MILONGA DEL FIN DEL MUNDO

La única especie en real peligro de extinción es el ser humano. Para aprehender eso no hace falta ir muy lejos, sino usar lo que Dios nos dio: el cuerpo, la mente, el alma y el espíritu.
Valiéndonos de esos cuatro dones divinos  llegamos a La Lagunita, en el sudoeste de Rosario, donde Tato y Miriam, pareja de carreros, nos cuentan sobre los devenires del oficio en una ciudad cada vez más asquerosamente sumergida en la modernidad liberal destructora.

Por Marcos Mizzi
Ilustra Matías Buscatus
"Al caballo que no tuve yo le llamaba distancia
pero distancias hallé y ahí mi caballo no andaba;
entonces yo comprendí que se llamaba esperanza,
fiero pa´ hallarlo en el campo, caballito de la nada".

José Larralde
 INTROITO
—Yo no sé mucho, en papeles. Pero sí en vida. Sí en realidad. Yo vivo del carro. Yo vivo por el borde de la ciudad —advierte el Tato.
La tardecita de otoño está preciosa bajo el sauce que guarda la entrada de la casa de Tato y Miriam. Debe ser cosa de las cinco, y durante la charla vamos levantando la voz a medida que el tiempo pasa, porque el bulevar Seguí parece estar rebobinando el día que termina y los que vuelven pueblan el aire de sonidos artificiales: el ronroneo de los autos, los estornudos de los colectivos al frenar en la esquina, el croar de las motos y los gruñidos de los camiones al pasar rumbo a Circunvalación.
El matrimonio de carreros es uno de los tantos que ve peligrar su laburo por la ordenanza que regula la actividad de los recolectores urbanos, y por lo tanto la tracción a sangre. Bah, regula. Es una forma de decir. En realidad prohíbe circular con carros y caballos (ver recuadro).
Charlamos varias horas y al terminar, nos fuimos en el bondi pensando en la realidad que marcábamos en el copete: la única especie en peligro de extinción total de su ser es la humanidad. Lo más triste es que está amenazada por la propia humanidad, aunque un amigo ovnílogo nos grite que ¡son reptiloides!, y tal vez tenga razón. Esos hijos de puta que nadie conoce no forman sino una oligarquía muy chica de la cual hasta el CEO más rancio es sirviente.
No importa: al Diablo no le está permitido manifestarse con un cuerpo propio y para actuar apenas puede valerse de los giles, que sobran. Por eso, fieles a la mejor tradición pedagógica argentina, es a esos giles a los que, como decía el poeta, queremos avivar.
Para eso, vamos a pensar a la comunidad “Humanidad” como un esquema simple de raíz, tallo, hojas, flor y fruto. Y dentre todos los millones de fractales que la componen y que permiten explicar todas sus demás dimensiones (como cultura, nacionalidad, clase, club, religión, raza, sector mercadotécnico, individuo, etc., etc., etc.) elegimos arbitrariamente el de los carreros de Rosario por ser una muestra clara (y no lo suficientemente considerada) de la peste que nos azota.
En fin...Veamos.
RAÍZ
—No es que queremos ser, es que somos, somos de raíz —define Tato.
Las raíces no son el pasado. Son la eternidad. Cuando las flores se marchitan, las hojas se caen, los tallos se talan, lo que queda es la tradición. Lo que el liberalismo necio pretende y de hecho hace hoy por hoy es atacar las raíces, como hacen cuando quieren sacar un árbol porque molesta: no se lo tala, si no que se lo desentierra. Lo mismo se quiere hacer con los carreros y con el ser humano en su conjunto: arrancarle su común unidad con lo eterno.
—Un puñadito de gente quiere terminar con un trabajo, quizás el trabajo más viejo que hay en la Argentina... —se lamenta Tato y, alumno aplicado en la escuela de la calle, habla desde el ejemplo:
—Tengo 45 años, y desde que yo me acuerdo que andaba arriba de un carro. Mi bisabuelo era basurero. Levantaba la basura con el carro. Después mi abuelo. Y cuando vinimos nosotros, mi viejo y yo, ya habían sacado los carros. Pusieron los camiones, pero seguimos igual.
