El portón gris (Una tarde bajo la sombra de las torres)

Negocio inmobiliario, desalojos y desarraigos. Un bunker de drogas famoso en todo el país y dos nenas pequeñas que, bajo la sombra de las torres más lujosas de la región, lavan un patrullero por un par de monedas. Quizás como ningún otro barrio, Refinería sintetiza las tensiones que hoy marcan la vida de la ciudad. Lujo y precariedad, la indiferencia como identidad y mil historias que allí se agitan. Con ustedes, un retrato de la era de la segregación.
Por Santiago Beretta & Juan Freytes
Foto por Julián Alfano 


Charlas en la frontera

Rubén entró a su casa con la cara partida. Literalmente, con la cara partida. La mitad estaba en su lugar, la otra mitad colgando de un triste pedazo de piel que pendía agónico de su parietal derecho. En pleno tambaleo hacia la cama, se limpió la garganta con un carraspeo y se dirigió a sus tres hijos que lo miraban aterrorizados: “Bueno, chicos... Papá se va a ir a acostar un rato. Ustedes vayan a jugar por ahí”.

Los pibes entraron en pánico. A pulso de llanto y desesperación arrastraron la triste figura de su padre hasta la vereda, donde se desplomó en un lago de sangre. Hicieron señas a un taxi que nunca frenó y a decenas de autos que corrían indiferentes ante sus narices. Al rato pasó una camioneta de la Guardia Urbana que cargó al herido y encaró a toda velocidad para el Clemente Álvarez.

Ese fue el tercer accidente de Rubén a bordo de una motocicleta. “Vean cómo tengo la mandíbula”, nos dice mientras conversamos en el cantero central de Avenida Francia, bajo la pedante mirada de las torres, al tiempo que lleva nuestras manos hasta su castigado rostro para que toquemos cada uno de los varios pedacitos de hueso que tras ese último y tremendo choque se alojaron en impensados rincones.

A nuestro lado está Eugenio, el cuidacoches de la cuadra, quien no presta demasiada atención a la charla. Se mueve de un lado a otro, expectante de los pequeños saludos y pedidos de los vecinos que suben y bajan de sus autos. Relaciones públicas, y no es para menos: desde hace años conserva este valioso espacio de laburo que le reporta unos 300 mangos diarios.

Preguntamos por Kalu, hasta donde sabemos un muchacho que sostiene un centro de lucha contra el sida y que brinda una mano a pibes y pibas que están con problemas jodidos de adicción. Ni Eugenio ni Rubén lo ubican; nos dicen que le preguntemos a Tito, quien a mitad de cuadra está lavando un Focus rojo.

Tito es uno de los tres chicos de Rubén. Después está Marcos, que con diez años le da una mano a su hermano encargándose de sacar lustre a tasas y cubiertas. Y el más grande es Daniel, pero Daniel no está porque hace seis meses cayó en Coronda tras comerse una causa por un robo que cometió su primo. “Se la bancó, nunca dijo nada. Te la tenés que morfar, es parte de un código. Además, si sos buchón en la cárcel vas muerto”, explica Rubén. A todo esto, Tito nunca escuchó hablar de Kalu.

Estamos a pocos metros, unos cincuenta quizás, del famoso bunker de Refinería, principal punto de venta de merca y faso de Rosario y alrededores hasta que la llegada de fuerzas federales de seguridad terminó con su funcionamiento.
Durante un tiempo significó para Eugenio una moneda extra que le llegaba por hacer los mandados que le encargaban habitantes de Puerto Norte. “Con esa changa pude hacerme rico. Cada vez que iba me tiraban 30, 40, 50 pesos. Pero dejé de hacerlo para no quedar escrachado”, cuenta. En cambio, Rubén solía encontrarse en el conflicto: “Era aguantar pibes que después de comprar se la pasaban todo el día fumando y tomando al lado de mi patio. Por mí está todo bien, pero por ahí estaban mis nietos dando vueltas y no daba, ¿entienden? Más de una vez mi mujer salía a los gritos y los sacaba cagando”.

