La plaza de los encuentros y los intercambios

La plaza Pocho Lepratti, en pleno corazón del barrio Ludueña, es conocida por los carnavales que desde el 2003 se celebran años tras año; a través de la música, el encuentro y la alegría reivindican y continúan la lucha política del hoy legendario Ángel de la bicicleta que le da nombre al lugar. Pero también se realiza, de lunes a lunes y durante todo el año, una feria que en un primer momento resulta inverosímil para luego volverse fascinante. Allí se dan cita todos los días cientos de personas que van a comprar, a vender, a charlar o pasar el rato. El lugar, a partir de sus diversas actividades, es una gran invitación al encuentro como también un motor de profundas reflexiones sobre las posibilidades ocultas que laten en una ciudad.

Texto: Santiago Beretta
Fotografía: Delfina Fregiarro



“Con una vecina nos íbamos a vender ropa a la feria de Rouillón y Segui. Pero el remís cada vez se nos hacía más caro; nos querían cobrar más por los bolsos que llevábamos. Una tarde un remisero nos dijo: ‘Tienen una plaza enorme que está vacía. ¿Por qué no venden acá?’ Ahí empezamos: éramos tres puestitos nomás, con la mercadería sobre los bancos”.

De esto hace ya cinco años. Quien habla es una de las mujeres que comenzó con la movida. Hoy la actividad reúne a más de doscientos vendedores y convoca cerca de mil personas los sábados, domingos y feriados —y en fecha de cobro de asignaciones y pensiones sociales, directamente explota—. Más atrás todavía, comentan, se llevó a cabo una feria que funcionaba a partir del trueque.

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Una mujer acomoda un viejo mantel de mesa sobre la tierra, una piedra en cada esquina evita que el viento lo vuele: marca así su lugar, luego parte hacia su casa para volver tras el almuerzo. Otros lo hacen con bolsas de arpillera, cortinas en desuso o simplemente con piedras. A media mañana, se puede contemplar una plaza desierta donde sorprenden, prolijos, retazos de tela de distintos colores en tranquila espera.

Juana, que junto a una de sus hermanas participa de la feria, explica: “Acá no hay jefes, referentes ni delegados. Y puede venir cualquiera a traer cualquier cosa para vender. Nadie te va a decir nada ni tratar mal. Como mucho, si ocupás un lugar que ya usa otro, te van a pedir que te corras”.

Cerca del mediodía, la mayoría de los bancos ya están cubiertos. También, listos los ciento cincuenta tablones sostenidos por caballetes que tres personas ponen a disposición de quien los quiera alquilar por unos pocos pesos.

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 “No me digas que quieren desalojar”, comenta asustada Rosa cuando le digo que soy periodista. Viene con su hija de lunes a lunes a ganarse la moneda que le permite sobrevivir. “Es que algunos vecinos nos tiran la bronca, dicen que a la plaza la ocupamos y los chicos no la pueden usar. ¿Sabés lo que era antes de la feria? Venías a la mañana y encontrabas macumbas, cosas robadas que escondían entre los yuyos, ropa vieja que descartaban cuando robaban algo mejor. Una vez encontramos hasta un revólver”.

Atravesar sus senderos se volvía peligroso no sólo de noche. A las maestras de la escuela José Mármol, ubicada en una esquina lindera, les robaban al igual que a los chicos que iban a clases. Por otro lado, la plaza era un yuyal: “La municipalidad no venía nunca. Cuando empezamos con la feria contratamos a un vecino que cortó los pastos con un machete. Ellos siguen sin venir, de la limpieza nos encargamos nosotros; a la tardecita, cuando termina la jornada, dos mujeres barren todo, se les paga con una colaboración que cada feriante aporta, que es de dos pesos y no es obligatoria”.

Respecto a la tensión que existe entre la feria y los vecinos, Rosa propone: “Todas las tardes viene David a charlar con nosotros. Es ese pibito que está ahí con camiseta de Central. Tiene un atraso, la madre lo deja acá para que se divierta y charle. Preguntale por qué no va al potrero que hay a la vuelta y que está siempre vacío”. Lo hago: “Mi mamá no me deja porque hace poco mataron a uno”.

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Juana maneja sesenta de los tablones en alquiler. Llega a la mañana temprano y se va cuando cae el sol. Aunque extraña su trabajo de enfermera, reivindica el cariño que poco a poco le fue tomando a la feria: “Antes era más cerrada, ahora hablo con todos. La verdad que acá la gente es muy buena. Cuando a mi hija la operaron del corazón me avisaron de urgencia. Tuve que irme de golpe de la plaza. Y no paraban de preguntarle a mi hermana por mí y por la nena. Muchos hasta iban a mi casa y me golpeaban la puerta para preguntar cómo había salido todo”, recuerda. “La feria funciona también como terapia. Una señora tuvo cáncer; cuando salía de la recuperación venía y se ponía a charlar acá. Decía que por un rato se olvidaba de los problemas”.

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La ropa es lo que más se comercializa, el segundo lugar lo ocupan los alimentos y ahí se terminan las clasificaciones: cada uno lleva lo que tiene a mano. En un mismo puesto se ofrecen paquetes de golosinas de primera marca al lado de collares de perlas de bijouterie barata. En una esquina una mujer vende una mesada de plástico con pileta incluida y a dos metros un hombre remata un par de muletas que también se pueden comprar por unidad.

