NO HE DE LLORAR COMO UN FLOJO PORQUE EN LA VÍA QUEDÉ.

Cuentan los ancianos de los alrededores del Cusco que el Inkarri —emperador Inca— fue descuartizado hace quinientos años pero que poco a poco su cuerpo vuelve a tomar forma bajo la tierra.
El día de su regreso, dicen, está llegando.
En nuestra ciudad hay todavía algunos que no se han enterado y que intentaron llevar a cabo el desalojo de veinticinco familias, en su mayor parte venidas desde el Perú, que viven al costado de la vía del tren en el barrio San Francisquito, entre las calles Cafferata, San Nicolás, Gálvez y Rueda.

Texto y Fotos por Marcos Mizzi. 
(Publicada originalmente en Apología 11; Diciembre 2014)

Estamos a miles de kilómetros del Valle Sagrado de los Incas. Pero para Ray este valle artificial entre las laderas de dos galpones industriales, con la vía como arroyo, es hoy su lugar sacro.
Llegó con su mujer hace unos años, y enseguida consiguió trabajo en una cocina de un restorán. Hace ocho meses esperan un bebé. En la casita de material donde viven ambos, lo único que sobra son mantas y afectos.
“Para nosotros construir una casa, principalmente es juntar ladrillo por ladrillo y construirla con nuestras propias manos. ¿Quién no le toma cariño a una casa construida así?”, dice Ray, apodado Pajarito, seguramente por su manera rápida de hablar, su voz finita, sus ojos brillantes.
Gerónima también es vecina de la cuadra, y como él vino desde el Cusco. Parada en el umbral de su casa, mientras dentro unas chicas (sus hijas, sus nietas) pelan papas y camotes, nos historiza en su castellano de sintaxis quechua cómo trabajaron el terreno en donde estamos parados: “Cuando entramos acá era todo basural, no era como ahora. Un desastre era. Nosotros lo hemos mejorado, cada familia ha trabajado en limpieza. Lo convertimos en lindo barrio para vivir dignamente todas las familias. Tampoco vamos a vivir en el mismo basural. Mejoramos bastante”.
Abarca con su mirada las construcciones, los pibitos jugando, unos perros que pasan en jauría, y tal vez sea flasheo del cronista, pero en lo hondo de sus pupilas puede verse el brillo ancestral de los suyos: esos mismos que llegaron un buen día a un valle inhóspito y a fuerza de trabajo y voluntad lo transformaron en un vergel. ¿Cómo no entender entonces el amor que profesan estos vecinos a su cuadra?
Ray, el Pajarito, parece confirmar esa impresión: “Es un afecto grande, es como si fuera un hijo. Antes esto era todo chapa y ahora es material noble. Se compró ladrillo por ladrillo privando de muchas cosas a nuestros hijos, a nuestros familiares y privándonos nosotros mismos… Privándonos de vestimentas y hasta de comida. Nosotros no tenemos dinero para contratar a un arquitecto, a un maestro de obras, lo hicimos todo con nuestras propias manos. Todo se hace día a día, metro a metro, y el cariño que se le tiene a esa casa es impagable. Nos pueden pagar, nos pueden dar un departamento. Pero el cariño que se le tiene a esta casa es algo que no lo van a poder superar, es algo que no vale dinero. Es un bien más que todo de corazón”.

(Lo sagrado)

*

—Cuando escuchan la palabra desalojo: ¿qué significa para ustedes?
—Perder la vida. Perder años de vida. Perder todo lo poco que hemos logrado. Y no estamos dispuestos a perder la vida, lo que hemos logrado en esta vida.
Ahora bien, resulta que este valle sagrado en pleno barrio San Francisquito tiene dueño. Le pertenece al ferrocarril Belgrano Cargas.
Y aunque la vía, ya se ha dicho, es un arroyuelo enclenque que transporta como mucho un tren al mes, los del ferrocarril dicen que las veinticinco familias que viven en ese tramo tienen que irse. Por seguridad, pero sobre todo porque sí, porque la ley lo dice: no se puede estar en donde otro es dueño.
¿Pero qué es lo que otorga el derecho de propiedad sobre un cacho de tierra? Volviendo a sus flasheos, el cronista piensa en ese Imperio que supo extenderse por los cuatro puntos cardinales desta nuestra América. En donde la propiedad de la tierra tenía estricta función comunitaria: quien usufructuaba con responsabilidad ese terreno, era dueño. Y punto. No se discute. Incluso en el caso de los mitimaes (aldeas enteras trasladadas por orden del Inca para poblar zonas deshabitadas) se tenía en cuenta las características de la población, y hasta se consideraba que el clima de la tierra de destino fuese similar al de origen.
En la ley argentina, hija del potable Derecho Romano pero también del bárbaro Derecho Germánico, la propiedad es de quien la compra. Taca taca. Lo demás, no importa. Conocedor de esto, el fiscal de la causa que lleva adelante el desalojo, les recomendó a los vecinos: “Yo iría buscándome otro lugar, porque de acá a la larga o a la corta se van a tener que ir”. Si el tren va a volver a pasar algún día, el porqué desalojan acá y dejan que el Mercado de la otra cuadra que está en la misma situación siga tal cual; y en dónde se consigue hoy “otro lugar” son cosas que este remedo del viejo Vizcacha se guardó bien de decir.

(Lo tenebroso)
*

Las comunidades son la forma orgánica de desarrollo de los grupos humanos. En donde cada persona, que es una persona y no un individuo, cumple una función y es retribuida justamente. Y en donde esta justicia no está basada en el derecho de la fuerza, sino en la más suprema ley: la del amor.
Como muchos supieron decirlo antes que el cronista, esta manera de agruparse que se da en el pueblo es la más peligrosa amenaza para el sistema financiero, globalista y farisaico que nos gobierna.
Ese sistema tiende a la homogeneización (somos todos iguales), al punto cero (transportes veloces y medios de comunicación instantáneos), al mundo como un gigantesco campo de concentración (nadie puede salir ni entrar). Por el contrario, las comunidades son doblemente heterogéneas (por dentro y en contraste con las demás), abarcan un espacio y un tiempo finitos (un par de cuadras y el lapso de vida de sus miembros), y son necesariamente abiertas (si fuesen cerradas, morirían irremediablemente).
Hoy en día, en una ciudad como la nuestra, invadida por el régimen, existen miles de comunidades pero no siempre abarcan el mismo espacio, es decir, no siempre los miembros de una comunidad son del mismo barrio, o viven uno al lado del otro. Pero cuando esto sucede, cuando los vecinos de un mismo espacio vital sin mayores distancias entre sí se agrupan comunitariamente, hay que aplaudirlo como un contundente avance contra los otarios que nos asfixian.
Justamente eso es lo que sucede con el grupo de vecinos a los que intentan desalojar. Como nos cuenta Gerónima: “Nosotros acá nos organizamos. Unidos somos. Cada domingo hacemos limpieza y nos cocinamos todos unidos”.
Ray ahonda sobre ese punto: “Somos una familia. Cuando nos falta algo nos hacemos nuestra faena, nos apoyamos mutuamente, tanto en el tema de la seguridad, como en lo económico o en lo moral. Y es por eso que estamos unidos en todos los aspectos, no solo ahora. Nosotros desconocemos muchas cosas de lo que es el ámbito legal, entonces nos respaldamos a nosotros mismos y autogestionamos mejoras en el barrio para nosotros mismos, nos juntamos para la ayuda comunal”.
A la manera de los ayllus del Tawantisuyu inca, los municipios españoles del Siglo de Oro, las comunidades organizadas en el justicialismo argentino, los órganos del poder popular de Cuba, los colectivos de la Caracas chavista, entre otros ejemplos, la comunidad de las familias que viven al costado de las vías de San Francisquito es un crisol ardiendo, un guiso en constante hervor, como los que cocinan todos los domingos entre las vías. Dice Gerónima: “Somos entreverados, estamos. Argentinos y peruanos. La cultura nos transmitimos. Nosotros a los argentinos y ellos a nosotros. Por ejemplo hoy día estamos cocinando una comida acá de Argentina, pollo al disco, y otro día hacemos un picante de gallina. Le enseñé a hablar a quechua a algunos, porque les gusta el idioma. Y la música”.
Y no solo entre ellos se entreveran. En el intento de desalojo se hicieron presentes el cura del barrio y algunos vecinos de otras manzanas. Uno de ellos contó que él también perdió la casa, pero nadie lo ayudó, y citando al Papa Francisco, pidió un aplauso para todos por estar donde tenían que estar. Esto es, juntos, en la calle. También había militantes de distintas organizaciones libres del pueblo, que aunque difieren en algunas cuestiones que algunos dirán son importantes, coinciden en lo fundamental: la tierra es de quien la trabaja, de quien la respeta y vive en ella.
Remontando este barrilete para que no se nos vaya de las manos, decimos entonces que una comunidad es un lugar en el mundo desde donde pararse a reconocer lo sagrado, y desde donde se puede enfrentar lo tenebroso. Si eso no es una vida digna, el cronista no sabe qué puede serlo.
Y como para redondear estos apuntes, citamos a Gerónima cuando, en su sabiduría, resumió todo lo expuesto aquí en tan solo cinco palabras: “Nosotros somos de buen vivir”.


(Lo comunitario)

Epilogo: Se ganó una batalla. No la guerra.

Del 2009 a esta parte le han llegado a los vecinos una serie de intimidaciones judiciales para que abandonen sus casas, levantadas en terrenos que legalmente pertenecen a la empresa Belgrano Cargas y que muchos de ellos han comprado a terceros —es decir, fantasmas, estafadores de poca monta—.
Pero para el 23 de septiembre del 2014 la cosa se puso jodida: llegó la orden de desalojo por parte de un Juez Provincial. Un Oficial de Justicia, acompañado por la policía, amagó con expulsar finalmente a los habitantes de la cuadra en cuestión.
La resistencia popular anuló la jugada y se acordó, de palabra, una mesa de diálogo donde los tres niveles del estado y los vecinos lleguen a una solución.
 “Si nos echan deberá ser de acá a tres años. Primero hay que ver dónde nos trasladan, luego cómo se construyen las casas. Eso no es de un día para el otro”, se le escuchó sentenciar a un vecino. Otro, cuando se cocinaban pollos al disco festejando el acuerdo, aclaró: “Se ganó una batalla, la guerra no”.
En esa fría y nublada mañana, un volante que se repartió sintetizaba, en pocos palabras, días de angustia, rabia y desazón: “Quieren desalojarnos, que abandonemos nuestros hogares y que nos vayamos debajo de un puente. ¿Y nos exigen que lo hagamos pacíficamente?”.
El motivo exacto de por qué la empresa reclama esa pequeña porción de tierra, entre tantas otras en igual situación en toda la ciudad, es algo que aún está por verse.

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