Música de cámara

Cámaras de seguridad:  ¿Una puta mierda? No para todos, pues gran parte de la ciudadanía no solo aceptó sino que pidió la implementación de este mecanismo de control. Esto motivó a la publicación de la siguiente nota, donde el autor se plantea distintos aspectos de un hecho complejo. Desde la propuesta anti-delito con que las publicita hasta el andar fantasmal en un mundo de ojos obscenos y vigilantes que nos transforman en datos y estadísticas. 

Por Petula


 
 El ojo blindado que me has regalado, me mira mal
                                                                                               Luca Prodan
                                                                  Cuando me asalta el miedo invento una imagen
                                                                                                                         Goethe
                                        
Tomas de prueba

¿En qué momento realidad se convirtió en reality? ¿Cómo fue que los lugares se transformaron en locaciones? ¿De qué forma lo meramente visual se transformó en índice de Seguridad? ¿Qué pensarán las millones de personas alrededor del mundo que quisieron entrar en Gran Hermano de la aplicación masiva de cámaras de seguridad? ¿Son nudos o conductos los que interrelacionan las esferas de lo Público y lo Privado? ¿En qué clase de casting biopolítico estamos participando?

Rec
Invasión al derecho a la intimidad, en la vía pública. Publicación de lo privado. Nos observan. Nos vigilan. ¿Nos ven? ¿En todos lados? No, no es otra saga de nuestra historieta paranoica, eso seguro. Además, otro peligro acecha. Al tiempo que las cámaras se despliegan como un ejército de observadores, la tecnología avanza imparable creando herramientas como un software de reconocimiento facial, que permite distinguir de forma nítida la identidad de la persona que se está paseando por las calles.
Ante la momentáneamente imparable multiplicación de cámaras de seguridad por kilómetro cuadrado en el mundo, le surgen a la mente mínimamente perspicaz un par de inquietudes de orden técnico; ni hablar de las que le brotan en el plano estratégico, ético y moral. A ver: a un cada vez mayor número de cámaras, corresponden cada vez más operarios que las observen-controlen; ¿no? No, no parece ser la idea de los principales interesados en la seguridad que proveen estas máquinas-visión el aumentar proporcionalmente el número de obreros-mirón. La cosa siempre es aumentar las prestaciones y disminuir los costos; sobre todo los costos humanos. Esto nos da como resultado: cada vez más y más cámaras, produciendo más y más imágenes… ¡que quizás no mire nunca nadie! (De la misma manera que se aceleran, cada vez más, los medios para enviar y recibir mensajes escritos, pero nosotros seguimos leyendo a la misma velocidad que los antiguos, unas 250 palabras por minuto.) No hay retinas humanas detrás de los lentes de las cámaras. Pero esperen; tal vez eso ya no sea necesario. Con las videocámaras asistidas por ordenador surge la posibilidad de una visión sin mirada. Como diría el urbanista francés Paul Virilio (La máquina de visión, 1988), se produce una industrialización de la no mirada. Esto, claro está, es posible gracias a los avances tecnológicos en los dispositivos: cámara movimiento zoom exterior con reconocimiento facial; cámara para detectar movimientos rápidos, cambios bruscos de velocidad y de temperatura; cámara infrarrojos antivandálica varifocal; cámara color exterior visión nocturna; cámara color eclipse para lectura de matriculas; cámara color infrarrojos varifocal;  cámara color exterior visión nocturna con visera 15 metros; cámara domo color lente varifocal; cámara espía oculta con detector de humos; cámara espía oculta en aspersor de incendios… Eso no es todo. El Reino Unido, por ejemplo, es el lugar más vigilado del mundo. Nadie sabe exactamente el número de cámaras instaladas en su territorio, aunque la cifra más repetida en los periódicos es de 4, 2 millones de cámaras de circuito cerrado. Como ya dijimos, debido al volumen del material recogido, la mayoría de los vídeos no se llega a ver nunca. Sin embargo, en el 2010, una empresa quiso sacarle partido a este negocio sin explotar. Internet Eyes es un portal que ofrece a los propietarios de esas cámaras (policía, empresas, particulares, etc.) la posibilidad de emitir en directo a todo el mundo gracias a la Red. Aunque los dueños de las cámaras sí tienen que pagar una pequeña cuota, mirar es gratis. Cualquier persona que lo desee puede ver esas emisiones, en directo, desde su casa. Sólo hay que registrarse en la página. Y si el espectador tiene la suerte de ser testigo de un crimen, alerta a la policía y obtiene, en recompensa, 1.000 libras.
Ninguna  educación, ninguna idiosincrasia humana operando ahí detrás. En cambio, una inteligencia tecnológica semiautónoma, fáctica, fraguada por la mercadotecnia y sus miedos, programada por el paradigma policíaco de control. Así nos lo podemos imaginar.

Mientras nos observan los ojos ciegos de la máquina, nosotros nos transformamos en fantasmas dentro de ella. 

Panorámica

Ya lo sabemos: las ciudades están sitiadas. En los medios se habla del aumento del delito en tiempo real. Se dan estadísticas, se pormenorizan casos. Alguien percibe una escalada de crueldad en el accionar de los malhechores, otro (o el mismo) una considerable baja en la edad. Contra el blanco de la sociedad civil se tensa un arco que va, desde el negro chorro, hasta el terrorista extremo: se disparan las flechas de los índices de inseguridad. Incluso en los interiores se respira intemperie; acechanza por todos lados. Quien tuviera 10, 100, 1.000, 1.000.000 de ojos. La idea de protección obsesiona y colma la vida, escribió Hitler en prisión. 

Con el arribo de la llamada posmodernidad, con la caída de la neurosis obsesiva del sujeto productor y la ascensión de la esquizofrenia del comprador consumista, otra inseguridad se nos presentó clara: la de no ser. La mayoría de las instituciones que nos daban entidad, nos coagulaban y articulaban, estaban ahora disolviéndose en la nueva gran escena del libre mercado y la flexibilización laboral. En más de un sentido, nosotros, estábamos desapareciendo. Y lo primero que le sale a un imaginario práctico estándar ante una desaparición es generar una imagen.

Ahí estaba entonces el nuevo statu quo, El Mercado, para indicarnos el camino: Look. Esa palabra, que luego de significar en inglés: mirar, ver, prestar atención, observar afijarse en, se desplazó semánticamente, abrasivamente, a: dar la apariencia, aspecto o impresión adecuados; parecer tal cosa;  ser como tal otra, esa palabra es el eje de la rueda de cobayo de la identidad en el marco del Hipermercado Social. Look my look: un verdadero loop ontológico (hasta su tipografía nos muestra dos ojos bien abiertos; bien ciegos). La subjetividad-mirada-mirada pasa como por un tubo gástrico que comienza en un ojo (cada vez más de cristal, boca tácita) y termina en una imagen (cada vez más ano sin mirada y desperdicio automático).

Llenos de luz, nos adentramos en la oscuridad de las ondas.   

No es Dios, es tu brazo extendido (toma cenital)

Esa toma fotográfica tan popular por estos días, en la que se nos puede ver mirando hacia arriba. Nos baña una confirmación.

Cámaras para tener la seguridad de existir. Ser alguien, algo. Necesitamos una mirada que nos muestre quienes somos, que nos revele a lo público. Pedimos estar bajo la mirada de alguien. Sucede que desde que Nietzsche & Cia. mataron de un mazazo al Dios cristiano, primero, y desde que la estatal mirada panóptica-disciplinaria se multiplicó en millones de cíclopes privados, después, el rol de mirada desde arriba, paternal, autoritaria, protectora y configuradora a la vez, está algo vacante.

Ya se dijeron bastantes cosas sobre lo terrible de este Control mediante las imágenes. Entre ellas, la de que al final no sería impuesto sino más bien pedido por los mismos controlados-usuarios. Y es más, muchas veces, ellos ejerciendo como últimas terminales de esa Red-control. En las zonas urbanizadas, no solamente los circuitos de cámaras de seguridad capturan el trajinar de los ciudadanos en forma de datos, también los propios ciudadanos se monitorean en tiempo real, cada vez con más herramientas a su disposición. Filmarse, sacarse fotos, es inscribirse en forma de datos, de archivos, de memoria de bits, en esa realidad que cada vez más parece ser la realidad de las redes sociales.

