La vida útil de un tornillo (salida no exit-o)


Por Petula

Cuando termina esto que voy a contar estoy tirado en mi cama con una cara parecida a la de Látigo Coggi después de una de sus unánimes derrotas, en uno de esos días en los que resaca y humillación vienen en el mismo envase.

Concentrábamos en la pensión de Sebas; íbamos a conocer la nueva habitación, con balcón a la calle, a la que se había mudado dentro de la misma edificación: un caserón antiguo en el que se cometió un asesinato; creo que múltiple.

Cuando llego, los que ya están, me salen a saludar al balcón. Imitan a Perón. Subo la escalera como un canguro. La habitación está rebuena, me gusta más que la anterior, y así lo digo. Con un par de decoraciones, ya está (o como dicen ahora que se mueve todo: viaja). Sebas me cuenta que generó una pelea conyugal entre sus vecinos; a la vieja no le gusta nada la idea de que se le muden al lado, al viejo no le importa. Le digo que la cosa es portarse bien por un tiempo hasta que agarren confianza (yo dando consejos; siempre prometo no hacerlo más). Llega Pake y nos presenta un tubo de vodka, una caja de jugo de naranja y una lata de Speed. Flor de destornilladores para mandar por la cañería gástrica y ensanchar la masa gris. Aunque todavía faltan municiones y falta personal. Jere, Lau y Pake se quedan confeccionando tragos; Sebas y yo, vamos a buscar a Lean (en su versión obrero calificado) a la salida del resto en el que trabaja en negro.

Afuera, la noche de un viernes se comienza a erguir sobre sus cinco patas. Vamos por Catamarca: un par de rebaños de estudiantes-niños-buenos, una jauría de chambones-desaforados-colmilludos, algunos zombies arrastrándose en busca de cerebros, uno que otro robot, autos-predadores al acecho; ya se sabe, la noche sobre una urbe, montándola.

Cuando volvemos con municiones en forma de vinos, los destornilladores ya se largaron. La televisión fulgura en su invitación a la lobotomía. Eso es destino generacional: nacimos enredados en los intestinos de la propaganda publicitaria. Tomamos y miramos de reojo los rayos catódicos y charlamos, en ese orden. Llega Albert, viene de las islas. Pegado a él llega Neke, y de toque, Priscila. Ya estamos todos. ¿A dónde vamos? A un recital de rock. En lo personal, cada vez frecuento menos esta clase de eventos. Los átomos rabiosos del espíritu, con el tiempo, se van aquietando, hasta quedar lánguidos como perro de casa vieja.

En la entrada del Club Italiano se amontonan jóvenes, en su mayoría con remeras estampadas. Las estampas no son tan obvias como años atrás. Definitivamente el diseño se ha extendido como una mancha voraz hasta alcanzar casi la misma forma que el arte. Los cabellos por lo general van cortos, tanto en varones como en mujeres. Todos se ven aseados.

Mis amigos se encuentran con amigos de ellos. Algunos están en la organización del reci, y de hecho, tocan. Dos bandas rosarinas y una de Baires. Dentro de poco, un concierto con una banda chilena, que luego devolverá el favor e invitará a la banda rosarina a una gira del otro lado de la cordillera. Todo organizado por estos jóvenes músicos. Definitivamente los pibes se mueven. Pagamos y entramos. Sería una exageración decir que hay más gente en el escenario que abajo. Hay poca gente pero no tanto. La primera banda acaba de arrancar; los temas son cortos, al palo, pero algunas, muchas, tienen prólogos, introducciones, más largas que el tema mismo. Por lo general consejos éticos, recomendaciones sobre las prácticas sociales, la alimentación, etc. Yo escucho y tomo notas (no grabo, con la distorsión y los gritos no me escucho la voz): “Este tema está dedicado a los chicos que vienen a los recitales a buscar chicas y a las chicas que vienen a buscar chicos en vez de venir a escuchar las canciones que les gustan…”; “este tema me lo dedico a mí que encontré trabajo la semana pasada y empecé a laburar…”. Las exhortaciones siguen, cada tanto toman la forma del reproche. En fin: que la primera banda es algo sermonera. La segunda banda es la de los amigos de mis amigos. No hay introducciones moralizantes; está mejor. Cuando me vaya del recital, voy a sacar en limpio que es la banda que más me gustó. Para cuando sube la tercera banda, los porrones y la marihuana me han puesto dionisíaco; me concedo a la música, tenga los decibeles que tenga.

Todo está bien. Y sin embargo algo raro pasa.

¿Desde cuando el rock es una pedagogía new age? ¿Es que Enia y Robert Fripp ganaron? Como les dijo un amigo a sus compañeros de banda más jóvenes: “Yo voy al psicólogo por que me preocupa mi alma, ustedes toman flores de Bach porque les preocupan sus olores corporales”. Vivir y crecer es percibir cómo el mundo se va volviendo un lugar cada vez más raro.

