La Nueva Polución

Por Petula


Todas las noches pertenecen al futuro. Aún las contaminadas. Pause. Play. Sobre todo las contaminadas, las que aéreas cargan con algo: con ondas radiales y televisivas (actuales o venidas del pasado por el efecto rebote en los gases de la atmósfera), con telefonía satelital (y todos sus fantasmáticos comunicantes), con fantasmas (y toda su telefónica esoteria), con miedo (ese telón de fondo arrugado), con presentimientos ominosos sobre lo que nos va a pasar (los ruleros marca Paranoia). Pause.

Play. Todos los ruidos de las criaturas del planeta vaciándose, líquido espeso en la pecera de la noche. Crepitando en el vaso del cráneo.

La polución nocturna, entonces.

Tenemos por un lado, tironeando semánticamente como chicle al término polución: a la contaminación atmosférica. Por el otro: a la efusión del semen. No problem con eso, hay margen. Y con lo de nocturno, es cosa de preguntarles a los románticos, que son los que cantaron su apología a comienzos del siglo XIX. Y un poco antes también. Ellos aman la noche del mundo y los monstruos que la habitan, así como también aman la noche interna del sujeto y el monstruo en su reverso. La luna es la fogata de hueso con la que danzan los lunáticos. Período nocturno del pensamiento, en parte, porque se queman algunos fusibles del iluminismo. Es de la contaminación mitológica que hay en ese entonces, de la densidad de relatos góticos que flotan en el cielo del centro de Europa, de donde esos jóvenes noctámbulos, reunidos en esa isla que flota en un lago de Suiza, sacarán las historias de terror que mutuamente se han desafiado a escribir. Todo ocurrirá de noche, mientras llueve. Corre el año 1816. De esa polución nocturna grupal saldrán: El Vampiro, efusión seminal del doctor Polidori (doc del poeta Lord Byron, que también está presente), y Frankenstein, efusión seminal de Mary Shelley.

Ese año, 1816, una erupción volcánica llenó el cielo de ceniza. Las tormentas llenaron el globo. Resulta curioso que en ese clima, durante el mismo mes, julio, uno en cada hemisferio, hayan nacido dos monstruos hechos de partes, que arrastrarían su deformidad, su violencia y su angustia por un largo, largo tiempo: la criatura del doctor Víctor Frankenstein, y ese país sudamericano cabezón, con el cuerpo raquítico, con bufanda ancha plateada.

De hecho, toda patria es un sueño deseante, una eyaculación mientras dormimos. Un sueño húmedo: con sangre, sudor, lágrimas y semen (un fluido más que Winston Churchill, qué tanto). Sueño oscuro, denso mal. Modorra pegoteada que cada tanto entreabre los ojos, y ve. Ve la lucha en el revolver cargado de los días. Ve las relaciones de poder, ve los Bancos, las Multinacionales. Ve el poder de las armas. Ve la potencia del dinero… Pero fulminante, el romántico sueño patrio se realiza, una vez más, en lo de Morfeo. A roncar el sueño de los valientes, eyaculad escotes gloriosos, con buena lechita, con goles, atravesad colas montañosas.

¿Y qué pasa si no estamos soñando cuando mandamos el líquido reproductivo fuera?

En La Biblia, un libro, o muchos libros, algunos de ellos excelentes, escritos por tipos que tenían sueños húmedos con Dios, entre otras historias, se relatan las desventuras de Onan. La mano viene algo así: Onan tenía un broder mayor que tenía una mujer. Un día el hermano mayor se muere. Dios, que en el Antiguo Testamento tiene un carácter tirando a bipolar, le dice a Onan que tiene que conocer a la mujer de su hermano para darle descendencia a este, es decir, hijos al fiambre. Raro el de arriba con sus peticiones: ¿para qué lo mató a ese si quería que se reprodujera? En fin, la cosa es que Onan conoció a su cuñada… pero, en el momento de la efusión del semen… Onan vertió en tierra: el chango quería tener su propia descendencia (con su propia mujer, suponemos). ¿Qué hizo el todopoderoso? Lo liquidó a Onan el muy psicopatón. Y la historia sigue cada vez más y más bizarra. Nuestro héroe, como ya se abran dado cuenta intrépidos lectores, lego su nombre a la dulce manufactura: Onanismo.

Lean La Biblia, no pierdan tiempo.

Pero la ley divina no es la única ley que persiguió y castigo el delicado arte de eyacularle al aire.

En su curso Los Anormales, de 1975, Michel Foucault habla de un momento histórico de gran floración de textos, de libros, de folletos, de octavillas con el discurso de la masturbación presentado como gravísimo mal degenerativo, que inclusive puede acarrear la locura y la muerte. Lapso que se extenderá de principios del siglo XVIII hasta finales del XIX. Y de ahí, con intensidad decreciente, hasta los años 80 del siglo XX. En 1718 aparece en Alemania Onania, de un tal Bekker. En 1758, escrito en latín por un tal Tissot, Testamen de morbis ex manu stupratione. En 1770, de la mano de J. B. Basedow, Das Methodenbuch für Väter und Mütter der Familien und Völker. Estos fueron los primeros de una avalancha, una gigante cruzada antimasturbatoria que educaba a lo niños oponiendo el cuerpo deseante y gozoso, derrochador de energía, pajero, contra el cuerpo educado, comedido y productivo, sano: dejar de lado la utilidad social de la producción por el egoísmo del derroche degenerado podía costarles la vida. Se hacía principal hincapié en la responsabilidad que recaía sobre los padres de cuidar al eyaculador nocturno, al mancha sábanas: en esto, ve Foucault un aspecto clave en la formación (en el formateo) estatal de la familia nuclear moderna, con una moral diferente que la de la antigua familia rural, en la que todos (padres, hijos, tíos, abuelos) dormían en la misma habitación, y los ojos del estado y de la sanidad no entraban. Estos dispositivos disciplinarios, funcionando sobre la población serán lo que Foucault llamará Biopolítica. La vigilancia del pajero está en el centro de la organización familiar-nuclear moderna. Para esto no sólo se valía el poder disciplinario de palabras, sino que también proliferó una fauna de objetos, y hasta se cuenta que, en esa época, en Francia, funcionó un museo de cera al que se invitaba a concurrir a los padres con sus hijos, en caso de que estos mostraran indicios de tocarse. Ahí estaban representados todos los accidentes de salud que podían ocurrirle al masturbador.

A soltar el jostik.

La noche está neblinoza. Este texto es mi polución nocturna. Seguro el agua que flota en el aire, alrededor, entre los edificios, está contaminada. ¿Qué no lo está en este mundo globalizado (¿con globito para no manchar?) que se dio vuelta como una media? Si contaminación equivale a mixtura, a mezcla, no tiene por qué ser algo malo. ¿Cómo mierda llegó a significar la misma palabra (Polución) una expulsión de fluido seminal y contaminación ambiental?

¿Es que a los placeres nocturnos solistas ahora los persigue el discurso ambientalista? ¿Les molestara que uno no haga germinar la semillita?


A la vez, sabemos que los pasillos de la autocomplacencia son largos y grises, encapsulados de burocracia fisiológica, aburridos, si no nos cruzamos con alguien, alguien con densidad, alguien con tres dimensiones, o seis.



Alguien real.



Para no terminar, inconciente, inconsistente, como una mancha en el colchón de la espera.
Ojalá. Por ahora, como diría Guy Debord el situacionista: Todo lo que antes se vivía, se aleja como representación.

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