeñas alteraciones la rutina. Hay días buenos en que son grandes las alteraciones, y es cuando se suma alguien nuevo, pero por lo general se termina bajando. Mis amigos eran los únicos dos que nunca se habían bajado, porque compartíamos esa sensación indescriptible de inutilidad  y de encierro, compartíamos las penas de afuera de la escuela y ahí las volcábamos, fabulosas, nítidas, pero también compartimos la sensación consoladora, y es que a pesar de todo lo que ha ocurrido en la historia del mundo, hay una especie de belleza incesante que la humanidad sigue produciendo, dándole terraza, café y cigarrillos a la tristeza y a la desesperación.

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