Piñas en San Juan y Entre Ríos

Nublado martes de primavera, 11:30 de la mañana.  En la esquina de San Juan y Entre Ríos, dos jóvenes muchachos comienzan a  pelear. Uno tiene campera de Ñubel, otro remera de Central.  Rápidamente, las personas que rondan el lugar comienzan a indignarse. Los menos, porque nadie separa a los pibes; los más, porque la pelea no logra la intensidad que prometió en un principio.

Por Mauricio González


Uno camina por Entre Ríos, hacia el lado de Pellegrini; el otro avanza por San Juan. En aquella esquina se cruzan, con mirada desafiante deslizan algunos comentarios futbolísticos y de un momento a otro están a las trompadas defendiendo su orgullo.

La pelea promete. Si por algo tan estúpido se están golpenado tienen que ser feroces. La gente de la plaza Sarmiento y algunos que pasaban  por el lugar conforman el expectante público.

Los pibes comienzan a amagar, se tiran manotazos, pero después se sumergen en miradas y pequeños movimientos  que lejos están de la acción. De un camión de soda que esperaba el verde del semáforo, se asoma un hombre y grita con fuerza: “vamos canalla, que el pecho frío tiene miedo”, y con malvada tranquilidad se mete nuevamente en su vehículo.
Vuelan algunas trompadas y el canalla recibe un duro golpe en el ojo derecho. Su nerviosismo aumenta, parece un animal asustado que no se decide a nada. Intenta pegar, pero el leproso está bien parado.

Nuevamente comienzan los amagues, demasiado largos para una pelea callejera. El público, conformado por más de 40 personas, deja de reírse y comienza a impacientarse. “DALE VIEJO, DEJEN DE MARICONEAR Y PELEEN DE UNA VEZ”, grita un pobre hombre al que le hicieron perder su valiosa paciencia. “Estos son más boludos, hace dos horas que están así”, me dice indignado un pelado que tenía al lado.

El de campera de Ñubel lo espera tranquilo, con una burla en la sonrisa. Es de la calle y sabe. En un momento de descuido su adversario le encaja alguna piñas, lo agarra del cuello y le da.
Pero rápidamente zafa y un impecable trompadón demuestra quién manda. Los comentarios del público lo declaran preferido, aunque el no demuestra mucho interés en seguir.
El canalla, un pibe con grandes músculos de gimnasio pero de pequeña inteligencia idiota, está dispuesto a seguir con la pelea. Entonces vuelan más trompadas y comienza a sangrarle el ojo.

El vaivén de los golpes los lleva dentro del estacionamiento que está en la esquina. Los encargados de allí observan todo con total tranquilidad, mientras conversaban entre ellos. Al parecer, no solo no les importa separarlos sino que tampoco les importa que estén revolcándose a los manotazos en el suelo de su propio negocio.

En ese momento, se me acerca un europeo que apenas pronuncia el castellano e indignado y me dice: “EN EUROPA ESTO NO PASA...”. Trato de sacármelo de encima porque la pelea agarra ritmo, pero el tipo vuelve a mi: “además, en Europa la policía está preparada”, dice y con la mano reproduce el movimiento de un policía pegando con la cachiporra.

“Europeo hijo de puta, me vas a contar a que a los africanos indocumentados les convidan te y masas cuando los deportan” pensé para mis adentros. Además, la policía es frenar la violencia con más violencia, en fin...

Un joven en bicicleta dice al pasar con indignada ironía: “que lindo que les queda mirar como se pelean, sigan mirando, no separen total…”. Algunos se avergüenzan y se van (dos mujeres con rostro enrojecido comienzan a retirarse lentamente con la cabeza gacha), otros no le dan la más mínima importancia, la cuestión es que el tipo tampoco los separa, solo deja su civilizada sentencia y con la ética intacta sigue.

Luego de un ida y vuelta de pequeñas trompadas, el leproso encara hacia la terminal de la plaza, mientras el auriazul enfila en dirección opuesta. La gente comienza a irse, todo parece indicar que la pelea terminó.

De golpe, un histérico grito de mujer demuestra lo contrario. Giro la cabeza y veo al canalla, con el rostro incendiado y ganas de llorar, atravesar la plaza corriendo con una enorme rama en sus manos. Todo sucede rápido, algo en el golpe falla y la rama cae al suelo.

Nuevamente están cara a cara, ahora en el barcito de la terminal. Comienzan a tirarse con las sillas, hasta que todas quedan desparramadas por el suelo. Entonces, agarran una cada uno, y la usan tanto para atacar como para defenderse. Con metálico sonido y vuelo de paloma, van y vienen las sillas pero nunca logran dar con el cuerpo del otro.

La gente de la plaza (ahora si preocupada) finalmente decide separarlos, poniendo fin a 20 minutos de gratuita violencia. Tan solo algunas palabras y los ánimos de calman; ¿tan simple era separarlos?...

El de Ñubel se sube a un colectivo interurbano ahí mismo, el de Central agarra calle  San Luis y rápidamente se pierde en la ciudad.  Cuando la policía llega, las conversaciones refieren a una posible lluvia, mientras en el bar los colectiveros tranquilamente beben café.

2 comentarios:

  1. Disfrute mucho el relato. Definitivamente relatar en primera persona, siendo parte de la historia, como por ejemplo cuando te irrumpe el europeo hijo de puta, suma, tanto a la verdad en juego (que deja de ser un hecho objetivo, para pasar a ser un acontecimiento) como a la belleza del relato. Gracias. Saludos!

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  2. El leproso vago y atorrante lo acomodó al parlante. Como siempre fue y como siempre será. Aguante la apología y el barrio del abasto.

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