Algunos podrán decir que es un capricho. Y agregarán todos los comentarios que quieran. Pero se puede responder que eliminar la tracción a sangre también es un capricho. Incluso uno peor, porque es un capricho mala leche. Tato lo explica muy bien:
—Es maldad. Lo que quieren hacer con la gente es maldad... ¿Me van a venir a robar mi dignidad, mi vida? Ni la intendenta ni un juez me puede robar mi vida, mi dignidad, mi trabajo... No podemos dejar que nos roben la vida.
La dignidad, otarios que miden todo según su valor material, eso que ustedes no saben reconocer, mucho menos representar.
TALLO Y HOJA
—A ellos les molesta que no dependamos de ellos —apunta Tato.
—Lo único que les falta es agarrar y hacer un pueblo y llevarnos a todos para allá —señala Miriam.
Parece que eso quieren hacer. No sólo con los carreros. Con todos. Y especialmente con los que viven y trabajan en los márgenes, tanto físicos como sociales. O tal vez es que en ellos este daño se hace más evidente, ya que ni siquiera se preocupan por dorarles la píldora de veneno. Se lo vienen dando a cucharadas.
—Todos estos años trabajé gratis para la municipalidad, porque le limpié la ciudad a la municipalidad. Yo levanté esa basura, así como toda la gente que trabaja de esto. ¿A vos te parece?, si no habría recicladores, ¿sabés la cantidad de mugre que habría en la calle?
El tallo se erige donde no lo quieren pero lo necesitan, desplegando su follaje en plena sombra para que después vengan otros y quieran podarlo porque sí. El oficio del carrero es un servicio público infravalorado, de suma importancia para la comunidad toda, que intenta negarse condenándolo en nombre del bienestar de los caballos y el tránsito vehicular.
Lo que no se está viendo es que las hojas reciben luz aún en la galería más oscura y toman las más curiosas formas. No se trata de defender el rol de cartonero sólo por el servicio público que brindan a la ciudad sin ver un peso de las instituciones oficiales, sino también de que cartonear es la forma que tienen esas familias de poder satisfacer sus necesidades básicas de ser humano que todavía no se resigna a morir de hambre pero que tampoco está dispuesto a entregar su dignidad de laburante.
—Lo que ocupa más el pobre es l'azúcar, la yerba y el pan —ejemplifica Miriam—. El medio kilo de yerba, la más barata está 23, 24 pesos. L'azúcar, cuando hicieron dos o tres jarras de mate cocido se terminó l'azúcar. ¿Me entendés? El pan, para un pobre, tienen que ser 3 o 4 kilos de pan por día. Y vos salís con el carro y ya traés el pan, porque le barrés la vereda al panadero y te da pan y facturas para vos y tus vecinos. Paso por una carnicería, le hago una changa y me dan un poco de hueso para hacer una sopa, un guiso.
Y después agrega algo bien claro:
—Dicen que escombro no se puede juntar. Y yo digo, si vos vivís en una villa, a mí me parece que lo lógico que tenés que juntar es escombro. Porque una que te dan unos cuantos pesos, y otra porque vos traés y rellenás el patio, o arreglás una pared, mejorás la calidad de vida con los escombros que te dan. Porque todo está carísimo y con ese escombro yo lo pico y puedo hacer un contrapiso. Y ellos no entienden, no entienden.
FLOR
—Se meten con toda la gente que trabaja, con todo el trabajador se meten: les molesta el remisero, les molesta el que vende CDs, les molesta el que cirujea, les molesta todo. Todo el que se gana el puchero, a ese lo molestan.
Todos los organismos dan flor, es decir, dan lo mejor de sí para crear belleza que en un futuro será fruto y semilla. Incluso el cardo florece... ¿Cómo no va a florecer la imaginación de todos aquellos que están en los bordes del sistema y tienen que inventarse un trabajo?
