La libertad

De día, una plaza más del centro de la ciudad. De noche, un barco extraviado donde la aburrida normalidad se arroja para olvidarse un rato de si misma. 

Por Petula


El paisaje es 1 muñón de mi destino
                                                                                                      Mario Santiago Papasquiaro

Decir que en Rosario “La Libertad” está entre Mitre y Sarmiento puede funcionar, perfectamente, como una alegoría del acaecer histórico-político. No se si del acaecer mío o de la Argentina. Calculo que todo superpuesto, enmarañado. Desenredemos entonces. La Libertad argentina está entre, ése cheto pelilargo que fue presidente y tenía una cicatriz de tiro en la frente ganada en la batalla de Caseros, y, ése pelado mala-cara que nunca faltaba a la escuela, y que como el otro, peleó contra Rosas. La Libertad entre, el que se alió con Brasil y Uruguay & Inglaterra para ir a dársela a Paraguay, y, el que planteó el “clásico” a muerte: Civilización vs. Barbarie. La Libertad entre, el que en 1861 entró triunfante a Rosario luego de la batalla de Pavón, dándole el tiro de gracia a la Confederación, y, el que terminó el laburito de su colega, tanto en la presidencia (Sarmiento recibió el mando de Mitre) como en la matanza de paraguayos-guaraníes, etc. La Libertad entre, el fundador del diario La Nación y traductor de La Divina Comedia del Dante, y, el autor de Facundo o Civilización y Barbarie y Conflictos y armonías de las razas en América. Mierda: eso es Liberalismo Económico, no Libertad. La Plaza Libertad, en la ciudad de Rosario, está ubicada entre las calles Mitre y Sarmiento. Las otras dos calles que la delimitan son Cerrito y Pasco, que juntas, forman una capital de departamento en Perú, Cerro de Pasco, de considerable riqueza mineral: plata, vanadio, cinc, plomo, bismuto. Con la explotación minera, esta alegoría no hace más que ponerse peor.

Hace alrededor de seis años que vivo a 189 pasos de Plaza Libertad, sobre calle Mitre, en una casa de pasillo, utilizada por el morador anterior para dar cesiones de reiki. El barrio se llama Barrio del Abasto, debido a que, en la Plaza, funcionó el Mercado Central de Rosario. Del clima socialista libertario, del pulular de la militancia de los obreros anarquistas, es que tomó su nombre la plaza; o eso preferimos creer. Ver para creer. ¿Y qué vemos de día? Vemos césped, por el que corretean y en el que defecan decenas de perros domésticos por día, césped sobre el que los niños arman sus picaditos. Vemos un sector de juegos, con tobogán, hamacas, trepadores, calesita manual, arena, etc. Vemos dos grupos de mesitas y bancos de cemento en donde los estudiantes revisan sus apuntes, las parejas se prometen amor tomando gaseosa, los matrimonios con hijos sonambulean su rutina de fin de semana, los cadetes en moto se queman unos porros, las amigas se llenan de mate y biscochitos y los vagos se toman unos porrones. También vemos, por los cuatro lados de la plaza, bancos de madera, llenos de nalga humana los domingos. Vemos al menos seis variedades distintas de árboles. Vemos una explanada de cemento, y una especie de escenario o de plataforma, con escaleras, en donde practican algunos skaters. Vemos mástiles y una escultura que, después de años de verla bastante seguido, me dí cuenta que se movía. En el vértice de Mitre y Cerrito, vemos un puesto de diarios y revistas. Por Sarmiento, imponente, el pálido edificio abandonado, como una Moby Dick de arquitectura peronista, en el que funcionó el Mercado. Tiene pintada en el frente una cruz gigantesca, una especie de gran graffiti católico apostólico y romano.

Ahora pongámonos los lentes para ver de noche. Asomemos la trucha a la sombra. Sólo la interrumpen (a la sombra) unos faroles delgados y duros como de merca, y cada tanto, la luz azul de los patrulleros. A simple vista está vacía. Pero si miramos mejor vemos en aquel banco a esos dos que están “ganando” en moto. Y allá en la esquina, Sarmiento y Pasco, ese par de travestis que fuman y conversan y se ríen, sin dejar de estar alertas. Imposible no ver a la despampanante rubia (travesti también) con sombrero Cowboy, casi en topless, que asoma por Mitre y Pasco; se dirige al bar “Inicios”. Si se fijan bien, en la misma esquina, sentados sobre la entrada de esa concesionaria de motos, hay unos pibes con gorra de visera, alguno, o los dos, son pareja de los travestis, los acompañan, vienen de sus mismos barrios de clase baja, se cuidan mutuamente. Cada tanto entre los árboles de la plaza, las transacciones. O las solitarias masturbaciones. Pero por lo general, de noche todo acontece en los márgenes de la plaza, dejando el centro como un corazón oscuro, al que sólo se accede de manera visceral. Estamos en la Zona Roja. Un sector de la ciudad que se desplaza como un reptil de lo infra-rojo a lo ultra-violeta, los límites de la visibilidad. Umbral entre el Centro y la Zona Sur, entre el bienestar sojero-inmobiliario y el malestar cabezanegra-choreo; entre la Civilización y la Barbarie. Esto, a los ojos de “la gente-bien”, famosa por su mezcla de iluminismo y chatarra publicitaria. Esos ojos, en “la noche del mundo” como diría Hegel, no ven un pomo.

Hagamos un zoom sobre la noche de La Libertad. Veremos rostros, vidas. Roxana “hace la calle” en la esquina de Mitre y Cerrito, al lado del puesto de revistas cerrado. Ya superó las cuatro décadas sobre el planeta, tiene un hijo adolescente. Sus problemas son con su madre, con su enfermedad, con la cocaína. Hace un par de años no estaba tan sola en sus changa-noches. El Turco paraba en uno de los bancos que dan a la calle Cerrito. Dormía ahí, comía ahí, se daba con vino y merca ahí. Con todo el rostro tatuado y bajas considerables en la dentadura, el Turco parecía un chaman con remera de fútbol. Cada tanto hacía viajes: al sur, a Mar del Plata; y a los meses volvía al barrio en el que se había criado, pero en el que no le quedaba nadie, o nada, sólo ese banco. Roxana le alcanzaba comida y le ayudaba a juntar para la bolsa y los tragos; se hacían compañía. Decían que una señora mayor que vivía en uno de los edificios que dan a la plaza también le daba cosas al Turco y lo dejaba bañarse en su departamento; nunca quedó claro si la señora lo conocía de niño o se trataba de una relación pasional; quizás las dos cosas. Cada tanto un náufrago de la noche (por ejemplo yo) se arrimaba a las costas de este

par instalado en el banco: podían ser jóvenes del Chaco o de Formosa, recién llegados, con la esperanza de entrar de obrero en una construcción; tipos solos tensados como una cuerda de violín por el deseo; borrachos nómades en busca del próximo trago; ninfas-adolescentes narcotizadas; novatos travestis aún sin implantes mamarios buscando su lugar en el Mercado; punkis trasnochados; linyeras místicos; algunos se quedaban durante días en la plaza, otros se iban con el amanecer. Hasta que un día el Turco no volvió. Y Roxana quedó sola en su esquina. Cada tanto algún conocido o su hermana le hacen compañía, pero no es lo mismo. Hasta el año pasado ella era la única mujer que trabajaba en Plaza Libertad; hace unos meses comencé a ver algunas noches unas chicas muy jóvenes en la esquina de Sarmiento y Cerrito, en la puerta de una nueva torre de departamentos (Los edificios han ido creciendo como hongos alrededor de la plaza). El reflujo es constante. Marcela ya no anda por acá. Sobre unos tacos altísimos, por lo general blancos, esta travesti llegaba al metro noventa y había sido una de las pioneras en la Zona Roja Travesti. “Hace unos años eran todas minas por acá, ahora fijate que en todas estas cuadras hay mayoría travestis, trabajan mejor, no solamente con tipos, están viniendo muchas parejas”, me dijo mientras le hacía una entrevista nocturna con mi amigo Nicolás y su cámara. Esa noche Marcela estaba “de visita”. Ella ya no trabajaba en la calle; se había ido a vivir con un señor mayor, un pequeño empresario; era una señora de su casa. Esa noche se había peleado con el señor, y ahí estaba, visitando a las chicas, y de paso, mezclando placer con negocios. Hablamos del amor, de las preferencias de su clientela en los años de ejercicio, de la variación en estas preferencias a través de los años, de sus proyectos enfocados en una peluquería propia. Marcela tenía 28 años ya; estaba, se sentía grande. Tiempo después de esta entrevista, en un programa de radio, escuché que el promedio de vida de un travesti es de 35 años. En el tiempo que llevo en el barrio me pareció ver pasar varias generaciones de travestis, como si su dimensión se moviera más rápido. Como si mi fuga fuese más lenta.

Volvamos al día. A los que trabajan en la plaza; por lo general los fines de semana. Un pochoclero. Varios pasea-perros. Una pareja con unos pequeños jeeps para niños, (a propósito: mi hija una vez atropelló a otro niño, en realidad sólo lo golpeó… y lo peor: ¡mi primogénita siguió!. Fue sólo un susto). Artistas circenses-callejeros varios. Carrito de panchos. Algún diller bajo las palmeras. Podadores de césped del municipio. Alrededor, la burbuja inmobiliaria. Mitre sigue forjando la imagen de San Martín, la de Belgrano, la del costado blanco europeo de estos pagos. Sarmiento sigue puteando a los indios, escribiendo bien, como un poseso en contacto con Tocqueville, con Hugo, con Dumas. El capital circula como un tsunami invisible y silencioso, entre los cuerpos y los sonidos.           

Rew. Las Tropas del Mañana comenzaron sus acampes junto a los mástiles, en donde izaban su propia bandera. Esa era su trinchera, próxima a un enchufe para poder escuchar Eskorbuto, La Polla, Sex Pistols o Exploited, desde la que le darían pelea al Sistema. El nombre lo habían sacado precisamente del título de una canción de Eskorbuto, esa banda punk vasca con mayoría de integrantes malogrados. Las Tropas eran en su mayoría chicos de la periferia de Rosario, hijos de obreros y de desocupados, hijos de la gran ola de miseria ensanchando el mar negro de la indigencia de los primeros años del siglo XXI. Pendejos cirujas convertidos en punkis. Chicas escapadas de la casa al centro, sumergidas en la deriva callejera. Al principio no pasaron de diez, con el paso de las semanas durante ese verano del 2005, llegaron a ser unos veintitantos más o menos estables. ¿Una pandilla? ¿Una horda? ¿Una banda? ¿Una tribu? ¿Una manada? Tal vez de todo un poco. En momentos de decisión asomaba una plana mayor: Dante, un punki parecido al dibujito del demonio de tasmania, hijo de un poli retirado (excomisario), era el líder “natural”, un energúmeno carismático sin duda, con la palabra Eskorbuto tatuada de lado a lado en el pecho. Sus ministros eran Fantom, un heavy-punk nieto de obrero, y Krosty, un pibe recio de Gálvez, recientemente convertido al credo punk-rock, proveniente de la cumbia del extrarradio. También estaba Aníbal, podríamos decir que un ala opositora a Dante, un muchacho fuerte que conocía desde las cosechas del norte, la explotación esclavista, y empachado de eso, se había puesto a pataperrear la urbe como ciruja-punk. Y Trínity, que en realidad se llamaba Salvia, o algo así, escapada del hogar paterno en algún pueblo de las cierras cordobesas, una punki hija de hippies, harta de hippies. Y Ricky, un fortachón campero devenido roquero de campera de cuero, del interior de Santa Fe, hijo de un domador. Y varios chicos y chicas realmente jóvenes que se fueron sumando, de los que recuerdo en relieve al Asmático. A pesar de haber presenciado el origen, el apogeo, la declinación, y la desaparición de las Tropas del Mañana, recuerdo en especial dos noches en su trinchera de La Libertad. 1) El reportaje sobre el punk que hicimos con el amigo-poeta Máximo Nesta y los chicos, en el que se proponía una versión del género antinormativa, vagabunda y de clase: el punk venía de los barrios bajos, de la villa, y estaba para patearle el culo a la buena sociedad. 2) La filmación del corto Stein, de mi amigo Trost, en el que se puede ver a una buena cantidad de las Tropas, sus rostros de punkis-indígenas-latinos, extasiados, en una historia delirante y violenta, coqueteando con el anarcofascismo. Era verano. Dante tocaba temas de bandas vascas, se peleaba, se emborrachaba. Fantom contaba anécdotas de su abuelo antisemita. Krosty sabía artes marciales y era una especie de hacker de ciber. Trínity, una vez, consiguió un trabajo para vender perfumes en la calle, sólo tenía que ocultar la cresta con una gorra o pañuelo y estar más o menos aseada. Aníbal tocaba en la guitarra temas de Hermética, de Larralde, de Malón, y narraba achinando sus ojos indios historias de trabajos duros, de violaciones, de huidas y de peleas. El Asmático me explicó la teoría, que a su vez le había explicado su vieja, en la que los mods aparecían como “los infiltrados” para deshacer a la contracultura punk, portando los “caballos de  Troya” de las drogas de laboratorio y del sida. Pasaron los litros, las dosis, potenciada la “actitud punk”. Pasaron los días. Krosty se alejó de Dante y se acercó a Aníbal; Fantom y Trínity se pusieron de novios y se fueron a un fonavi; muchos adolescentes volvieron a sus casas. Las noches comenzaron a enfriarse, a endurecerse. La disolución entrópica. Pasaron los años, Cronos comiéndose a sus hijos: Krosty volvió a Gálvez, en donde unos mafia mataron a su hermano y ahora lo amenazan a él. A Fantom me lo crucé en la calle borracho, muy delgado y con el rostro morado. Trínity desapareció. El Asmático se cayó y fue atropellado por un colectivo (y ahora reaparece en forma de graffiti). Aníbal se voló la cabeza de un escopetazo (dicen que estaba siendo acusado de un crimen sexual). Dante tuvo su propio Infierno: su hermano menor, recién salido de la cárcel, le pegó un tiro a quema ropa y lo mató.                 


“La vida está ausente, no estamos en el mundo” (Rimbaud). ¿Intentaría el joven poeta francés un desplazamiento inverso al de Sarmiento: ir de la Civilización a la Barbarie? ¿Entendería eso como La Libertad? “Volveré con los miembros de hierro, con la piel oscura, la mirada furiosa”. Recordemos. Se hizo comerciante-aventurero en África. Compró y vendió café, y una que otra especia. Vendió armas a las tribus para que se mataran entre sí. Dicen que comerció con esclavos. Volvió con una pierna podrida a Francia. Serrucho, un muñón, la fiebre, la muerte. Tal vez donde flasheamos oposición, contradicción, hay complementariedad. ¿No estaremos viviendo en una pesadilla dantesca, libre, creada, entre otros, por poetas infernales y nocturnos como Sarmiento y Rimbaud?

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