MUNDO TERMINAL

Chicos cuyas pertenencias caben en un bolso de mano. Vendedores que esquivan los controles municipales para lograr unos pesos que justifiquen la jornada. Prostitutas en portales derruidos a la espera de clientes y niños que venden estampitas para ayudar a sus familias. Postales de la Estación de Ómnibus Mariano Moreno, donde la remodelación edilicia no hace sino evidenciar el contraste entre una proyección turística de la ciudad y la experiencia de desposeídos que naufragan los días buscando tan solo sobrevivir.

Por Santiago Beretta y Juan Freytes
Fotos por Salvador Márquez


Caminaba despacio por Santa Fe. La tarde de un viernes frío de fines de invierno caía lenta pero implacablemente; la noche, como un manto de olvido y tristeza, comenzaba a mirarme de reojo. Los neones de los hoteles y los bares, parpadeos fugaces acariciando un tráfico agitado, terminaron por depositarme en La Pecera, un bar 24 horas donde tiempo atrás había conocido legendarios personajes de las calles rosarinas: tipos que naufragaban de mesa en mesa en busca de tragos y compañía, mentirosos patológicos que narraban distintas historias para referir siempre lo mismo, mujeres que buscaban en una velada impostergable un hombre sensacional.

Estudiantes de medicina, alegres y relajados, ocupaban ahora la mayoría de las sillas; un grupo de chicos que venía de jugar al fútbol terminaba por llenar el lugar –este bar, además de sus precios accesibles, tiene la gracia de alojar una muy variada concurrencia–. Liquidé un asqueroso café, ojeé el diario sin mucho interés y rumbeé por Vera Mujica.

Llegué hasta el Centenario; un cuidacoches dormía en un banco. Un borracho de aspecto vagabundo, uno de los tantos de esta zona, llevaba su vista hacia el cielo como tratando de formular alguna pregunta trascendental. El hospital, por su parte, poco a poco iba quedando vacío y en silencio: llegaba a su fin la trajinada rutina diaria; las guaridas nocturnas, las horas lentas y los silencios pesados empezaban a ocupar su lugar.
Miré mi reloj y recordé que en la puerta de la Terminal me esperaba Juan. Otra vez llegaba tarde a la misión de entrevistar.

***
Esperaba recostado contra una columna en Santa Fe y Cafferatta. La noche terminaba de apoderarse de todo, en especial de mí y de aquel horrible estado gripal. Santiago no aparecía ni atendía mis llamados. Supuse que la ciudad lo había llevado por algún camino inesperado. A esta altura ya no me enojo con sus demoras y hasta he aprendido a valorarlas.
Decidí entrar a la Estación y echar una mirada; quizás asomaban ideas para la crónica. Pensé que podíamos conversar con los tipos que cargaban valijas en la parada de taxis y con los ancianos que cuidaban motos mientras bebían vino blanco en vasos de plástico.
El monocorde susurro de rostros cansados atravesando el hall y un extraño matiz oscuro de la luz que flotaba en el edificio no tardaron en golpear fuerte en la mandíbula de mi frágil estado de ánimo. Tomé nota de un envoltorio de cocaína tirado en el piso; seguramente si entramos en los baños encontraremos muchos más. Podríamos hablar de eso en un párrafo. Aunque, a decir verdad, esas arrugadas bolsitas de nylon no dan cuenta de la cotidianeidad de un barrio, sino más bien de la ciudad, el país, Occidente, la sociedad de consumo. En fin. ¿Dónde estará mi compañero?
Volví a la calle y crucé hasta la pizzería de la esquina. En una mesa de la vereda un hombre se manifestaba decepcionado vía telefónica con su mujer por algún inconveniente relacionado con los chicos. Un poco más allá tres tipos de mirada intimidante tomaban cerveza sin pronunciar palabra. A lo lejos divisé a Santiago.

Permiso para la alegría
Escuchamos un llamado de bombos y redoblantes proveniente del Patio de la Madera y hacia allí encaramos. La música, acompañada por el incomparable desenfreno de aquello que nace del corazón, la ejecutan los pibes y pibas de Nacidos por cesárea, murga surgida en el barrio hace varios años ya.

Martín, de luminosa sonrisa y evidente generosidad, nos cuenta que arrancaron con la movida para juntarse con los vecinos en busca de un estar y un compartir diferentes. “Es la posibilidad de tomarse un tiempo, bajar un cambio y conectar un cable a tierra; un proyecto colectivo que sea a la vez la posibilidad de protestar y ser críticos en relación a lo que nos rodea”. Y aclara, no sin énfasis: “Somos una movida independiente y autogestiva”.

Si juntarse y compartir es lo primero, es justamente lo primero por lo que se lucha: la Municipalidad no los quiere ahí. Increíblemente necesitan conseguir un permiso para ejercer su alegría en un parque, lo cual se les viene negando de modo sistemático. Apenas si logran autorizaciones provisorias como la que tienen ahora y que les va a servir hasta fines de octubre.

Una piba de 14 años baila sin parar. En una moto llegan dos chicos de una murga amiga. Escuchan lo que hablamos y señalan al nuevo Mc Donald´s que levantaron en la esquina de Santa Fe y Vera Mujica, lo cual implicó el recorte de un tercio de hectárea de espacio público.

El secreto de Tessaire

Este barrio es maravilloso, sin dudas el mejor de la ciudad”, establece Víctor, hombre de unos ochenta años que pasa los días en la puerta de la verdulería de San Lorenzo y San Nicolás, sentado en una silla de plástico y acompañado por el canto de un canario amarillo que habita una jaula colgada sobre su cabeza. Cuando le preguntamos el por qué de su respuesta, la explicación suena tan sencilla como lógica: “Acá viví toda la vida, y la pasé sensacional”.

Todos lo saludan al pasar, especialmente los estudiantes de pueblos aledaños que alquilan departamentos en la zona dada su cercanía con las facultades de Medicina, Bioquímica y Odontología. Mientras golpea el suelo con la punta de su bastón, el hombre nos cuenta que de un momento a otro comenzarán a aparecer por el barrio mujeres que ejercen la prostitución. “Son chicas brasileras, peruanas, dominicanas. Todas muy buenas, si quieren se las presento, tengo muy buena relación con ellas”, dice tranquilo, aunque aclara que a muchas de ellas hace tiempo que no las ve, “desde que alguien se las llevó en un camión”.

A mitad de cuadra empieza su jornada un prostíbulo que funciona en un pasillo de fachada derruida, el cual adquiere matiz tenebroso cuando dos tipos de aspecto amenazante se paran en la entrada del lugar. “Se la tiran de jodidos, llevan cuchillas en el cinturón, pero no se la bancan, no se pelean con nadie”, asegura con soberbia nuestro anciano amigo.

Un vecino se incluye en la conversación y, al saber que somos periodistas, nos señala un legendario tatuaje marinero que el viejo lleva estampado en el antebrazo izquierdo, un ancla deformada por las arrugas que ahora es exhibida con total orgullo. Se la dibujó un compañero de la colimba a mediados de los cincuenta, cuando juntos prestaban servicio en la Isla Martín García. “En aquel entonces –cuenta Víctor– nos tocó custodiar la celda de Alberto Tessaire, vicepresidente de Perón cuando la Revolución Libertadora. Al tipo luego lo filmaron confesando una serie de supuestos crímenes cometidos por el peronismo y proyectaron la cinta en cines de todo el país. El tema es que Tessaire era pichicatero y eso los golpistas lo sabían. Entonces lo encerraron durante un tiempo y después se lo llevaron a Buenos Aires para que, en plena abstinencia, dijera todo lo que dijo a cambio de droga”.

Esquivar la cámara

En el ingreso a la Terminal conversamos con una vendedora ambulante. Sentada en una reposera y envuelta hasta el cuello en una frazada, en su paño de venta ambulante se exhiben muñecas, medias, llaveros, bombillas, gorritos de lana y otras baratijas, mercancía ofertada bajo las pálidas luces de la entrada principal de la Estación.

Su nombre es Graciela y trabaja en la zona desde hace más de cinco años. Aparenta sesenta mal llevados y dice que podría elegir no estar allí, que para vivir le alcanza con su jubilación, pero disfruta de su profesión y nada le da más satisfacción que vender algo, cosa que ocurre cada vez con menos frecuencia. “Está todo parado”, se queja. Vive en barrio Echesortu y nada queda de lo que alguna vez fue su familia.

Debido a su avanzada edad “un amigo que pisa fuerte en Control Urbano municipal” hizo gestiones para que la dejaran estar en el hall de entrada del edificio, bajo la protección de un techo. Antes desarrollaba su actividad económica en el parquecito que se ubica sobre Cafferatta, entre la parada de taxis y la dársena de transporte urbano de pasajeros. En aquellos tiempos su relación con las autoridades no era tan favorable: “Cada vez que los inspectores me veían trabajando me pedían que me vaya. Por eso siempre me escondía detrás de unos arbolitos, donde no me pescaran las cámaras de seguridad”.

Un peruano que vende sándwiches de milanesa a su lado escucha en silencio la charla. Graciela le compra uno y comenta que es todo lo que cenará por hoy.

Leyes terminales

Dan las 21 y nos aventuramos a los pasillos de la Mariano Moreno, apenas transitados por estudiantes que vuelven a sus pagos.

Javier, empleado de una empresa de transporte, expone en pocas palabras las leyes del lugar: nadie puede dormir dentro del edificio; tampoco se le permite a los chicos de la calle mendigar. Cuando le preguntamos por una mujer mayor que, rodeada de bolsas de consorcio y un perro, intenta pegar un ojo en un asiento de esos en los que la gente espera el arribo de su colectivo, nos explica que por una rebuscada aplicación del derecho por antigüedad es la única persona a la que se le permite pasar la noche en el lugar.

Hacemos unos metros y damos con el destacamento policial, una garita de escasos metros cuadrados recientemente levantada. “Antes, cuando los milicos tenían la oficina con sótano, daban terribles palizas a los pibes que encerraban; ahora están más expuestos y no tienen margen para ser tan despiadados”, explica Javier.

Al salir de la Estación por una de sus puertas laterales nos sentamos a charlar con María, una mujer de 35 años que junto a tres de sus hijas vende tarjetitas con imágenes de santos y declaraciones de amor. “Hace tres años que estamos acá. Mi marido se había puesto una gomería y no nos faltaba nada. Pero nuestra casa estaba a la vuelta de un bunker y cada dos por tres los narcos nos despertaban a las patadas para que les arreglemos una cubierta. Mi esposo les decía que teníamos nenes, que no podían entrar así, pero ellos... Una noche entraron y le metieron un tiro en la nuca y otros dos en las piernas; así nomás, sin mediar palabra. Quedó postrado y yo tuve que salir a tarjetear con mis hijas”, nos cuenta con una enorme tristeza que sin embargo no logra vencerla.

Cuando fuimos a hacer la denuncia nos decían que teníamos que tener testigos, no les importaba que nosotros hayamos visto al que disparó. Es más, yo escuché cómo el comisario le avisaba por teléfono a los narcos que se escondieran porque se iba a armar quilombo”, concluye la mujer. Ahora vive en una casilla de Empalme Graneros que logró recuperar tras una usurpación que duró largos meses, durante los cuales tuvo que repartir sus noches entre la calle y piezas alquiladas. “Con las monedas que saco puedo mandar a las chicas al colegio y darles de comer al mediodía; para la cena nos arreglamos con lo que me regala la gente de acá”.

Antes de que nos despidamos, María nos pregunta si no nos sobra una pava, pues la suya se echó a perder. Luego nos señala la importancia de la solidaridad entre “la gente de la calle”. “Si no nos cuidamos entre nosotros, nadie lo va a hacer. Hace algún tiempo yo me tenía que llevar a casa a unas nenas que la madre abandonaba todas las noches; dormíamos diez personas en una pieza. Había días que nosotros no teníamos para comer, pero cuando iban estas chiquitas ocurría un milagro y la comida nunca faltaba, yo vendía como nunca y hasta había sábados en los que podíamos hacer pollo a la parrilla”.

(Sobre)Vivir en la calle

Salimos de un bodegón tradicional del barrio. Son casi las 23 y el frío recrudeció. Un mendigo prende una fogata en una esquina para aguantar la noche. En un barcito dos choferes de colectivos urbanos toman un café y rasguñan los cuatro minutos de descanso que tienen entre recorrido y recorrido. Uno cuenta que hace apenas una hora en zona sur cinco chicos se subieron armados a un bondi y desvalijaron a los pasajeros; su compañero lo escucha en silencio con los ojos fijos en la calle, donde dos travestis muestran sus enormes tetas mientras esperan algún cliente. Por Castellanos, casi sin detenernos, nos topamos nuevamente con la Terminal.