Pero a nadie dejan ser. A los carreros menos, les arrancan los pétalos. Su creatividad, su oficio antiquísimo y noble, ya se vio golpeado cuando de recorrer la pampa los obligaron a juntar basura. Y ahora vuelve a estar amenazado por esas mismas fuerzas imbéciles que enarbolan el Progreso sobre la vida de hombres y mujeres.
—Los contenedores supuestamente son inviolables, nomás los camiones los pueden abrir — el Tato nos ilustra—. Pero la gente los abre igual. Cualquier cosa que vos hagás inviolable, el cristiano lo abre igual, si lo quiere abrir.
Y Miriam nos cuenta un diálogo que tuvo con Pablo Seghezzo, director de Control y Convivencia Ciudadana:
—Nosotros nos avivamos en el 2001 de que la basura vale mucha plata y ellos se avivaron tarde y pusieron contenedores verdes, pusieron contenedores rojos. Vos ponete a pensar y vas a ver... Cuando lo vi a Seghezzo yo le dije: “No, porque ustedes hicieron los contenedores con un agujerito así adonde entra la mano y no puede salir…”. “¿Por qué me miente señora?”, me dice, así, re caradura, ¿sabés lo que me dice?, me dice: “¿Se piensan que soy boludo? Yo ando todos los días y todas las noches”, dice, “y me van a decir que no van a poder abrirlos…”, dice, “Lo palanquean y lo abren igual, y están metidos de cabeza en la basura robándose los cartones”, dice.
Es que para estos forros los pobres no son ni siquiera dignos de tener los desperdicios de la sociedad careta. Según dijo Susana Bartolomé (¡secretaria de Economía Social de la Municipalidad!) se entiende que los carreros quieran seguir siéndolo porque “el 80% de la ciudadanía carrera son infectados y analfabetos”, dando a entender que los propios laburantes no están en condiciones de decidir sobre su propio destino.
—Está bien, yo soy analfabeta, pero yo te digo, yo soy pensante, yo soy votante, y ellos no me van a engañar a mí. Lo que yo tengo es la dignidad y el valor de la persona que soy.
Algo de todo ese orgullo que se arrastra desde los caballeros medievales, los conquistadores españoles, los indios del malón, los gauchos matreros y todos aquellos que amaron y se relacionaron con el caballo en nuestra raza bulle en la sangre de muchos carreros y los vuelve de un color hermoso, el color del coraje, y da esperanzas de que no todo está perdido. Si hay lucha contra lo hostil, si hay deseos de vivir, hay humanidad.
—A mí no me empavura nadie, y menos si estoy defendiendo mi trabajo —desafía Tato. Y nos cuenta sobre un episodio que vivió con el responsable de Control Urbano, Guillermo Turrín:
—Ese conmigo no tiene control, ya conmigo habla plácidamente, por así decirlo, larga el veneno que tiene adentro. Con la gente la va de oveja, pero conmigo no. ¿Por qué? Porque ya le rompí tanto los huevos que le hago abrir la boca... Y se reía el pelado de Control Urbano, el director de Control Urbano, dice: “¿Sabés qué?, ¿sabés quién gana acá? El poder gana, ustedes no son nada, numeritos son nomás ustedes que están ahí, ahora cuando reviente porque vos lo querés hacer reventar, cuando reviente esto, vas a ver que gana el más poderoso, al poder no se lo puede tumbar nunca...”. Pero no me importa, yo lo voy a estar esperando allá abajo. Porque somos más los pobres que los ricos, a la larga no van a salir ganando ellos.
FRUTO
—Vos te vas a una familia de carreros y no vas a ver un chico muy flaco. Sí vas a ver un chico sucio, porque es la realidad, lo vas a ver mugriento pero desnutrido nunca. Nunca lo vas a ver descalzo tampoco, a lo mejor sí con las zapatillas rotas, porque cuando pasabas con el carro alguien te dice: “Doña, ¿no se ofende si le doy estas zapatillas?”, pero nunca lo vas a ver desnutrido, descalzo. Y si hay frío lo ves bien abrigadito —narra Miriam.
Y es verdad, porque la vida, el amor, tienden a comunicarse, reproducirse, expandirse. Eso es un buen signo para identificar verdaderamente al Bien: si pretende ir más allá de si mismo, es real; si se repliega, es falso, es Maldad. Aunque se camufle de buenas intenciones.
Al sauce donde charlamos con Tato y Miriam se acercó una viejita divina, madre de Miriam, que con su acento chamamecero nos ilustra esto mejor que cualquier dibujo:
—A la proteccionista de animales le dije: “¿Por qué vos te ensañás con el tema? Hay muchos chicos que comen gracias al caballo”. Y me dijo: “Yo no los mando a que todas las noches…”, y entonces me dijo directamente qué es lo que hace un matrimonio para tener hijos... Y yo le digo: “Vos hacés lo mismo pero vos tenés plata para abortar, y por eso siempre sos solterita”.
“Eso” de lo que venimos hablando en la crónica, que ya a esta altura no sabemos si decirle liberalismo, modernidad, Diablo, reptiloides o cómo carajo, digamos mejor como le puso Oesterheld, “los Ellos”, “Ellos” sostienen que los caballos pueden y deben reproducirse por el bien del Mundo, pero los seres humanos no.
Y se confirma nuestro presentimiento: la única especie en peligro de extinción es el ser humano. Para discutir esa afirmación de poco sirve esgrimir cualquier argumento que se valga de minas a cielo abierto, de animales que de tan pocos que son cogen mediante jeringas y árboles talados para armar una autopista: la Tierra Madre es poderosa y siempre se regenera más rápido del daño que puede hacerle la humanidad. Pero nosotros no. Podrán seguir existiendo para siempre hombres y mujeres, pero seres humanos que estén siendo en sus comunidades, si no nos cuidamos, no.
Pa colmo mientras intentan extinguir todo lo que significa Estar Siendo humanidad, nos van transformando en cuerpos vacíos con un número en el lomo, nos van encerrando en zoológicos.
—Yo les decía a los de la Municipalidad: “Si ustedes quieren sacar el caballo de la ciudad de Rosario, tienen que empezar con los jóvenes” —se exalta Miriam—, le digo: “Ayudar a los jóvenes, no hacerles cárcel”. Porque hoy en día tanto los políticos como la gente que tiene plata están pensando que hagan una cárcel allá, hagan una cárcel allá para el nenito que está naciendo.
Porque eso es lo que hacen, por ahora. Como no pueden simplemente matarnos, nos condenan a no tener libre albedrío. Nos encierran en compartimientos estancos, hasta que la Muerte nos encuentre. Seghezzo lo dio a entender perfectamente en una entrevista en Canal 5, cuando dijo que “el hijo del carrero nació y va a morir carrero”, haciendo que una herencia que se asume dignamente se transforme en el peso de pertenecer a una casta explotada, y acercándose (¿sin querer?) a la frase del inmundo del General Lonardi cuando dijo “Sepan ustedes que la Revolución Libertadora se hizo para que en este bendito país el hijo del barrendero muera barrendero”.
De todas formas, a la larga “Ellos” no van a ganar. La vida se abre camino y encuentra su cauce, siempre. De eso sabe mucho otro carrero, don Gabriel: es tan viejo que casi no ve, pero igual se sube al carro y su caballo tordillo, su único amigo, lo lleva solito al Mercado Central, donde el viejo pide verduras y frutas casi pasadas, que después vende para parar la olla de los dos.
¡UN CABALLO! ¡MI REINO POR UN CABALLO! 
Hace cinco años, el ¿Honorable? Concejo Deliberante aprobó la ordenanza 8726/2010, que ordenaba la recolección informal de residuos, pero que en realidad se hacía como lobby para los necios progresistas y los malcogidos ecologistas.
Prueba de ello es que en ningún momento se pone como objetivo mejorar las condiciones de los que literalmente trabajan en la basura, y sí se ocupa de remarcar que los caballos sufren, que no nacieron para ayudar al hombre en sus tareas y que la tracción a sangre se tiene que terminar por bárbara y primitiva.