Salimos del recital y encaramos para un local nocturno cito en la calle Pellegrini. Al llegar nos encontramos con una pequeña multitud que abarrota el lugar. Estudiantes (no sé por qué me parece que abundan los de Arte, los de Derecho y los de Psicología, carrera que, en una dimensión paralela, se llama Diseño de Interiores); jóvenes bohemios; algunos chicos y chicas con franca pinta de funcionarios culturales. En el patio, le dan a la consumición de lo lindo. Adentro, digamos que en el centro, un grupete baila. Nos integramos a estos, persiguiendo la epifanía muscular.

Mientras aleteo al ritmo de algo mitad tecno-mitad latinoamericano (je, je: como dando por hecho que lo tecnológico no es, de entrada, latinoamericano), me cruzo con personas que, en el laberinto de mi marote, oscilan entre lo conocido y lo desconocido en lo referente a eso: a las referencias: ¿quienes son?, ¿de dónde nos conocemos? En otros casos, se generan furtivos, de la nada, cariños exacerbados hacia otros; todo, seguramente, fruto de la ingesta de destornilladores, vinos y cervezas.

Me canso. Como puedo, me arrastro hasta la ventana que da al patio buscando una mínima porción de aire que me oxigene el cerebro. Estiro el cuello y boqueo como un pez en vías de convertirse en pescado. Me estabilizo y me percato de que tengo una chica al lado porque ésta comienza a hablarme. Me dice algo como que me ve y ya sabe que clase de tipo soy, soy alguien tímido que no tiene demasiado contacto con las mujeres, alguien que no sabe actuar en público, que se siente desubicado. Y un par de cosas más que no recuerdo. Por un momento estoy a punto de caer en la ensoñación de quien se deja sorprender cuando le tiran las cartas y aparece algo muy parecido a su vida. Sólo por un momento, hasta que me doy cuenta de la obviedad, o mejor dicho, de la banalidad de las observaciones por parte de esta psicóloga instantánea. No es para nada fea, todo lo contrario. De pronto alguien interviene, un macho de la especie creo recordar. Murmura algo en inglés, a lo que yo contesto en un inglés con bastante de chapucero. En el acto la chica me dice que desaparezca, que ya sabe qué clase de tipo soy, uno de esos pretenciosos que se las saben todas, un pedante inaguantable; que me las tome, repite un par de veces, como reservándose el derecho de admisión a sus alrededores. Cuando me estoy alejando de la fuente de oxigeno (ya que ventana, en ese momento, era un eufemismo), alcanzo a decirle que ella se jode: la voy a escrachar en una nota que va a aparecer en una revista. Recién al otro día me pregunto si eso es una amenaza o un chiste.

Mientras tanto, una amiga lo invita a un amigo para ir a pelear con los grandotes de la entrada. Mi amigo declina. El humo, las estroboscopias y el lúpulo fermentado ya son suficiente daño.

Los patovas nos arrean como ganado. Afuera, más de uno baila el vals de la graduación etílica en el torrente sanguíneo. Todavía no amaneció. Cuando me estoy despidiendo de mis camaradas veo que pasa la psicóloga instantánea… y mis amigos la saludan. Va del brazo de un pelado fibroso.

No he caminado ni quince metros desde que me despedí, cuando un árbol, con toda su materialidad naturista, me da en la cara. Los lentes caen y se salvan, como suicida de edificio que rebota en un toldo. Mi primera, inmediata casi, preocupación toma el ropaje de la vergüenza: “el infierno son los otros”, ¿me habrá visto alguien? Me hago el gil (bueno, o hago que me hago) unos metros más, hasta que siento el líquido cayéndome por la cara. Me limpio con la manga de la camisa esperando que no sea para puntos. El ojo derecho me comienza a latir, es un corazón culpable.

El vodka con jugo de naranja te vuelve loco. ¿Cómo no me dí cuenta antes? Por eso “destornillador”: por que te desatornilla uno o más tornillos. Y entonces ahí “te falta un tornillo”: estás loco. Algo así pensé en los últimos tramos antes de embocar la llave en la cerradura de casa.  

A la mañana siguiente desperté y atiné a alivianar mi culpa contándole mi accidente vegetal a Lean en un mensaje de texto. Del otro lado me contestó que anoche (mejor dicho, esa mañana) se había insultado con el vecino de Sebas y le había tirado una piedra. Sí, le había pegado a la vieja, y además, les había roto la ventana.

Bien. Tranquilos. Todos tienen sus problemas.

No entiendo cómo una vida con tan pocos elementos se puede desordenar tanto.

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