FANTASMAS

Buscavidas, dementes, soñadores y charlatanes; todos confluyen en esta  zona de fronteras, donde los bares siempre abiertos, las pensiones y moteles, los pequeños kioscos y los taxis en su andar interminable arden en el triste frenesí de la calle gris, de la noche imposible y los encuentros fugaces.

Por Santiago Beretta
Ilustración Andrés Richetti


En la esquina de Vera Mújica  y Santa Fe diviso a mi amigo Pichón terminando una cerveza en el bar La Pecera. Llevamos largo tiempo sin saber absolutamente nada el uno del otro. Dos veranos atrás, nuestras ganas de beber nos cruzaron un martes por la noche en un bar de Sorrento y Bv. Rondeau. Tan borracho terminó aquella vez que apenas pude soportarlo, mas el correr de los encuentros nos convirtió en grandes amigos. Risueño, pesado y siempre agitando alguna, descubrí en él a un niño herido de muerte, un bebedor solitario que nada tiene que perder y se juega la vida en cada trago que toma y en cada risa que lo inunda.

Pichón no tenía celular, rutina, ni rumbo fijo, por lo que encontrarlo siempre me significó un llamado de la magia del azar, tan negada en estos tiempos donde la ubicación y el quehacer de las personas es delatada en tiempo presente por las tecnologías que las visten. Al encontrarlo nuevamente, no puedo sino alegrarme y subirme al pequeño barco en que consiste su mesa. Lo había visto por última vez el invierno anterior, en la pensión donde vivía y de la que lo estaban por echar. Debía siete meses de alquiler y para intimidarlo habían arrancado la puerta de su pieza. En su lugar; Pichón había puesto un cartón y, ante mi asombro, explicaba irónicamente que aquello “no era un cartón sino un portón” –por un amigo en común, me enteré que aquella  misma noche durmió en la calle, que vivió un tiempo en una pensión de la Zona Terminal y que luego abandonó la ciudad–.

“Estoy de casero en una chacra en General Rodríguez, si seguía en la cuidad me moría; estoy curándome…”, confiesa Pichón con cierto orgullo. “Al casero anterior le agarró un coma alcohólico cuando volvía de una fiesta; lo encontraron tirado en un camino rural. Una mujer me contrató para cuidarlo. El tipo a los dos días murió y quedé yo en su lugar”.

–¿Qué andás haciendo ahí?

–Nada. Me dan un vino y dos atados de puchos por día, me dan la comida y a veces hasta marihuana. Me despierto con mis 19 gatos, y al atardecer me siento a mirar el cielo, que no es el de la ciudad, lleno de edificios, el cielo es un cielo que no termina nunca, que es todo cielo.

–¿Y qué te trae por acá?

–Los fines de semana me dan algo de plata para que me vaya de joda. Me vengo en colectivo y paso acá el sábado a la noche. Me quedo en este bar o en algún portal; el domingo me levanto y recorro la zona, camino hasta la noche y me vuelvo.

El gran campeón

Voy hacia la barra y al volver a la mesa Pichón me presenta a un nuevo compañero de trago, quién no puede evitar la emoción de saberse invitado con una cerveza. “Soy Tarabilla Tiento, jugador de futbol: estuve en River, en Central, en Independiente. Pasé por todos lados, soy un capo, jugué incluso con Leopoldo Jacinto Luque”, se presenta eufórico. Zapatillas y buzo deportivo, un jean gastado y un elegante sobretodo marrón –combinado con un  pañuelo rojo– cubren su cuerpo avejentado. Sus ojos, grandes y melancólicos, parecen mirar mundos casi perdidos en este mundo de hoy.

“No sabés; recién entré al Mc Donald´s a comer algo, y al rato me doy cuenta que las mujeres me estaban mirando, casi sin disimular. Hasta ahí todo bien, pero los que empezaron a mirarme feo fueron los maridos. En un momento no aguanté más, me paré y dije: Momento señores, que yo no tengo la culpa de ser lindo. Además, los que tienen que atenderlas bien son ustedes, si me miran será porque…”, relata Tarabilla con encendidas palabras, y con un golpe en la mesa impone un inesperado silencio. Su carisma y su ternura se ganan nuestra atención. Nos explica entonces que necesita encontrar una excusa que lo justifique ante el patrón –dueño del taxi que maneja– pues al igual que el sábado pasado piensa no trabajar e irse de joda. Se sumerge unos diez minutos en su celular hasta decidirse: “Le dije que me tomé franco”, cuenta convencido cerrando el asunto.

