En la cueva

































La pensión es una imprecisa frontera entre la pobreza y la marginalidad. Sus habitantes, desde personas cuyas pertenencias caben en una valija hasta pequeñas familias que con suerte pagan el alquiler, viven amenazados por las penurias económicas y explotados por las reglas inmobiliarias que les obligan a pagar de más  por un mísero cuarto.

Puede reinar en ellas un clima de áspera desconfianza o, por el contrario, cierta sensación de comunidad. Pueden ser melancólicas y tristes como también tranquilas y agradables. Todas, sin embargo, comparten la certeza de la incertidumbre y el naufragio como nervio esencial de la experiencia humana.

Por Santiago Beretta
Ilustra Lucas Collosa

Llegué a la pensión por la noche. Un hombre de aspecto nervioso abandonaba el lugar y un pequeño televisor inundaba la sala de recepción con un noticiero local.  Un turco de rostro indiferente me recibió diciéndome que tenía suerte de encontrar una habitación vacía, y sus palabras me resultaron ciertas al escuchar el precio de alquiler, el mejor del montón de pensiones que había recorrido aquella semana buscando refugio.

El la planta baja de la vieja casona funcionaba una empresa de mudanzas y compra-venta de muebles, y en el piso superior estaban las habitaciones. Todo era propiedad del turco y las normas convivenciales que proponía me parecieron correctas: mientras pagues todos los meses, podés hacer lo que quieras. 
                                                             
Arreglamos la cuestión del dinero y luego de una breve charla me propuso trabajar en su negocio; mi rostro hambriento y mi aspecto roto no dejaban lugar a dudas: necesitaba un  techo, un plato de comida caliente y un trabajo. Sin dudarlo me puse a su disposición y encaré animado hacía mi nueva cueva, un agujero blanco y húmedo, con una cama de dos plazas y una pequeña ventana cuyos ojos daban a un patio gris y abandonado.

Luego de unas semanas de trabajo, demasiado duro dado el escuálido sueldo, empecé a pensar que debía marcharme de allí a fin de mes. Pero era un tipo sin secundario terminado, sin creatividad comercial y con pocas ganas de volver a la calle, de modo que, atrapado por el Destino de la Gran Mayoría, me dediqué a beber por las noches, acosado por las blancas y duras paredes que con tranquila paciencia echaban leña a la hoguera de mi locura.

Arriba mío, en la única habitación que había en la terraza, vivían diez gendarmes en un espacio donde con suerte cabían tres. La mayoría venía del norte del país, solo se relacionaban entre ellos y jamás hacían ruido alguno.

En la habitación de al lado, una horrible vieja llena de maquillaje y sus dos hijos navegaban los días en un decadente barco de burda violencia. Entre la madre y el hijo mayor existía una siniestra complicidad que se descargaba con el menor de los chicos: cuando no los escuchaba festejar a los gritos el programa de Tinelli, los escuchaba golpear brutalmente al pequeño Diego.

Justo enfrente, alquilaba un joven taxista que al llegar del trabajo encendía el equipo de música junto con un porro, y así se escapaba por un rato de la rutina. Las noches en que estaba asqueado de la bebida golpeaba su puerta, y al compás del humo, charlábamos  un par de horas sobre nuestras pequeñas anécdotas cotidianas, para luego despedirnos con la esperanza de que en nuestras vidas finalmente ocurriría algo que nos lleve a un lugar mejor.

El loco Anibal

Una noche, un vecino golpeó mi puerta invitándome a beber. Era un hombre de cincuenta años, con rostro deformado y aire estremecedor. Estaba mal vestido y parecía encontrarse nervioso. 

Contento acepté su invitación y lo seguí hasta su pieza: hacía semanas que por las noches bebía solo. Una vez allí, el tipo agarró una enorme escopeta que usaba como sostén de un velador, y apuntándome al rostro me dijo: “SI ME TRAICIONÁS, TE MATO”. Sus ojos me miraban fijos y sus manos temblaban levemente. Luego de unos fríos y pesados segundos, sirvió dos vasos de vino y me ofreció una silla.

Las noches y los tragos nos convirtieron en buenos amigos, y así pasamos largos ratos conversando sobre la vida.

Aníbal era un tipo duro, sin compasión por nada ni por nadie, menos que menos por él mismo.  De joven había sido montonero, y una vez finalizado el entrenamiento militar se disponía a marcharse de su hogar, pero una charla con su padre le torció ferozmente el rumbo de la vida.

Abandonó la militancia,  se dedicó entonces al negocio inmobiliario y llegó a tener mucho dinero, pero el litro de vodka que tomaba por día se encargó de tenderle sucias trampas hasta dejarlo en la calle: “Me empezaron a perseguir unos elefantes enormes, me seguían por toda la ciudad, pero yo lograba despistarlos y perderlos. Pero también me empezaron a salir unas hormigas horribles por el culo, por lo que me llevaron al manicomio. Estuve internado varios meses hasta curarme, y ¿sabés de lo que me enteré después? Mientras estaba dormido y empastillado, las muy hijas de puta de las enfermeras me chupaban la pija”.

Cuando bebíamos y lográbamos encender la noche, Aníbal se ponía pesado con una vieja idea que quería concretar, pues de los años muertos de su juventud aún conservaba su pasión por el cine: “Quiero hacer una película, por eso estoy ahorrando para comprar una cámara. Mi idea es patear las puertas de las habitaciones de la pensión, y filmar como reacciona la gente”.

El viejo ciego

Juan tenía 65 años y hacía más de veinte que había perdido la vista. Era un tipo solitario y callado que al encontrar  compañía se convertía en un apasionado conversador.

Recordaba viejas épocas, como suelen hacerlo las personas cuyas vidas en algún momento se quiebran y se convierten en una triste espera de la Hora Final. Sin embargo, el tesoro más preciado que guardaba en su memoria apenas tenía un par de años: “Tuve una novia de veinte con la que nos amábamos, no le importaba que yo sea viejo y ciego. Pero estaba mal de salud y una día falleció estando en mis brazos…”. Siempre repetía esta historia, y al terminar de contarla gruesos lagrimones bajaban por su rostro para perderse en el olvido del mundo.

Una tarde estaba bebiendo mi trago en la puerta de la pensión junto a dos inquilinos, y lo veo aparecer en la esquina y quedarse ahí parado, esperando que lo ayuden a cruzar la calle. Cuando me levanto para darle una mano, me dice uno de mis vecinos: “Dejalo a ese viejo caradura… se hace el ciego para romper las pelotas”, y me cuenta que meses atrás recuperó la vista por medio de una operación, pero por alguna misteriosa razón no quería que nadie se enterara. Parado con su bastón blanco y sus lentes negros, podía estar en una esquina varias horas, hasta que algún desconocido lo ayudara a cruzar la maldita calle.

La paliza

La noche caía  de boca al suelo mientras nosotros apostábamos al mismo número de siempre las pocas fichas que teníamos: Aníbal bebía en su cuarto, algún aventurero soportaba la fría ducha del baño, en la terraza los gendarmes escuchaban un partido por radio y en el cuarto contiguo al mío la vieja Susana cocinaba un guiso acompañada por algún programa de la farándula.

En el patio, el pequeño Diego jugaba al rapero realizando piruetas y divertidas acrobacias, y al verme mirándolo desde la ventana comenzó a dedicarme burlones gestos a los que yo respondía levantando mi copa.

En eso estábamos cuando su hermano, un afeminado de 15 años con ínfulas de vedette, comenzó a gritarle para que entrara a comer. Al no obtener respuesta, con aire asquerosamente botón avisó a su madre, quién furiosa lo metió en la pieza.

Durante diez minutos, el ruido de una golpiza que terminó con un portazo sobre el rostro de Diego chocó contra la indiferencia de la pensión: acostumbrada a los abusos y a la miseria, simplemente se limitó a seguir con lo suyo. Una semana después, luego de verlo pasar con un ojo vendado, nos enteramos del desenlace de aquella noche: el portazo lo había dejado tuerto, pues la punta del picaporte había dado justo en el centro de su ojo izquierdo.

El Loco Moly

Moly había sido campeón nacional de básquet en su juventud. Alto, flaco y ahora consumido, lentamente lo fue perdiendo todo hasta quedarse en la calle. Sin dinero, sin salud y atrapado por una extraña locura, por las tardes naufragaba junto a otros linyeras en algún banco del Parque Irigoyen y por las noches dormía en la puerta de la pensión, mangueando monedas para el vino en caja y los puchos. No fueron pocas las veces que nos emborrachamos juntos, pero desde la vez que intentó matarme (arbitrariamente, en medio de una conversación sacó un cuchillo y quiso perforarme la panza) decidí alejarme de él.

Siempre conversamos sobre nuestros destinos; en verdad, sus destartalados monólogos inundaban la tarde. Jamás olvidaré cuando, ofreciéndome pagar un vino, me relató esta increíble historia: ahogado por el inmenso dolor que le proporcionaba vivir, se había tirado debajo de una camioneta que velozmente pasaba por 27 de Febrero, pero la mala suerte apenas lo había recompensado con una pierna rota.

Anduvo por las calles con una rama como bastón, hasta enterarse por medio de otro linyera que los suyos no usaban bastón y mucho menos les hacían caso a los médicos. El consejo era simplemente caminar y aguantar el sufrimiento. De ese modo, éste finalmente desaparecería.

Moly hizo caso a su maestro; caminaba una cuadra y el dolor lo desgarraba tanto que a veces debía sentarse largo rato a descansar, pero finalmente la cosa funcionó y ahora andaba normalmente. Al mismo tiempo, un abogado ávido de dinero que casualmente contempló el accidente se encargó de llevar el hecho a Tribunales y, luego de un par de idas y venidas típicas de la burocracia judicial, consiguió ganar una pequeña suma de dinero.

Para Moly, en verdad, las cosas no habían cambiado mucho. Emanando un olor a mierda insoportable, con los ojos llenos de fantasmas y emborrachándose hasta quedar inconsciente, poco le importaban los 10 mil pesos que, en billetes de cien, guardaba en el bolsillo izquierdo de su saco y que con total desprecio me mostró aquella tarde.

Saliendo de la cueva

Desde el mediodía, cuando parábamos a comer, empezábamos con los compañeros de la mueblería a darle a la cerveza y al vino tinto, y seguíamos así hasta entrado el atardecer. En su mayoría eran tipos de la calle, que dormían en los galpones abandonados del Parque Irigoyen dándole al Poxiran y quemando lo que tenían a mano para poder aguantar el frío de la noche (ocasionando una noche un peligroso incendio que terminó con un camión de bomberos en el lugar); al hablar con ellos me resultaba imposible no contagiarme de su dolorosa y triste verdad: el mundo es un hospital y la vida una tumba.

Una mañana, al llegar a la mueblería, me encuentro con que Pedro, un pibe de 15 años que vivía con su padre y la pareja de éste en un pequeño cuarto, comenzaba a trabajar con nosotros. Su padre, camionero de toda la vida, había salido con el camión un mes atrás, pero no había regresado y no había de él noticia alguna. Su pareja se había marchado dejando solo a Pedro, y el turco, en un acto de generosidad, lo contrató en la mueblería. Así pasaron cuatro meses, y yo veía como aquel pibe obediente y tranquilo poco a poco se iba convirtiendo en un bravo de la calle. Una vez me contó cómo con sus nuevos amigos le dieron una paliza a un tipo que le robó a una vieja, y un par de días después lo maravilloso que había resultado robar con una navaja a un desprevenido.

Sin proponérmelo, me había convertido en su amigo; era la única persona del lugar a quién podía confiar estas cosas. Sin embargo, sus nuevas conductas se hicieron evidentes y poco después lo echaron del laburo y de la habitación. Una noche lo crucé en una plaza de Tablada y me convidó un poco de merca, y esa fue la última vez que lo vi.

Un llamado de un conocido, luego de largos meses en la pensión, me depositó todo un verano como sereno en una casa de campo. Entusiasmado abandoné la ciudad, y las cosas que comenzaron a sucederme allí (toda la puta vida igual) serán motivo de otra nota.

Al irme, quedé debiéndole 200 pesos a Aníbal. “Si no me traés la plata te busco hasta debajo de la cama de tu vieja”, me dijo con la frialdad que lo caracterizaba, y pesar de temer su advertencia nunca le pagué. Tiempo después lo encontré en un bar todo golpeado: sin poder evitarlo, como le solía pasar, se había metido en una pelea bastante brava. Me contó que se había mudado con su madre y no mencionó el dinero, de modo que al despedirnos sentí un fuerte alivio y deseé no volver a verlo.


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