El kiosco de drogas era uno de los pocos lazos que se establecían entre los imponentes edificios que avanzan sobre ese sector de la costanera y la villa que desde hace décadas sobrevive sus días entre Francia y Caseros. Ahora, cada vez más, son vecinos que coexisten en paz pero apenas si se saludan. Y la barriada no deja de ser la piedra en el zapato de ese gigante depredador que se conoce como negocio inmobiliario.

Un pedacito de tierra

Una enorme pecera sin peces ni agua, un caniche blanco destrozando un pedazo de gomaespuma y amplios sillones enfundados en cuerina negra gastada le dan marco a las palabras que compartimos en el living de Manuel. Con cuarenta y ocho años, Manuel recuerda hoy cómo logró quedarse con la que sin dudas es la mejor casa de todo el precario asentamiento. “Esto era una oficina del ferrocarril, creo que acá se trabajaba con los números que tiraba la balanza, que todavía se puede ver afuera. Sí: en estas habitaciones se pesaban los granos. Cuando me enteré que quedaba abandonada me apuré en meterme y desde entonces vivo acá”, evoca.

Como Rubén, como Eugenio y como todos, tiene algo para decir sobre su convivir con el búnker: “Lo que molestaba era que uno no podía ni siquiera dejar colgada la ropa de los chicos, porque te la manoteaban al toque. Yo fui a hablar varias veces con el dueño del kiosco, para que controle un poco esas cosas. Pero supongo que era difícil de controlar, si a veces tenían hasta sesenta metros de pibes haciendo cola. Era impresionante ver cómo el 113 llegaba lleno de gente que se bajaba en esa esquina”.

Por el ventiluz del baño de Manuel asoma el prepotente crecer de una torre que cuando se termine de construir tendrá, digamos, treinta pisos. De esas hay varias en la zona. Titanes de cemento que ocupan espacios que medio siglo atrás estaba destinado a talleres del Central Argentino y fábricas. Refinería era un barrio de fábricas. Viejas voces recuerdan que en su momento se tuvieron que abrir decenas de pasajes y cortadas para que la Policía pudiera burlar barricadas y repartir garrotazos a gusto entre obreros anarquistas en huelga.

La villa de Refinería empezó a tomar forma contra el paredón de lo que alguna vez fue la planta de la vinería Arizu, hoy propiedad de Jugos Trechel. “De hecho, acá todavía no hubo desalojo porque no arreglaron con ellos”, asegura Manuel. Y agrega, terminante: “De cualquier manera, para fin de año nos vamos todos. Las 36 familias que viven acá ya aceptaron recibir dinero de un privado para dejar sus terrenos. Y no puedo mentir: para mí es mejor, porque yo acá estoy usurpando, y con esa plata voy a tener algo mío. Y en general están todos contentos, porque imaginen que hay gente que no tiene ni baño, gente que en invierno se tiene que bañar en el patio con agua fría”.

Los rumores de desalojo recorren los pasillos del asentamiento desde hace ya varios años. Sin dudas el terreno es un bocadillo apetecible para el negocio inmobiliario y su buena amiga la Municipalidad, que tiene que soportar olor a basura quemada en la vidriera que exhibe cuán próspera y desarrollada está la ciudad –¿Qué aroma tiene el aire puro?, reza uno de los tantos carteles que ofertan departamentos en los Condominios del Alto, en plena construcción sobre Avenida Caseros–.

Más temprano, cuando le preguntamos sobre el tema a Rubén, con impresionante liviandad respondió que él había escuchado que se tenían que ir en cuatro meses, que ya se estaban haciendo censos, pero que no sabía si los iban a mandar a otro lado o pagarles.

Cavernícolas y dinosaurios

Manuel tampoco sabe quién es Kalu, por lo que seguimos preguntando a quien se nos cruza. Sólo algunos creen tener una vaga idea de quién se trata. Nos hablan de un portón gris que da a la costanera, pero no dicen mucho más.