“Y sí, yo soy un capo; no te olvides que  jugué en todos lados, fuera del país y varios años en el campo con el sueldo más alto de aquella época, hice muchísima plata”, arremete Tarabilla una y otra vez.

–¿Qué paso con toda esa guita?– pregunta Pichón.

–¡Me la gasté, carajo!

–¿Toda en joda, en mujeres y champagne?

–¡Sí señor!

–¿Como un tanguero de ley?

–¡SÍ SEÑOR!– festeja finalmente nuestro gran héroe, parándose para gritar estas palabras y alzando los brazos como quién festeja un gol.

Es sábado a la noche y la promesa de que algo suceda flota en el aire como un canto impostergable. “Me voy a poner perfume, a cambiar de ropa y vengo: esta noche la rompemos”, exclama Tarabilla efusivamente, para no regresar jamás a nuestro barco extraviado.

(Muchos días después, pude saber que fue tapa del gráfico en el año 1970 como jugador de Central, que integró un histórico equipo de Atlanta y que muchos periodistas deportivos aún lo recuerdan como “El Habilidoso”)

¿Qué significa volver?

“Soy de Misiones, estoy juntando plata para volver. Ayer hice unos pesos pero me los gasté en comida y pagando una ducha en La Terminal; hacía muchos días que no me bañaba”, cuenta parcamente Oscar, un joven de rasgos aborígenes que recorre las mesas tarjeteando. Pichón lo invitó a sentarse con nosotros para beber. Oscar sólo quiere contar su historia: “Un sanjuanino me prometió trabajo en la construcción. Me vine para acá pero el hombre nunca apareció donde me dijo que lo busque. Sin referencias y sin domicilio, nadie quiso darme trabajo ni alquilarme una pieza. Tenía 2000 pesos que me gasté en un hotel pagando 150 por día. Hace un mes que estoy en la calle pidiendo monedas y durmiendo en el parque”. Confiesa que si consigue trabajo se queda, pero que su sueño es volver cuanto antes a su tierra natal; una hermana lo aguarda en su casa, de la cual añora la terraza “donde tomaba mates y sentía las cataratas”.

“Mañana a las 5 de la tarde nos encontramos en este bar, yo vengo con la plata del pasaje, te la doy en la mano y vos volvés”, le prometo. Quedamos en vernos pero me aclara que antes me va a llamar desde una cabina. Le dejo mi número y advierto, en un fugaz chispazo que atraviesa su mirar, un aire de oscura desconfianza. A los pocos segundos se despide y se pierde en la noche por calle Vera Mújica.

Palabras desnudas

Si querés conocer a la gente tenés que venir de noche: de día están frescos, en cambio de noche están ardiendo y dicen cosas muy importantes”. El Pollo.

La noche, finalmente, nos conecta con el brillo de las palabras sepultadas y recuperadas: “Mirá, yo ya tengo 40 años. Hasta hace unos meses pensaba que mi vida era matar el tiempo nomás, porque yo ya conozco lo bueno y lo malo. Una amiga mía vivía y para mi todavía vive en la bajada Puccio en una mansión. Un día en una casa en Funes encontró un arma y se voló la cabeza. Varias veces me quise matar pero no da. Ahora estoy curándome”, reflexiona Pichón. Tan pasado de alcoholes baratos lo he visto, que no puedo evitar preguntarle: “¿Cuando te despertás después de haber tomado mucho, en esos días en que la resaca es muy fuerte, no sentís algo de culpa?”. “Mirá, si me despierto así es que no tomé lo suficiente”, responde con suma naturalidad, y me invita a que vayamos por otra cerveza. Le digo que me espere, que voy a dar una vuelta  y vuelvo. No me cree: “Vos no volvés”, sentencia resignado con sabia razón.

La Zona Terminal

La tarde del domingo acaricia las cinco cuando llego a La Pecera en busca del misionero. Tengo los 400 pesos que dijo necesitar para el pasaje. Aun sabiendo que todo puede ser mentira pienso en cumplir mi promesa, queriendo salir lo antes posible de la historia en la que me metí.

Vanamente lo espero durante un par de horas; no aparece por el bar como tampoco llega su llamada a mi celular.


“Las Zonas Terminales son lugares de tránsito, donde la identidad está en suspenso, como en una especie de límite. En ellas puede uno darse el milagro de desaparecer, pero esto es solo momentáneo, sino se corre el riego de eternizarse como fantasma...”, me había dicho un francés aventurero que conocí justamente en este bar algunos años atrás. Pienso en esto y sospecho, pues, que el hombre que espero no advierte, que, en verdad, lo que desea es no volver jamás.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario