UNA MAÑANA EN FISHERTON

Partimos bien temprano desde Wilde y Eva Perón para sumergimos en la rutina de esa dispar realidad urbana llamada Fisherton; la idea era interrogar las fronteras entre los distintos territorios que lo habitan y lo componen. Territorios que conviven y que se miran con desconfianza, que presentan elementos comunes y particularidades. En las urbanizaciones lujosas observamos cuánto necesitan de los barrios humildes. Entre las calles de los más postergados, la violencia de la marginalidad y la pobreza.

Textos y fotos por Santiago Beretta y Juan Freytes

Son las 9 de la mañana de un agradable sábado de invierno. El verde de los árboles se ilumina con el sol; una leve brisa recorre las calles. A nuestras espaldas el Golf Club, donde un grupo de hombres de palo al hombro camina lentamente mientras hilvana una conversación distendida; metros detrás sus caddies, chicos pobres de la zona que, mientras  sueñan con tener la suficiente puntería como para convertirse en talentos del deporte, se hacen unos mangos acarreando los equipos deportivos de sus patrones. A nuestro lado, dos mujeres jóvenes pasan trotando despreocupadas.

Estamos en Álvarez Condarco y La República, calle límite entre los distintos territorios que coexisten en Fisherton. Un pequeño centro comercial se levanta ante nosotros. Una cafetería, un minimercado, una rotisería y una farmacia –todos con nombres en inglés– son algunos de los locales que lo componen.

Entramos al bar y pedimos dos cafés con leche. La televisión, en mute, nos invita a ver CNN Internacional. La radio es tan solo un ruidito de fondo. En las mesas de afuera, solitario, un hombre fuma un habano mientras bebe de su taza.

Poco a poco van entrando vecinos a desayunar, la mayoría con un ejemplar del diario La Nación bajo el brazo. Permanecen en silencio, relajados, apenas prestándole atención al entorno que los rodea. Su actividad se reparte entre breves lecturas y el teléfono celular.

Hablamos con Ana, la dueña del comercio, una señora de unos 50 años que pasó toda su vida en el barrio. Al principio parece no entender cuando le preguntamos acerca de la cotidianeidad de Fisherton. Cuando más o menos comprende por dónde viene la mano, dice: “Acá nadie camina, porque todos tienen autos, a menos que seas empleada doméstica”. Acto seguido nos cuenta de la existencia del colectivito, como llaman a la línea Enlace Noroeste que recoge por las paradas de la avenida Eva Perón a mujeres que llegan desde distintos barrios de la ciudad montadas al transporte público. Desde ahí las lleva hasta Aldea, Hostal del Sol y otros barrios residenciales y loteos cerrados donde se ubican las casas en las que trabajan. Más tarde nos preguntaríamos si ese servicio municipal apuntaba a satisfacer una necesidad laboral o patronal. “Vos venís a las 9 de la mañana y es un desfile de empleadas domésticas”, concluye Ana.

“Otra característica del barrio es el aislamiento de los vecinos”, prosigue la señora. “Los vecinos piden comida hecha, alquilan películas. No salen mucho de sus casas, evitan salir del barrio. Antes Fisherton era más una comunidad, ahora está muy poblado por el llamado nuevo rico”.

Cuando le preguntamos por los problemas que se padecen en la zona, Ana nos dice que “se sufren muchos arrebatos, sobre todo cuando uno está entrando a su casa”. Y con un tono que podría ubicarse entre el lamento y el reproche, concluye: “Tenemos seguridad privada, pero ellos mucho no se meten”. A continuación, en un intento de establecer que no-todo-es-malo, habla de “la solidaridad del barrio”, expresada en donaciones  y colectas que suelen ser organizadas por grupos religiosos. “Muchos vecinos son del Opus Dei, por lo que podemos conservar ciertas conductas bien”, explica.

Llegando al Stella Maris

Caminamos por La República. Una joven morena embutida en un gris uniforme de vigilancia pasa con su moto a nuestro lado varias veces en pocas cuadras. Recorre las calles lentamente y todo es investigado por sus ojos terribles. La saludamos; un gesto seco apenas se desprende de su rostro duro.

Un santuario del Gauchito Gil, rojo como un grito furioso y con alguna que otra ofrenda, nos recibe cuando, luego de un par de cuadras, llegamos al barrio Stella Maris. A nuestras espaldas se van alejando las mansiones y van apareciendo a nuestra izquierda humildes casas de material.  Sobre el arroyo Ludueña, que atraviesa la zona constituyendo otra de las fronteras entre los barrios, vemos los restos de un bunker de droga que han tirado abajo y que a pocos metros se volvió a edificar.  Dos jóvenes montados en la misma motocicleta, bordeadora en mano y con ropas de jardinero, se dirigen hacia el sector del Golf Club para realizar alguna changa.

En el cruce de las calles Acevedo y Génova nos topamos con un descanso para colectivos de línea custodiado por dos policías motorizados. Nos comentan que su presencia es “una medida que se decidió para evitar robos en los bondis; también se recortó el recorrido nocturno para que los coches no entren en la parte más peligrosa del barrio”. Un chofer del 110 bebe café mientras mantiene una charla vacía con uno de los oficiales y luego sube a su animal de hierro para continuar la rutina.

En esa esquina esperamos a Beto, quien se comprometió a acompañarnos hasta La Bombacha, el más pobre de todos los barrios pobres de la zona; nunca aparece. Días después, un amigo suyo nos contará por qué: “La noche anterior salió de caño y asaltó a un repartidor de cigarrillos. Al conductor lo acompañaba un agente de seguridad privada al que le quitó el fierro. La Policía lo anduvo buscando y tuvo que guardarse. ¿Sabés lo que pasó? Los ratis se pusieron como locos, salieron a buscarlo por todos lados y terminaron acusando a unos pibitos de quince años que no tenían nada que ver; los cagaron a palos y hasta les metieron la cabeza en la zanja para que confiesen”.

El mandato de la violencia

Así como en Aldea y Hostal del Sol suelen mirar de reojo a los habitantes del Stella Maris, éstos miran con recelo a la gente de La Bombacha. La historia de su nombre muestra sin vueltas un fuerte componente discriminatorio: “Cuando se armaron las primeras casillas vos pasabas y veías todas bombachas tendidas en los patios. Ahí viven todas tortilleras, se decía despectivamente, entonces al barrio le quedó ese nombre”, cuenta María, quien nos invita a tomar unos mates en su casa. Su puerta es una de las pocas que aún permanecen abiertas durante el día. Si bien entre vecinos no se roban, los tiros que saldan cuentas pendientes o simplemente discusiones entre amanecidos irrumpen en las calles cada vez con más ferocidad.

Días atrás hubo un tiroteo entre bandas a pocas cuadras de donde estamos. Dos mujeres quedaron  atrapadas en la balacera y una de ellas está internada con un balazo en la pierna. “La gente del barrio organizó una marcha, piensa ir hasta la comisaría el lunes y exigir seguridad”, explica Jorge, dueño de un almacén en cuya entrada se exhibía un afiche que invitaba a la protesta pero que fue arrancado por la cuñada de uno de uno de los implicados en el tiroteo que se sintió ofendida por la movilización.

Otro hecho de violencia que vivió el barrio en los últimos meses fue el asesinato de Gastón. Joven pero entrado en aventuras, su rutina consistía en salir y entrar de la cárcel con asidua frecuencia. El revólver que empuñaba desde los ocho años y su poca paciencia en las discusiones lo convirtieron rápidamente en un personaje temible. Así, se ganó su lugar entre los pesados, que compartieron trabajos con él pero siempre estuvieron alerta. La última vez que salió de la tumba fue a buscar a su hermano y otro socio para cobrar lo que le correspondía del último laburo que hicieron juntos. Quizás por miedo, quizás por ambición, le vaciaron dos cargadores. Según nos cuenta María, para evitar molestas investigaciones, los victimarios le entregaron una camioneta 4x4 a la Policía. Y, con poética exactitud, establece: “El que parte y reparte se lleva la mejor parte”. Nos dice también que “los celulares, las carteras y las billeteras las roban los pibitos que andan por Circunvalación, Sorrento o Juan José Paso. En cambio, los grandes botines como los que dejan los escruches, frecuentes en los barrios residenciales, suelen ser supervisados por la Policía, cuya tarea es pasar el dato y llevarse buena parte de lo recaudado”.

El silencio de la clases altas

Despedimos a María y nos alejamos del Stella Maris, a esta hora transitado por mujeres que hacen mandados, pibes que fuman en la plaza junto a la parroquia y laburantes que revisan los motores de sus autos o comparten charlas en las veredas.

Poco a poco nos perdemos en el lujoso Aldea, urbanización levantada en terrenos que durante décadas albergaron una nutrida villa miseria, reubicada exclusivamente para la construcción de los nuevos barrios.

Las calles están completamente desiertas, cerradas las persianas de las casas. Si no fuera por la risa de un niño que nos llega desde un patio, tendríamos la certeza de que todas están abandonadas.

Damos con el colegio Mirasoles y luego con Los Arroyos, ambos del Opus Dei. Al primero concurren mujeres y el segundo varones (costumbre bien); sus edificios, enormes como el silencio que flota en el barrio, se ven más parecidos a una preparatoria yanqui que a una escuela argentina. Tan costosos son sus aranceles, que incluso familias pertenecientes a este sector de la Iglesia Católica mandan a sus hijos a otras instituciones educativas.

En una parada de colectivos, una joven mujer que guarda en un bolso su delantal de empleada doméstica, nos indica cómo volver a nuestro punto de partida.

El hombre de la seguridad

De regreso en el pequeño centro comercial hablamos con Omar, empleado en la agencia de seguridad que custodia la esquina desde una garita. Tiene 60 años y su aspecto es el de alguien que está cansado; apenas un leve brillo en el mirar de su mirada, lentos y quejosos movimientos en los monótonos recorridos de su cuerpo. La frecuencia radial de la Policía lo acompaña en su rutina. La charla con un transeúnte de ocasión logra sacarlo de a momentos del tedio cotidiano –no es fácil, pueden imaginarlo, estar nueve horas parado, todos los días y en el mismo lugar, sin hacer absolutamente nada–.

Omar vive en el Stella Maris y conoce a los pibes del barrio, motivo por el cual fue designado por su  patrón –viejo comisario retirado– en ese puesto ubicado en la frontera. Su sola presencia sirve para calmar las ansias de arrebatadores que, al verlo, tanto por respeto como por precaución, pegan media vuelta y cambian su rumbo.

Le preguntamos qué siente al exponer su cuerpo sólo para proteger la propiedad de otros. Nos habla del temor de su familia, aunque aclara que nunca sufrió ningún ataque violento. Cuando nos cuenta de su vida, nuestra interrogante se vuelve un tanto ingenua. Durante muchos años trabajó en una fábrica de máquinas de coser. Tal fue el desgaste que su labor implicaba, que hoy apenas puede mover el brazo derecho. Al fin y al cabo, bajo las reglas del capital, siempre los pobres exponen al cuerpo en función de lo demás.


Son casi las 12 y la actividad comercial es agitada. Nos estamos despidiendo de Omar cuando una señora, vestida lujosamente y con una nena en brazos, se acerca a nosotros. Cuenta que le han robado a su perro, un pequeño caniche toy. Unos albañiles le dijeron que “se lo llevó una vendedora ambulante, cuyo marido siempre la pasa a buscar en una moto roja”. Su voz tiembla. Su rostro expresa una angustia que no pretende disimular. Omar la escucha en silencio y asiente con entrenada paciencia. “Hay mil pesos de recompensa para ella; si usted sabe quién es por favor dígale que nadie la va a denunciar”, ruega. “Por supuesto, hay mil pesos también para usted”, aclara la señora, cuatro o cinco veces para que a Omar no se le olvide, y luego se retira. 

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