Extendemos nuestro brazo lo máximo hacia el cielo perdido, nos apuntamos con el lente, y nos capturamos, ingresando en el torrente de ceros y unos.

Me sorprende no haber comenzado ya a verle las caras pixeladas a todos mis conocidos (contactos).

Plano detalle

En marzo del 2011: “El subsecretario de Seguridad y Prevención Ciudadana del Gobierno de la ciudad, Diego Poretti, se reunió este miércoles con el asesor legal de la Coordinación de Gabinete de la Municipalidad de Rosario, Patricio Campbell. En la ocasión, los funcionarios realizaron un recorrido por el Centro de Control y Monitoreo que funciona en la planta baja del Palacio Municipal, ya que la semana próxima comenzarán con la instalación de 18 cámaras que estarán situadas en peatonales, espacios públicos y Centros de Distrito de su ciudad.
“Esta nos parece una rica experiencia, nos pone contentos porque nos llevamos ideas para ponerlas en funcionamiento y adaptarlas a lo nuestro. Además, por las prácticas que se vienen desarrollando en diferentes ciudades del país y del mundo, y tal como lo han demostrado ustedes, este sistema contribuye a bajar la conflictividad y el delito, lo que nos va a ayudar a nosotros en Rosario”, dijo Campbell luego de la recorrida.
De igual modo, Arroyo Seco, Rafaela, Villa Constitución, Laguna Paiva y Buenos Aires, fueron algunas de las ciudades que también se interesaron en la experiencia santafesina”.

Por millonésima vez, dice Oscar Wilde: La vida imita el arte. Ya no nos es tan fácil, como para Goethe, inventarnos una imagen; ahora vienen hechas desde la televisión, la Red o la prensa. Que no se nos olvide que, antes que nada, somos consumidores. Somos imágenes persiguiendo imágenes.

Las redes de monitoreo, en sus últimos niveles de desarrollo (es decir, con un mínimo de factor humano en su funcionamiento), buscan mecánicamente patrones establecidos de antemano. Imágenes cargadas en la máquina. Buscan lo que saben van a encontrar. Imaginemos el chip de detectar guachines, cabezas, lacras marginales, locos, psicópatas: todos potenciales delincuentes. Re-conocimiento. Casting, un puto casting, por todas partes. De hecho, ya hay programas funcionando en millones de hardwares y en millones de cabezas alrededor del mundo que conectan automáticamente rasgos y atuendos con peligrosidad antisocial. En un panorama así, la portación de rostro toma ribetes de la ciencia ficción más angustiante.

El lente de la cámara, su estrabismo: de generador fashion a generador facho.

Nuestro retraso periférico nos da un poco más de tiempo a veces. No creo que sea demasiado de todas formas. Por lo pronto, en Rosario, siguiendo lo implementado en la ciudad de Santa Fe en el 2009, los sistemas más grandes, cámaras de seguridad, mayoritariamente, están en los accesos y en el centro, cuidándoles los locales y las espaldas a lo mejorcito de la society.

Pause

En la época de la ley antiterrorista y de la mirada de robot que vigila pero no ve, el fantasma (claro, un personaje de película de terror) de la inteligencia estatal contra los ciudadanos, contra los trabajadores, vuelve a resurgir. Su centro de operaciones: Campo de Mayo. Su nombre: Proyecto X (sí, cada vez más la realidad tomando más cosas del cine clase z; eso sí, con poco y nada de humor). Su accionar: hombres y mujeres de gendarmería filmando, espiando y recabando datos personales de dirigentes sociales movilizados; construyendo perfiles, que luego encajan justo en el cepo de su forrita ley.

Primer plano

En la esquina de casa, un poli y dos cámaras de seguridad externas velan por la seguridad de los desayunos, los almuerzos, las cenas, y los copetines casuales de la clientela de un resto-bar bastante cheto. Cada tanto, cuando ando con humor, me detengo unos instantes frente una de las cámaras que da a la calle Mitre y ensayo algún pasito de baile o algún gesto extravagante o sencillamente me la quedo mirando fijo. Inmediatamente después, pienso en si hay alguien que vea esas pequeñas performances en algún momento. Posiblemente. Quizás tenga un público formado por uno o dos guardias de seguridad; no está mal para empezar. O mi imagen queda entre los bits como alma en pena. O se borra.       


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