DOLOR DE LAS CALLES HAZME BRILLAR. Historias y aventuras extraviadas en barrio Hospitales

¿Qué líneas trazan los días de un barrio cuyas actividades principales son los moteles y los hospitales? ¿Hay algo en esas calles, más que interrogantes que sólo invaden a curiosos? ¿Y qué fue de aquellos correntinos que, en una pocas cuadras baldías, levantaron sobre la marcha Villa La Lata décadas atrás?

Por Santiago Beretta y Juan Freytes
Fotografías por Julián Alfano & MArcos Mizzi

Suplementos deportivos manchados de café en las mesas de los bares, vecinos que van y vienen de mandados y obreros que aguardan el mediodía meditando un choripán que los haga volver a vivir. Enfermeros como el Chino, simpático y huidizo entre sus colegas que fuman en la vereda –y a quien sus amigos le piden ampollas de morfina porque ahora es jefe de piso del Hospital Español– y taxistas enloquecidos que apenas rozan sus miradas con los jubilados que salen de la revisión de rutina en un instante frío y de terror. Los comentarios siempre presentes sobre la fragilidad de nuestra vida -deslizándose inadvertidos en todas las discusiones-, los minutos que desfilan junto a los cigarrillos y el frenesí de una charla que parece esquivarnos hasta que damos con los personajes cuyas palabras inauguran en intensidades el mundo en que vivimos.

Un duende vestido de negro

Fabián, quien nos sorprende en un bar de Sarmiento y Gaboto con extrañas anotaciones que esboza en los márgenes de las páginas de La Capital, se entusiasma con la idea de hablar sobre sus calles y, café de por medio, nos sumerge en sus recuerdos y reflexiones. Libertario y romántico, apasionado lector de magia y siempre conmovido por las andanzas de los aventureros, su hablar va trazando un triste e intenso mapa del barrio y sus distintos momentos. “Entre Ríos, Mitre y Sarmiento siempre fueron tenebrosas y tristes. Camino por acá desde chico –viví en la esquina hasta los 25, tengo ya 46– y todavía siento el mismo desamparo”, explica con un énfasis que logra atrapar a quien lo escucha. “Los hospitales aportaron lo suyo en esto; no había nada que iluminara la existencia hasta que llegabas a la Av. San Martín. Ahí estaban las luces, los boliches, pasaban autos. Una heladería, una pizzería, la sala de videojuegos. Era la vida, el barrio de los hospitales de noche era una luz mortecina, amarilla y finita, y esos álamos grandes, fantasmales. Y la imagen patética de tres minas paradas en una esquina y un tipo en un auto o en la esquina de enfrente controlándolas…”, concluye y se acuerda, no sin dolor, de los trágicos años ochenta donde las prometedoras promesas del rock y las drogas que aparecieron en su cuadra fueron un combo explosivo para los héroes de su generación: “Cuando empecé a patear solo el barrio era la época en que se robaban estéreos de autos y se vendían para comprar merca y hashish, y era la época de la jeringa. Los locos que yo conocí por ese entonces se murieron todos. Por el HIV -fueron los primeros de Rosario que morían de SIDA que empezaron a conocerse, todos se contagiaban por picarse– o porque los cagó a tiros la policía en persecuciones después de robos. Al Perro, uno muy conocido, de los más grosos, lo mató un tipo cuando lo vio adentro de su auto, todos nosotros queríamos ser como él. Algunos eran pibes humildes, otros era de clase media, tenían terribles casas por ahí”.


¿Éste era también un barrio de zona roja?

Sí. En la década de los noventa se hicieron famosas estas esquinas porque las prostitutas vendían merca, todo el mundo compraba acá. Era ir a un motel, ponerse a tomar ahí con ellas mirando una porno, charlando de cualquier cosa si es que se podía hablar, si todavía tenía uno el don de la palabra, porque a esa hora, en ese lugar y en ese contexto… Y todo para poder tener un lugar donde poder estar, porque no había lugares donde refugiarse hasta la mañana. Con las minas generalmente no pasaba nada, además era muy fuleras.

¿Cómo eran esos hoteles?

A finales de los noventa algunos fueron remodelados. Aire acondicionado, TV por cable. Otros desaparecieron. Había uno que era una casa vieja en la que entrabas por un lado y salías por el otro. Parecía el tren fantasma. Ahora le pusieron hasta hidromasajes. Pero era espantoso. Quizás tuvieron su época de esplendor, cuando una pieza significaba algo. Cuando yo los conocí eran lugares tétricos. Y como eran los únicos que había en Zona Sur te podías cruzar con gente conocida. Ahora sé que funcionan más de día que de noche.

¿Era buena la merca por lo menos?

La peor basura. Toda cortada. Pero generalmente uno caía ahí después de las cinco de la mañana, cuando ya cerraba todo y no había donde ir. Rosario se volvía una ciudad desierta desde la una. Lo único con lo que te cruzabas era con patrulleros.


Llega el mediodía y Fabián nos invita a comer. Cuenta que como un simple pasatiempo husmea los clasificados del mayor diario de la ciudad para rastrear ciertas claves sobre nuestros días. Cada anuncio, sobre todo los de los servicios espirituales y sexuales, son indicios fatales que permiten dibujar la época. Casi sin darse cuenta, como al pasar, lanza un comentario sobre un dolor que desde niño marcó su vida. El mozo, según nos cuentan luego el mejor de sus amigos, lo mira extrañado y su mirada sirve para guardar el silencio que la delicadeza manda. Antes de despedirnos, le formulamos dos preguntas que, de una u otra manera, el resto de los vecinos consultados evitó responder.

¿Qué relación guarda este barrio con la muerte?

Acá la muerte lo impregna todo. Siempre se contaban muchas historias sobrenaturales. Si bien nos apasionaba escucharlas, no dejaban de traer la muerte a la mesa. Cuando era chico el barrio se caracterizaba por olores que era imposible no asociar a la muerte: el de los químicos que se usaban para la limpieza, el de los remedios y propiamente el de esas hogueras de cuerpos incinerados, de carne quemada y hueso quemado. Otra cosa que me llamaba la atención era que nunca había nadie en la puerta de las casas. Si otros barrios eran de tablones largos en la vereda, este era un barrio donde todo pasaba puertas adentro.

¿Y qué es la muerte para vos?

Todo va cambiando. Y la muerte fue cambiando. Pienso que tengo más relación con ella que con el amor y las cosas placenteras, tuve más relación con muertos que con vivos, aunque quizás ahora eso se está revirtiendo. Veo a la muerte como una de las pocas posibilidades de escape de la realidad. Y como la continuación de algo, lo que me abre una puerta de esperanza que me permite vivir. Es un tema muy difícil para aquel que no cree en nada como yo. Sin creer en nada todo cuesta horrores. Y termina transformándose la tierra en un valle estéril. Una de las cosas que nos agobia es el sin sentido de la vida, que siempre fue una preocupación del hombre pero hoy parece que ha dejado de serlo porque todo está puesto en lo superficial, en lo efímero, y esto es una estrategia más para tapar lo esencial. La muerte es una pequeña luz que te alumbra en el camino, que da sentido y valor a las cosas.

La periferia interna
(los desplazados…)

Entre el enorme complejo habitacional de departamentos levantado en Rueda y España por Empleados de Comercio, “cuando el Sindicato era algo y no la porquería que es hoy” –según palabras de un jubilado que allí pasa sus días– y los hospitales que dan nombre al barrio, el Italiano en Virasoro y Entre Ríos, el Español en Sarmiento y Gaboto y el Vilela en Virasoro e Italia, villa La Lata atraviesa sus días errante y en duro sacrificio al igual que en sus primeros tiempos, cuando a mediados del siglo pasado correntinos expulsados de su tierras por la falta de trabajo y la imposibilidad de mantener sus chacras arribaron a la ciudad buscando tan sólo sobrevivir.

Hoy urbanizada y con servicios de gas y electricidad –previo desalojo y reubicación de 50 familias–, alguna vez rancherío humilde donde las tardes rebalsaban chamamé y tranquilidad, La Lata alcanzó a mitad de los noventa, junto a Villa Banana, fama (y con ella estigmatización) de barrio impenetrable. “Acá había una cortada que se hizo famosa, muchas pendejas salían a levantar y te llevaban ahí. Cuando parabas el auto había un par esperando y te dejaban en pelotas. Y aunque eso se hizo conocido siempre seguían cayendo incautos”, explica Néstor y sigue: “A finales de los noventa pusieron un destacamento en medio de La Lata. Y más de una vez los canas tuvieron que irse y dejar la casilla, porque la iban a prender fuego con ellos adentro. Imaginate un carromato en medio de la villa. Estaban al horno”.

Vecino de toda la vida, Néstor recuerda una noche de principios de 1990, más parecida a una novela picaresca que a cualquier otra cosa de las que andan dando vueltas por el mundo, como la llamada impostergable que luego se volvió cruel: “Salía de ver a Ñúbel, una noche de mucha niebla y terriblemente fría. En la esquina del Hospital Vilela veo un grupo enorme de gente vestida de rojo y negro. Lo que menos tuve fue miedo y crucé por donde estaban ellos. Pero todos se me vienen al humo. Todos. Hasta las mujeres y los chicos. Yo no lo podía creer. Me agarraban del pelo, de la campera. Estaban todos con los cintos en la mano y me mostraban las hebillas. ‘Te vamos a marcar la jeta’, me decían. Yo me entregué. Pensé que me daban una paliza terrible. Me desvalijaron. Y uno que parecía el cabecilla me dijo: ‘Disculpá, esto lo tenemos que hacer porque nos tenemos que ir al mundial de Italia y el club no nos está dando un mango, entonces tenemos que recolectar plata entre la gente’. Me hizo acordar las historias de salteadores de camino de la Edad Media. Hasta ese momento tenía algo de romántico. Sin violencia. ¿Y saben cómo terminó todo? Los tipos me tiran atrás de un tapial y me retienen ahí como media hora. ¿Por qué? Porque estaban esperando el colectivo. Yo pensé que eran de Gálvez, de San Martín al fondo. Llega la E, me dejan ahí tirado, amenazan al chofer y suben. Al otro día me entero, por un amigo que trabaja en la empresa de transporte, que se bajaron a las cinco cuadras. Se subieron en Dorrego y se bajaron en Paraguay. Amenazaron al chofer y se hicieron llevar a cada uno hasta la casa. Eran todos de La Lata”.

















***

Ya picado por el vino en cartón, Cuenca levanta su mirada de ojos azules sin esperanzas de lo que pueda encontrar. “Estoy entreverao. A mi me gusta el campo, en la ciudad nunca me hallé”, cuenta con nostalgia pero sin tristeza, armado si no de una adaptación al menos de una fortaleza imperturbable, rasgo común de todos los correntinos que en esta tarde pudimos conocer.

“Llegué a la ciudad a los 18, pensando que si no me iba, nunca me iba a salir de mis padres. Un hombre vino a mi casa y me ofreció trabajo en Rosario y acepté, pero la verdad me arrepiento”, confiesa. Vivió en distintas villas de la ciudad y hoy en La Lata naufraga sus últimos años. “Recuerdo cuando llegué, todo era una mugre. No había nada. Y descubrimos que por nuestra manzana pasaban dos caños, uno que llevaba el agua al edificio de Rueda y Paraguay, otro era el de desagüe. Con mi cuñado compramos treinta metros de caños plásticos, rompimos los caños principales e instalamos el agua y los desagües”.

Son casi las seis de la tarde y ya está terminando su jornada laboral. Junto a Machito forma un entrañable dúo que se encarga de cuidar los autos que estacionan en Rueda y Entre Ríos. Tiene 66 años y la cintura rota como consecuencia de su vida de albañil. Machito tiene 47 aunque aparente 60, apenas puede hablar y su mundo es un mundo interior que se conecta con el afuera por extrañas y temblorosas expresiones. Cuenca, que casi no puede moverse, le indica a su compañero cuando un auto está por irse, éste rescata la moneda y luego van mitad y mitad.

Pequeños pedacitos de vidrios se desparraman en la vereda: ayer rompieron la ventanilla de un auto para robar una radio. Cuenca tuvo que irse antes que vengan los milicos pues sino terminaba preso él. “Y hace unos meses vino uno del barrio y me dijo: ‘Andate que me quiero llevar un estéreo, tomatelás´. Yo le decía que no, que me comprometía a mí, entonces me dio un culatazo que me rompió la cabeza. Me dieron 13 puntos y cuando me recuperé, mis hijos lo cagaron bien a trompadas”, nos explica mientras saluda, sin pausa, a todos los vecinos que pasan por su esquina.

***

–Si son periodistas, ¿qué hacen hablando con un viejo? Un viejo no tiene nada para decirte. Vayan a hablar con los pibes de la esquina -insiste Diego cuando se entera que estamos haciendo una nota.

–Vení con nosotros loco, así nos los presentás.

–No. No puedo. Están todos enfierrados y me quieren dar un tiro. Ando por el barrio esquivando esquinas, me bajo del bondi y doy mil vueltas hasta llegar a mi casa.

–¿Qué pasó?

–No les puedo contar.

–Vos le comiste una de sus minas.

–Sí, de una. Y por la calle le gritaba que de los cuernos y de la muerte nadie se salva. Vinieron y me amenazaron y lo volví a hacer. Y ahí se pudrió todo, pero lo gorrié mal.

–Qué lindo las mujeres. Yo estuve con un montón, tuve hijos por todos lados, les arruiné la vida a todas, ahora me arrepiento –arriesga Cuenca.

-¿Si fueras joven no lo harías otra vez?

-Sí, la verdad que sí.

–Yo en cambio sigo soltero, como dice el Dipy: Ay, qué lindo que es ser soltero / Cómo me gusta vivir todo el día al pedo / No trabajo y no estudio porque no quiero -canta Diego y se despide. Lo esperan un par de horas en la Iglesia de San Cayetano que quizás le den una moneda para tirar el fin de semana.



***

“Ya nadie conoce el canto de la antiguos”, dice Saucedo y en su voz, que se derrama conmovedora sobre el atardecer, vuelve a brillar lo legendario de tiempos perdidos: Escuchen todos mi canto / y escuchen por dónde voy / Escuchen todos mi canto / soy Juan Ignacio Godoy / Juan Ignacio fue al boliche / porque harina fue a comprar / se encontró con dos amigos / y se puso a farrear. Saucedo tiene 86 años y un marcapaso que le aguanta el corazón. Si canta la canción entera se muere. Pero estas breves estrofas compartidas son tan profundas que el silencio en que nos sumerge nos sacude una lágrima. Tímido cuando llegamos a su humilde casa –ubicada en un pasillo de La Lata–, ahora conmovido por los recuerdos y el musiquear, nos cuenta que Juan Ignacio Godoy era de esos cantores rebeldes que robaban bancos y mataban policías y se iban a vivir al monte, añorando la época en la cual los gauchos eran bravos y generosos y no gauchos for-export. Busca una armónica y, aguantándose una tos que nos preocupa por su insistencia, salpica de chamamés el patio donde conversamos. “Ese Ignacio Godoy… –continúa- Qué inteligencia tenía para hacer canciones. Te miraba a la cara y hacía una letra sobre tu cara”.

Saucedo aprendió viendo a su padre cómo tocar una guitarra y un acordeón, pidió armónicas prestadas y escuchó a los grandes en los cumpleaños y bailes de Mercedes, allá en provincia de Corrientes, donde los músicos eran unos invitados más de las fiestas en las cuales tocaban y la música un privilegio del cual disfrutaban compartiéndolo con sus amigos.

El Gauchito Gil, al igual que en la actualidad, era quién protegía a la pueblada “siempre y cuando se le tuviera fe”, la misma pueblada que a finales de los sesenta abandonó su tierra cuando los bancos provinciales y nacionales dejaron de ayudar económicamente a las familias campesinas que la habitaban.


“A Corrientes no volví más. Mi gente está toda muerta. Y ya no hay gauchos como los de antes. Pistoleros que mataban policías. Ahora la gendarmería avanzó mucho, cada cinco quilómetros tenés un puesto. Eso arrasó una forma de vida. Me enteré que incluso, si tomaste vino, te paran en la ruta como con un aparatito y no les podés mentir, te agarran sí o sí”, se lamenta con cierto pesar. Los hijos, los nietos, lo hacen sentir como si estuviera musiqueando. Pero hay algo que no vuelve. Correntinos de su generación en el barrio quedan diez. Y más allá de la fragilidad de su salud, se acabaron los fines de semana donde en cualquier casa con un acordeón y una guitarra, unos litros de vino y mujeres para bailar, se festejaba la existencia burlando así las miserias y crueldades de la ciudad.





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