Estas son cosas que cualquiera con dos dedos de frente sabe que no son verdad, porque el caballo es un animal tan domesticado que sus hembras ni siquiera pueden parir sin asistencia humana, y porque es de hijo de puta decir que todos los carreros le pegan a sus caballos o no les dan de comer. Es como decir que todos los curas son degenerados y todos los abogados chantas... No, ese no es un buen argumento... Escuchemos mejor a Tato que lo explica bien:
—Por supuesto, hay de todo. En el trabajo que nosotros tenemos hay de todo como en cualquier otro trabajo, en el remis, el taxista, el colectivero, el albañil, hay choros, hay drogadictos, hay de todo. Hay de todo en todo... Pero el que se lo merece, aquel que lo tiene bien herrado, bien alimentado, se lo tiene que quedar al caballo.
¿Se entiende? Que haya infelices que le pegan a su caballo para que galope mientras va muy cargado no significa que todos los carreros sean insensibles explotadores. ¿Es tan difícil de entender?
El otro argumento, el de que la tracción a sangre es atraso y la combustión fósil es progreso, es tan infame que ni siquiera vale la pena discutirlo, porque no nos alcanza la revista entera para demostrar lo contrario. Escuchemos simplemente a Miriam cuando nos informa con total sentido común que “hoy en día los accidentes que hay son por moto o auto. En cambio vos abrís el diario, pasan meses, años y es muy raro que haya problemas”.
Además la ordenanza tiene otras perlitas, como que un menor no se puede subir al carro, con todo lo que eso significa:
 —¿Cómo no va a poder subir? —se indigna Miriam—, si hoy un menor de 14, 15 años es papá, una chica a esa edad ya tiene familia. ¿Cómo los vas a bajar del carro?, ¿qué va a hacer esa gente? Se va a ir a robar.
Y en cuanto a qué plazos se manejan para sacar la tracción a sangre, la misma ordenanza estipula que la Municipalidad tenía 4 años para trabajar en conjunto con los cartoneros que andan en carro y caballo y encontrar una alternativa para eso. Ese plazo venció en 2014, pero parece que el tema mucho no les interesó, porque no se hizo absolutamente nada. NADA, excepto chipear caballos, que según algunos carreros le provoca tumores al animal. Fue entonces que desde la Muni dijeron que bueno, que en 2015 sí o sí se terminaba con los caballos.
Así sacaron de la galera el programa “Andando”, con el que ofrecen a los carreros alternativas a su trabajo que, por mala leche o por ignorancia, son cualquier barrabasada. Todas contemplan entregar el carro y el caballo, pero va cambiando lo que uno puede elegir a cambio.
Una opción es poder acceder a un crédito del banco Municipal para comprar una bicicleta con la que hacer el trabajo. Comprar una bicicleta a cambio de regalar un caballo, mmmm... Como nos dice Miriam:
—Así te la regalen, no tienen derecho. Porque el caballo es mío. Y aparte, el cariño que uno le tiene al animal. ¿Prefieren que haya tracción a humano? Porque juntamos alrededor de 200 kilos por día, tengo que pedalear con 200 kilos atrás, si cuando llevo a una persona de 60 kilos un par de cuadras me canso, te imaginás con 200 kilos.
Otra opción es acceder a cursos de capacitación en oficio, a la espera de que algún buen empresario los quiera contratar. Y hay varias más, como acceder a una máquina de coser o a una bordeadora.
Ah, nos olvidábamos. También, más allá de la opción que se elija, a cambio del caballo y el carro se les da un subsidio (no se sabe a ciencia cierta si es de 750 pesos o 1000 pesos mensuales, y si durará 3 meses o un año) y una caja de semillas de calabaza, zapallitos, tomates y soja, se ve que para sembrar en las hectáreas ociosas que cada familia de carreros esconde del fisco.
Evidentemente no están entendiendo un carajo, o tal vez sea que realmente son testaferros del Diablo. Personalmente, el cronista tendía a elegir el primer diagnóstico, pero por cómo viene la mano en la ciudad y la provincia, cada vez se inclina más por la segunda interpretación.

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