A la hora de la merienda vemos un fuego prendido por calle Junín. Nos acercamos y, alegría, alguien está cocinando tortas asadas. Una chica de veintitantos nos vende una a diez pesos y nos ponemos a charlar un rato. Al toque sale la hermana; les contamos que estamos haciendo una nota sobre el barrio y aceptan tomar unos mates para contarnos sobre el transcurrir de los días en el lugar.

Apostados en la vereda esperamos que traigan un par de sillas y el termo. A lo lejos se ve cómo un grupo de nenes que no tendrán más de ocho años limpia entre risotadas un patrullero de la santafesina. Una sensación de pesada calma flota en este atardecer que observa cómo las torres escupen oficinistas que están terminando su jornada de trabajo . Pero de repente esa densa tranquilidad se interrumpe con el alarido de un hombre furioso: ¿Cómo es eso que alguien quiere tomar mates con mis hijas? Al salir a la calle se encuentra con nosotros; con mandíbula apretada y violencia de ojos saltones nos increpa: “¿Ustedes están locos? ¿Se piensan que soy estúpido? Ustedes se vienen a sacar la mala leche acá con mis nenas”. Ellas ni aparecen. "¿Son periodistas? ¿Muéstrenme sus credenciales? ¿Ustedes están locos? Los voy a matar”. Las amenazas ganan en intensidad, y para colmo de males aparece un amigo del agitado, quien ya de por sí, sin necesidad de colaboraciones, podría molernos a palos con sólo proponérselo.

Lo único que podemos hacer es irnos. A algún lugar seguro, en lo posible. ¿Y si preguntamos por la Vecinal? ¿Qué nos puede pasar en una Vecinal? La Vecinal está por pasaje Nelson, Refinería adentro, averiguamos.

La Comisión Directiva –tres viejos, uno de ellos con cara de señora– estaba siguiendo con atención las instancias de una telenovela brasilera cuando nosotros entramos al local pidiendo permiso con cuidada educación, no vaya ser cosa que los ancianos resulten pendencieros. Sus rostros se inundan de satisfacción por el sólo hecho de que alguien aparezca. Ni hablar cuando se les explica el motivo de la visita.

El vecinalista con cara de señora. Una mirada paciente descubre que esa señora podría ser Mercedes Sosa. En fin. El hombre parece ser el presidente de la asociación; al menos asume ese rol al erigirse como primer orador de la mesa. Desde hace años espera el momento en que un inversor llegue y le compre su casa, para obtener a cambio un piso de lujo o el dinero suficiente que le permita ir a un lugar mejor.

El vecinalista que vive en Roldán. Vericuetos legales –o bien porque a nadie le importa– le permiten ser directivo sin siquiera vivir en el barrio. Viaja tres veces por semana para hacerse cargo de sus obligaciones en la institución. Piensa que al problema de la inseguridad se la puede resolver con vecinos armados que boleteen a los chorritos.

El vecinalista que sólo dijo “caucho”. Afectado por un padecimiento que bien podría ser tisis, se limitó a toser feo durante toda la media hora de encuentro. Sólo dijo “caucho”, con voz firme y decidida, cuando sus compañeros estuvieron unos cinco minutos tratando de recordar de qué estaban hechas las cubiertas de los camiones que transportaban materiales por las callejuelas de aquella vieja Refinería productiva.

Nota: Tanto el vecinalista con cara de señora como el vecinalista que vive en Roldán esperan con ansias que la villa de Avenida Francia sea desalojada, en lo posible con topadoras, al viejo y terrible estilo de la dictadura. El vecinalista que sólo dijo “caucho” presumiblemente adhiere al anhelo, pero no lo hizo explícito. Sólo dijo “caucho”.

La resistencia

De desalojos y cosas por el estilo sabe Alicia, mujer de unos cincuenta y cinco años que vive en la única casa que queda en el terreno que se interpone entre la costanera y Puerto Norte. Desde que el gran proyecto inmobiliario comenzó a tomar forma, le llegaron varios intentos de compra, pero a todos rechazó enérgicamente. Por algún motivo, su propiedad quedó fuera de los márgenes de la parcela que se expropió por ordenanza. Y su familia es la única que nunca se quiso ir.

“Ustedes no se dan una idea las cosas que yo tuve que vivir desde que apareció Lattuca, el cerdo que construyó estas torres”, lanza con una bronca que no por ser de vieja data pierde vigor. Y continúa: “Pero yo la saqué barata, porque acá hay gente que incluso falleció de angustia y de tristeza al poco tiempo de enterarse que se tenía que ir a otro lado. El almacenero del barrio, por ejemplo, cuando vino la noticia me preguntó si iba a tener que vender y yo le expliqué que directamente se la quitaban a cambio de un valor que, encima, el Concejo lo fijó atrasadísimo. Se quería morir… Y se murió”.

La cara de Alicia se transforma cuando relata lo que fueron sus días desde el momento en que “llegaron como quinientos paraguayos para trabajar en las obras”. Decenas de familias fueron ubicadas en los terrenos lindantes al suyo. “Los tenían en condiciones de hacinamiento, cubiertos por chapa y cartón, compartiendo baño entre un montón de gente, y para colmo les pagaban 400 pesos por mes… ¡400 pesos por mes en 2008!”.

La llegada de los nuevos vecinos la obligaron a un encuentro cultural del cual no resultó demasiado enriquecida: “¿Saben lo que era escuchar cumbia desde las seis de de la mañana? ¡Ay; una cosa de locos! Y al poco tiempo de que se vayan, se me inundó la cuadra de cartas documento exigiendo el pago de electrodomésticos que sacaron en cuotas. Ah, porque ellos eran pobres, pero siempre andaban con el mejor celular… ¡Los días de frío se los veía con el abrigo más caro, pero cuando les mirabas los pies tenían ojotas! Recuerdo que había un hombre más bien mayor de apellido Chilavert; me decía que era pariente del arquero, pero yo no le creía porque este tipo era medio rubión. ¡Los Chilavert son negros!, le contestaba yo”.

El encuentro

Hacía rato que la noche era noche cuando nos pusimos a charlar con dos pibes que pedían monedas en la esquina de Francia y Avenida de la Costa. Uno de ellos estaba en silla de ruedas, el otro lo empujaba hasta la ventanilla de cansados automovilistas cuyo semblante expresaba el agobio de otra jornada de rutina. Los dos presentaban un aspecto destrozado por el consumo de sustancias. Les preguntamos por Kalu, a ver si antes de pegar la vuelta dábamos con quien en principio iba a ser nuestro contacto. “¿Ustedes quieren jeringas?”, contestaron.

La casa de Kalu era la de la esquina. Aplaudimos fuerte porque no había timbre. De la oscuridad surgieron dos perros ladrando a más no poder. “Parece que no hay nadie”, lamentamos. Pero al toque vimos una sombra acercándose. Era él. Le contamos que estuvimos todo el día buscándolo; que nuestra amiga Franca, de Voluntarios contra el sida, nos había hablado de su trabajo y que queríamos sumar su voz a una crónica que queríamos escribir sobre Refinería.

“Acá vienen pibes permanentemente a buscar preservativos. Y también jeringas para picarse sin compartir aguja, aunque no tanto como hace algunos meses. Además del tema de la lucha con el HIV, proponemos un acompañamiento no prohibicionista para gente que tiene problemas graves de adicción. Aparecen chicos y chicas del barrio, pero también de otras zonas de Rosario e incluso de todo el país, porque laburamos mucho con mochileros que en el camino nos dan como referencia a gente que después llega a la ciudad y nos busca. En ese sentido se da como un circuito muy piola. Lo que hacemos cuando viene alguien que está muy mal es escuchar, hablar un rato. A veces es gente que no tiene para nada la intención de dejar de consumir. Otras veces es sorprendente cómo la posibilidad de hacer un clic está ahí nomás. Básicamente compartimos el mensaje de que uno no se tiene que traicionar a sí mismo; desde ahí arrancamos”. Así resume Kalu, de profesión agente sociosanitario, de qué se trata esa mano que brinda a quien la solicita.