No me puedo meter en más líos, no quiero volver al infierno de la cárcel. Aunque a veces se hace difícil: ayer nomás vino un milico y me pidió que vaya a hacer quilombo en la puerta de un hotel que no colabora con la Policía. Me ofreció a cambio algo de plata y merca, pero uno sabe que después lo único que puede llegar a recibir son palos en el lomo; si aceptás esas propuestas quedás esclavo de ellos”. Lo cuenta Ariel, un cuidacoches de 25 años que hace poco salió en libertad condicional. Vive en los alrededores de la Estación con dos compañeros de ruta cuyos guiones existenciales han sido escritos con el mismo argumento terrible de la pobreza.

Quizás todo lo que me pasa es porque me porté muy mal cuando mi mamá –que Dios la tenga a su lado– estaba viva. Cuando ella falleció mi padre no tardó en abandonarme y mi hermano mayor me echó del rancho que teníamos. El otro día vino otro de mis hermanos a visitarme; de vez en cuando se acuerdan de los pobres. Compramos unos sándwiches con gaseosa y todo. Pero la única persona que recordó mi cumpleaños fue Raquel, una empleada del Juzgado de Menores que me conoce desde chico y tenía buena relación con mi vieja. Ella me llevó a un bar, me hizo una torta y ahí festejamos. Me regaló estas zapatillas y me dijo que esté tranquilo, que no me fije si los otros clientes del bar me miraban raro; yo no lo podía creer”, relata con los ojos bien abiertos. Ariel no duerme desde hace dos días, pero las ganas de hablar de su vida pueden más que el sueño.

Al rato cae José, maletero oriundo de Totoras. Cuando Ariel le muestra un paquete de comida que acaban de regalarle, sus ojos se iluminan. A partir de ese momento no dejará de mirarlo de reojo, como un adicto que tiene al alcance de su mano una poderosa dosis pero debe esperar un permiso para poder abalanzarse sobre ella. Cada dos por tres preguntará: “¿No querés que cenemos?”. “Los bares del barrio no te tiran nada, tenés que esperar a que cierren y revolver en el container para ver si encontrás restos de comida, aunque la mayoría de las veces sólo hay cosas podridas”, nos dicen con bronca los muchachos cuando finalmente se disponen a comer.

José supera a Ariel en edad y asumió un rol protector sobre sus compañeros. Ellos dos, junto al otro chico –que tras una sacudida tóxica yace cubierto por una manta en el umbral de un portón–, han formado un grupo cerrado que se cuida de las muchas amenazas que rondan en la zona. “Acá tenés que dormir con un ojo cerrado y otro abierto. Pasan cosas muy jodidas; te encontrás con chorros, asesinos, violadores. Por eso nos cubrimos la espalda entre nosotros. Yo no dejo que los pibes se metan en problemas, aunque a veces me resulta difícil. Por acá hay gente muy maldita y otra que está en las últimas, como los chicos que duermen en las galerías del Patio de la Madera, a quienes a veces los vemos inyectarse cocaína”, explica.

El reloj de la torre de la Estación marca la medianoche. Ariel tiene pocos autos que cuidar y cree que recién podrá hacerse de algunos billetes el domingo por la tarde, siempre que no llueva. José, por su parte, tampoco tuvo suerte con la propina: está desde hace dos horas y solo recaudó 2,25 pesos.

Vivir en la calle es horrible, ¿saben? Ustedes no durarían dos segundos”, nos interpela José. “No tienen idea lo que significa tratar de dormir con un frío como el de esta noche. No hay frazada que alcance, ni hablar cuando llueve; estoy rezando por que no empiece a chispear”. Ariel interrumpe indignado: “¿El frío? ¿Decís que lo peor es el frío? ¿Y la tristeza? ¿Y la soledad?”.

Epílogo
Una vez más caminamos los pasillos de la Mariano Moreno, esta vez con la decisión tomada de terminar un recorrido que en la honda madrugada se torna agotador. La casualidad nos lleva a cruzar al colega Carlos Del Frade, lúcida voz a la hora de leer la ciudad y los distintos mundos que la habitan.

Le pedimos una reflexión, a la cual se presta sin vueltas. Nos habla de una zona de frontera, donde la renovación edilicia que busca otorgar a la Terminal una apariencia moderna y eficiente contrasta con la creciente oscuridad que se observa a sus márgenes. “También es un barrio donde queda muy expuesta la corrupción policial, especialmente en su relación con las chicas que ejercen la prostitución”, analiza, para luego concluir: “Al mismo tiempo, la Estación son todos los chicos y chicas que trabajan día y noche; personas extraordinarias. En fin; es una isla más en este archipiélago que es Rosario, donde conviven la fantasía y el horror”.


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