Música en el colectivo: ¿Por qué te molesta tanto?


Por Santiago Beretta
Ilustra Feli

I

Lo primero que hace ruido es la palabra utilizada para nombrar los vehículos de transporte público: colectivo. Algo falla. Estamos viajando en la fila de dos asientos, esperando que se desocupe algún asiento individual para sentirnos más cómodos y  tranquilos. La distancia con el otro nos alivia.

Al mejor estilo Personal –“cada persona es un mundo”– transcurrimos el viaje como cubitos de hielos en estrictas cubeteras. El cuerpo disciplinado. El (con) tacto nulo. Ni se nos ocurre ponernos a conversar con quien tenemos al lado.    

En este contexto, donde la premisa neoliberal de aislamiento se traduce en regla y se entiende como respeto por los otros, la musiquita que fluye irreverente, muchas veces saturada, pone en evidencia las máscaras del actual sistema convivencial.

II

Vamos una tarde al río, llegamos hasta los balnearios en busca de sol y tranquilidad, y enormes altoparlantes con la radio de moda nos acompañan ininterrumpidamente a todo volumen. Entramos a un bar y ocurre lo mismo. Pero es evidente que ni al dueño ni a los clientes les perturba/importa lo que está sonando (una mañana, en un bar de barrio Pichincha, mientras el televisor anunciaba las noticias del día, la radio escupía una pegajosa canción pop: nadie parecía disgustarse por esta molesta superposición de sonidos).

Tampoco parecen molestar las patrañas yanquis a la que nos obligan los viajes de larga distancia, así como pocos son los que bajan el volumen del televisor cuando llegan los espacios publicitarios.  

¿Por qué, pues, en una existencia saturada de ruidos infames, molesta tanto al ciudadano medio la música que escupe el celular en el colectivo?

III

Cuando una ordenanza municipal prohibió escuchar música en transportes públicos, las redes sociales y los portales de noticias ardían en comentarios festivos. “¡Al fin! No vamos a tener que soportar más la cumbia de cuarta de estos negros de mierda”,  comentaba una mujer cuyas palabras bien sintetizaban la algarabía de los demás (nada más adecuado que estos sitios para comprobar el grado de fascismo que padece nuestra sociedad).

Es cierto que es la cumbia lo que más se escucha en los colectivos, y es cierto que quienes la dejan volar, en su mayoría, son los chicos de los barrios populares. Y eso es, justamente, lo que molesta. La tolerancia argentina –rica en miserias– pierde los modales cuando de convivir con El Otro se trata. Y el rostro tan correcto de la concordia democrática termina deformado en grandes muecas de orgullosa indignación.

Pues tolerar es aceptar al otro en tanto y en cuanto no se meta con uno (cada uno en su mundo. Así de separados. O si quieren, otra vez cada persona es un mundo). Cabría preguntarse, por un lado, quién aguanta a quién, y por otro qué es lo que nos sucede cuando la vida cotidiana nos obliga a experimentar la alteridad (ese encuentro con la diferencia, ese choque con lo Otro).

A grandes rasgos, podemos decir que dos culturas conviven en la ciudad desde hace décadas: una más bien europea, liberal y ciudadana, que identifica a las clases medias y altas, y otra mucho más latinoamericana, donde flotan aires indígenas y campesinos, cuyos protagonistas son los llamados villeros, antes cabecitas negras y mucho antes mestizos

Si revisamos la historia de este encuentro, veremos que las quejas por parte de los ciudadanos bien respecto a las costumbres cabezanegra siempre han estado a la orden del día. La llegada del campesino a la ciudad, su reconocimiento y reivindicación por parte del peronismo, puso el primer grito de odio así en el cielo como en las editoriales de La Nación –los modales campesinos, eufóricos y descontracturados desentonaban en plazas, balnearios, colectivos y bares, antes patrimonio exclusivo de las protocolares clases medias urbanas–. 

Hoy, la canción sigue siendo la misma; en la queja contra el pibe de celular, otra vez, se huele el malestar de una clase que se viste de buenos modales.

IV

Es raro que podamos hablar de privacidad en las villas, por ejemplo, siendo que ahí todo es compartido, pues la vida es en la calle y es con otros. Se hacen añicos entonces  la máximas neoliberales: cada persona experimenta un estar compartido con los demás y eso es el mundo. Allí la música no es un auricular sino parlantes furiosos latiendo ritmos que inundan las correderas.

V

Volvamos al colectivo. Resulta obvio pensar al transporte público en primera instancia como servicio para los que menos tienen. Otra vez algo falla. A los barrios más humildes casi no llegan ya que no entran de noche, las frecuencias de viajes son escasas y los boletos están cada vez más caros. En este marco, la ordenanza que no permite escuchar música en ellos, si bien resulta un tema menor, no deja de evidenciar un choque cultural.

Son las tres de la mañana de un viernes y vuelvo a mi casa en un bondi casi vacío. Me acompañan el crujido de las frenadas y el chofer que no deja de conversar con una mujer. Pasamos por la esquina de un lujoso boliche y su música estruendosa se expande a más de media cuadra. Lo repito: vivimos en un mundo de ruidos cada vez más presentes que nos llegan de todas partes. ¿Esta música te molesta? Estoy seguro de que, si sos vecino, sí: pero también estoy seguro de que la cumbia te molesta más.




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