Érase una vez en los galpones (Breve repaso histórico-político del movimiento okupa en la ciudad)

Por Petula
Ilustra Feli

La movida okupa llegó a este continente a mitad de los años 90, en las ganas y en los equipajes de mano de algunos viajeros contraculturales que venían de la vieja Europa. Si bien casas tomadas había por acá desde hacía décadas en las grandes ciudades y la toma de terrenos fue parte importante en muchas configuraciones populares tanto urbanas como rurales de América, este movimiento (scuatters, okupas, gaztetxes) tenía a la oKupación de inmuebles desocupados en el centro de su quehacer político, no solo con fines habitacionales, sino como medio para concientizar sobre el derecho a tener un techo, como medio para crear cultura alternativa para la comunidad y como medio de lucha (micropolítica) contra los efectos de las burbujas inmobiliarias. El prototipo de este accionar se visibiliza a finales de los años 70, principalmente en Inglaterra y Holanda. Punks, inmigrantes antillanos, pakistaníes, latinoamericanos exiliados, hippies trashumantes europeos y yanquis, jonkies, que se metían en casas desalojadas y galpones abandonados por la crisis y generaban centros culturales con talleres para compartir diversos saberes. Como todas las llamadas contraculturas, se origina como tal en los países desarrollados, y de ahí, se derrama, como muchas otras tendencias, sobre los países más o menos periféricos.
            Año 95. Fue en Rosario, en unos galpones del ferrocarril abandonados (España y Wheellwright), en donde surgió la okupación en Argentina. Durante un par de años, un grupo formado por artistas, poetas vivenciales, canguros urbanos, artesanos, punks, malucos, extraterrestres radicados en la Tierra, desarrolló ahí una intensa actividad (contra)cultural: talleres, recitales, encuentros, obras y experimentos existenciales. A los pocos meses de comenzada esta experiencia, ya se podían encontrar Centros Culturales Okupados en Buenos Aires y en La Plata, tiempo después en Córdoba y Mendoza. Un flujo de viajeros salidos de muchas partes (que incluía por supuesto europeos que traían videos, fanzines y CDs que mostraban a los americanos la épica de las resistencias a los desalojos en España, Italia o Inglaterra a punta de piedras, molotovs y sabotajes) comenzó a poblar el movimiento, el trajín, las cartografías.
            La destrucción de los imaginarios públicos y el desguace neoliberal de los trenes y de la industria nacional, efectuados por los políticos de turno, pusieron los espacios: galpones estatales en desuso, casas vacías reservadas por sus dueños para ganar algo en la tranza inmobiliaria. Las clases populares, los jóvenes estudiantes sin futuro en el banquete antropófago laboral, los artistas callejeros, los inmigrantes y los desplazados, los fenómenos sociales y uno que otro sociópata, pusieron las vidas. Por lo general se asoció desde el comienzo a los okupas con el anarquismo, con los autonomistas del 77 y con la acción directa, pero más cierto es que la deriva posmoderna, luego del estallido de estructuras tradicionales, también cundía ahí, haciendo mezclas entre proyectos políticos, experiencias personales y situaciones desesperadas y/o nómades. El clima político se podría decir que correspondía a lo que Deleuze y Guattari habían llamado micropolíticas; una serie de luchas particulares interactuando aquí, distanciándose allá, para construir una vida nueva en tiempo real. Ecléctico era la palabra clave. Feministas, ecologistas, militantes transgénero, anarcoindividualistas, cirqueros viajantes, niños fugados y perdidos, marxianos, pseudochamanes; cardúmenes disidentes del flujo monetario, jauría de canes sacándose las correas de la deuda, ladrándole al Patovica Leviatán.
            El 13 de julio de 1998, el Galpón Okupa de Rosario fue desalojado con un operativo policial. Se resistió unos días acampando ahí al lado, realizando actividades artísticas; pero ya no había vuelta atrás. A partir de ahí, la legislación relativa a la okupación de espacios se endureció considerablemente, en concordancia con el operativo policial, aplicado en toda la provincia, denominado Tolerancia Cero. Al tiempo, algunos de estos okupas se rearman en una ex panadería, ubicada en la calle Viamonte; estarán ahí sólo unos meses hasta que una orden de desalojo por peligro de derrumbe los obliga a moverse en busca de techo nuevamente. Vagones de trenes, galpones de Rosario Norte, una ex-peluquería en Güemes y Lagos (La Peluka del Pelukero), fueron algunos de los siguientes escenarios en los que se continuó con el agite.
            Actualmente en España y Wheellwright, la Casa del Tango, escoltada por dos resto-bares temáticos, tilingamente chetos, nos da la versión oficial públicoprivada de Eclecticismo Urbano: tradición/ turismo/negocio. Alrededor desesperanzados, programados, lobotomizados por el mandoneo de la propaganda capitalista, deambulan algunos ciudadanos, cargando hijos, celulares con cámaras fotográficas, bolsas de la compra, deudas. Cada tanto alguien revuelve sus basuras, sus despojos; durante mucho tiempo esto no les importó, pero últimamente algo ha cambiado, este hecho los intranquiliza. Quizás algunos, con algo de sensibles, ven trizarse con melancolía el cristal de la Fe en el Consumo. A pocos metros de ahí, hay galpones en los que se dan talleres artísticos (teatro, acrobacias, música, malabares...: los mismos saberes que se producían y convidaban en el Okupa), galpones en una plataforma pública con incrustaciones precisas y centrales en sus estructuras de los intereses privados. Si existe cultura, si existen jóvenes, que haya lucro entonces, dirán los empleados públicos bien pagados por los empresarios, o los empresarios directamente. Qué tenga eso sí, esta neogalponada, una fina película de obra pública, de estética burocracia light, de funcionarios arty.
            Mucho del imaginario y de las prácticas del movimiento okupa (de ese conglomerado de devenires) fue capturado (coptado dirían algunos) por el sistema del mercado-deuda. Estalló su mundo en miles de talleres de formación que flotan en la esfera de los servicios, commoditys de la formación permanente (Oh brujos del sector terciario,a ustedes se les confió mi tesoro). Igual suerte corrieron no pocas de las contraculturas y micropolíticas que se dieron en los 80-90. A fuerza de subsecretarías, de pseudosalarios públicos, de inclusión cooperativa, de gestualidad progre, de imaginativos y tolerantes occupys all araund the world, es que se fueron domando esos cachorros que le ladraban al poder, que pretendían salir del radio de las ofertas de vida con forma de jaula.
            Esto no quiere decir que no se mantenga la flama de esta lucha por abrir y okupar nuevos espacios. Lo principal era y es la crítica de la propiedad privada; eso sí que no se lo pueden apropiar. Pasa que está más difícil la cosa. La especulación inmobiliaria y la represión que puede pagar el dinero están constantemente afilándose con la piedra del miedo mutuo ciudadano. Los barrios populares se militarizan, el centro se cuece lento en su paranoia monitoreada. No sólo en Rosario, claro está; se trata del planteo político para la gestión (cómo gusta esa palabra ahora!) de buena parte de las urbes. Los dueños de la pelota se están atajando.
            Como escribió la poeta Abia Tree (habitante de casas okupadas en varias ciudades), en su novela Metimos la casa por la ventan  (2012): “Ya no basta -porque no bastó- con galpones, con granjas, con edificios,con casas antiguas, ahora vamos a tener que okupar la sociedad, el mundo”.

Mientras contamos y apilamos los billetes que irán a pagar el alquiler cada vez más caro, pensamos en que estaría bueno...

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