Hasta la feria se acercan vecinos, habitantes de otros barrios y feriantes que compran productos que luego revenden en otros mercados. Algunos lo hacen en autos, otros en colectivos. Los cirujas de la zona con sus carros. Un hombre ya mayor con el changuito de supermercado que utiliza como carretilla.

Se la llama cariñosamente “La feria de los mugrientos” o “El shopping de los pobres”.

Para muchos es la posibilidad de ganar el dinero que acompaña un ingreso fijo que no llega a ser suficiente. Para otros el único ingreso.

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“¿Cómo resuelven los problemas internos?”, le pregunto a Juana. “Casi no hay… Una tarde dos mujeres se agarraron de los pelos: compartían el marido y se ve que no se pusieron de acuerdo en qué día le tocaba a cada una. Rápido las separamos y cada una se fue para su lado. Esas cosas no pueden pasar, estamos sentados sobre pólvora”.

La feria, desde sus comienzos, no fue bien vista por la municipalidad. Una de sus pioneras recuerda: “Vino la Guardia Urbana y nos quiso sacar. Todavía no éramos muchos. Entonces cortamos calle Junín quemando gomas. Querían que un delegado nuestro vaya hasta el distrito oeste. Pero no tenemos delegados. Y tampoco queríamos ir hasta allá. El problema lo tenían ellos, no nosotros, entonces que vengan ellos”.

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 “Mirá, llegaron las copetudas”, dicen irónicamente las mujeres del barrio cuando tres rubias de tacos altos y ropa ajustada bajan de un auto que estaciona en la plaza. Son abuela, madre e hija, todas con un mismo look de diva en pleno resplandor. Un grupo de adolescentes las rodea rápidamente y casi no les da tiempo a bajar las bolsas con ropa. “Las nenas se vuelven locas. Estas minas tienen la mejor ropa; un montón de ropa cara que no usan más pero que está casi nueva y la venden muy barato”, explica Rosa.

Cuando las rubias se sacan de encima todo el arsenal, dos chicas del barrio se van al centro con ellas: parece que tienen una peluquería y el abundante pelo virgen de las jovencitas del Ludueña es un preciado material con el que se realizan costosas extensiones de cabello. Les prometen trescientos pesos y un corte que incluye un peinado alucinante.

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La tarde del miércoles transcurre tranquila. En el centro de la plaza, en una explanada circular de cemento, hay una asamblea de la que participan feriantes, vecinos y organizaciones sociales. El Bodegón Cultural Pocho Lepratti y comunidades eclesiásticas del barrio organizaron para este domingo un festejo de la primavera dedicado a los más chicos. Para el evento se necesitará el espacio completo de la plaza: se está charlando la posibilidad de que por un día la feria no se realice.

Rosa dice que hay que ser muy maldito para no estar de acuerdo y Carolina que por un día que no se venda no se muere nadie. Agrega que la plaza es de todos. Algún que otro feriante no está de acuerdo con la movida pero todo tiende a resolverse, quizás no sin alguna tensión menor.

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Jorge sobrevive gracias a la feria desde el momento en que un accidente laboral le impidió seguir con la construcción. Al igual que la mayoría de los albañiles retirados, abandonó el oficio en el cual trabajó en negro toda la vida porque ya no le aguanta el cuerpo. Hoy está averiguando por una jubilación y en trámite de juicio para cobrar por el accidente.

Ni bien llega a su puesto habitual, despliega pacientemente herramientas, rulemanes, matafuegos y tornillos. Luego, en un banco enfrentado, ropa usada todavía en buena calidad. El gran espectáculo, sin duda, es verlo desarmar todo cuando termina la jornada y contemplar cómo regresa a su hogar: a la parte trasera de una pequeña moto ata una carreta para descargar mercancías. Un complejo sistema de cuerdas, sogas y cordones le permite acomodar allí tres bolsas de arpillera llenas de ropa, un bolso enorme, una valija de viaje y tres carteras llenas de pesados instrumentos. En algún hueco encaja un matafuego y en un rincón milagroso la muleta que usa para caminar.

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Finalmente se acuerda de que el domingo se realiza la jornada de festejo por el día de la primavera. Bajo el mástil donde una bandera argentina flamea junto a una bicicleta que simboliza la de Pocho Lepratti —aún no está claro si se la robaron o la atesoran sus padres— los asambleístas se saludan conformes.

Probablemente ésta sea una de las plazas más vivas de la ciudad. Aquí también se lleva a cabo, en febrero, un muy concurrido carnaval que convoca no solo a vecinos sino a personajes de los más diversos barrios y que nació como una manera más de recordar, reivindicar y continuar la lucha de Pocho.

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La feria en su cotidiano transcurrir y los actos festivos que se proponen desde las organizaciones sociales inauguran un espacio colectivo que, no sin conflictos, habilita y propone, en un barrio muchas veces violento, un estar alegre y de encuentro con el otro, sin necesidad de fuerzas de seguridad que garanticen la convivencia.

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