Franca nos había hablado de un tal Hippie Hostel al que había ido para hacer tests de sida con este hombre de mediana edad, largos cabellos y decir pausado. Le consultamos al respecto. “El Hippie Hostel no existe más. Funcionaba en un galpón al lado de las vías, cerca del crotario del Padre Santidrián. Lo armó un artesano que se cansó de ver lo mal que la pasaban los viajeros en distintos puntos de Argentina. Recibía gente de todos lados que se enteraba de la existencia del lugar, incluso personas del exterior, y no cobraba un peso. Estaba muy piola lo que hacía. Pero un día cayó una banda de pesados, aparentemente mandada por vecinos, y rompieron todo con una violencia brutal. Fue un desastre; había hasta nenes chiquitos que tuvieron que soportar eso”.

Detrás del portón –era gris nomás– se extiende un hermoso patio lleno de flores y palmeras y plantas. La casa está justo frente a la de Alicia. Los quinientos paraguayos también le dejaron recuerdos a Kalu: “Tenían un gran interés por las aves. Criaban de todas las especies y los dejaban volar libres. Los pájaros vivían en un árbol enorme que la empresa constructora taló cuando terminaron de hacerse los edificios. Así que se cruzaron de vereda: ahora están todos en nuestro jardín”.

Hace décadas que Kalu vive en Refinería. Cuando le pedimos una reflexión sobre la transformación que experimentó la zona, habla desde el alma: “Este barrio era de trabajadores, de laburo artesanal, de tejer redes para la pesca y salir al río cuando la moneda que dejaba el puerto no alcanzaba. No hubiera estado mal que en vez de esa escultura del barquito de papel hubiesen colocado la imagen de un pescador”. Y sigue: “Era un barrio que generaba sentido de pertenencia. Ustedes me dicen que la mujer de enfrente les contó de personas que fallecieron cuando supieron que debían irse; yo sé de otras que se murieron al poco tiempo de mudarse, porque no se hallaban en su nuevo hábitat. Ahora hasta el Paraná cambió: con el calado que se hizo es más peligroso para las pequeñas embarcaciones; si te caés al agua la cosa se pone fiera. Qué se yo… Son cambios… Cambios que algunos podrán explicar pero que desde cierta mirada a veces parecen un poco avasallantes”.

Limpiar la ciudad 

Cuando en la vecinal de Refinería los viejos que la presidían nos contaban el posible desalojo de la villa, referían la escena anticipando el uso de topadoras. De esto, varias cosas llaman la atención:
-Con topadoras desalojaba la dictadura del ’76 a las villas de emergencia.
-También fue la dictadura quién comenzó a relocalizar barrios populares que se encontraban en el centro de la ciudad en zonas periféricas.
-El desarraigo que se produce luego de un desalojo forzado, donde los vínculos sociales, culturales y geográficos son borrados de un golpe, muchas veces es experimentado por quienes lo padecen como una forma de exilio interno.

(El exilio es la cesación del contacto con un follaje y de una raigambre con el aire y la tierra connaturales; es como el brusco final de un amor, es como una muerte inconcebiblemente horrible porque es una muerte que se sigue viviendo conscientemente).


Sin caer en comparaciones burdas ni pretenciosas —mucho menos en asociaciones libres pseudoanalíticas y sociológicas— quizás sea bueno sincerarse, a la hora de la preocupación por la violencia que se vive en la ciudad, y reconocer qué intereses persiguen las políticas habitacionales —políticas sociales en definitiva— que se trazan en nuestra ciudad.

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