Rosario de Dios

 

La luna cayó en el charco de una cuneta, y cuando a ella me acerco para ver mi rostro reflejado, me encuentro con el rostro de un fantasma de ojos tristes. Sus palabras son nocturnas mariposas de sonido atravesando la noche, y de repente estoy yo, atravesando la noche en ellas.

Cerca de las tres me cruzo con mi amigo Antonio, está bebiendo ginebra en un bar de la avenida Alberdi, está decepcionado del mundo y me dice; “ los demás están hablando mierda de los demás, dicen lo que dicen porque tragan lo que tragan, se olvidaron de soñar. Después escuchan horrorizados esos gritos espantosos que un animalito horrible escupe cerca de sus heridas abiertas...”.

Un hombre vende diarios en una esquina. En una estación de servicios un sereno de cara cansada mira la televisión. El humo de mi cigarrillo es un blues norteamericano y la tristeza es tan grande que puedo sentirla en el parpadeo de los semáforos.

El día está por comenzar; un hombre recién despierta y dice despacito para sus adentros; “odio despertarme temprano a la mañana, odio mi trabajo y hace rato que no siento nada por mi mujer”. Termina su café y se dirige hacia la calle, pero en el living de su hogar se cruza con su pequeña hija. Quisiera besarla y decirle cuanto la quiere, pero sabe que si hace eso rompe a llorar desconsolado. Además, se le hace tarde. Así que aguantando las lágrimas sale apurado a tomar el colectivo.

Un muchacho joven contempla su cuerpo desnudo en el espejo y comienza a gritar; “Señor, ten piedad de nosotros y de nuestro erotismo desdentado...”. Su madre desde la cocina escucha los gritos, entonces sube el volumen del televisor.

(Rosario es el charco en donde naufragamos y su voz es una hoja de afeitar oxidada.)

Antes de volver a mi hogar me detengo frente a una vidriera, para contemplar en el escaparate a una mujer de yeso sentada en una bicicleta, pedaleando a todo lo que da. A pesar de sus movimientos está siempre en el mismo sitio, tanto esfuerzo para llegar a ningún lado…

El espectáculo me resulta desgarrador pues en él veo resumida toda nuestra historia humana… por eso, el pequeño sonido de un vidrio que se rompe me coloca despiadadamente frente al amarillento rostro de mi dolor...

Editorial Apología Nº 3. Diciembre 2010. Rosario.

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