Pasiones en pena bajo un sol violento

Los veranos rosarinos tienen siempre su grado de fatalidad: el calor y la humedad, los cortes de agua y luz, no tener a donde ir hasta que llegue la noche. El Paraná, uno de los ríos más lindos del mundo, surge en este contexto como una fuga apasionada. Allí suenan, cuando el calor invita, todas las canciones de todas las esquinas que hoy sacuden la ciudad.


Personajes, aventuras, peleas y escondrijos. Postales del verano rosarino.

Por Santiago Beretta y Juan Freytes
Fotos por Julián Alfano

Los golpes del sol en el asfalto y las miserias de los chismes del barrio en que aguardamos la partida; ardiendo y sin esperanzas, indiferentes a nuestro dolor si es la ciudad entera la que se agita en nuestra pena. Dos niñas, ya turbias por el mundo en que vivimos, nos indican dónde tomar la Línea de la Costa. Y un viejo vendedor ambulante sube con nosotros en vistas de ganarse la moneda. El calor es insoportable, el río sin dudas lo mejor que nos puede pasar.

Un laburante en el territorio del Señor X

Desde un lugar lejano surge a las calles la mirada de Carlos, como investigando en cada rincón el atajo –o la confirmación– de lo perdido. Cansado y obligado a tener fuerzas, como todo tipo que en la calle gana su moneda, reniega de las lluvias y las palometas: es un guiso de migajas  la temporada con tan poca gente en la costanera.

Empanadas turcas, churros y alguna que otra bola de fraile exhibe su bandeja de negro metal.

¿Cóm  hacés para vender estas bombas con semejante calor?

Las empanadas turcas son un sentimiento para el rosarino; son como Albertito Olmedo– explica con orgullo sin dejar de mirar un mundo que quizás ya no es de este mundo.

¿Siempre laburaste en la calle?

Desde los once años. Incluso revolví la basura, no hace mucho: si tenés ingenio la calle te da todo. Yo me había armado un recorrido por el centro, y encontraba desde celulares hasta cámaras de fotos nuevas; en esa zona tiran mucho porque compran y cambian las cosas todo el tiempo. En mi vida toqué el cielo con las manos y el barro con la boca.

¿Qué es tocar el cielo?

Era el  coordinador de la distribución de los libros de la Editorial Atlántida. Una tarde me niego a hacer un viaje; quería tirarme en el hotel a descansar, un hotel al que sólo íbamos solo a dormir porque esa vida era así. Entonces un compañero me reemplaza. Lo despido y a la media hora me entero que está muerto por un accidente. ¿Sabés lo que es vivir eso? Renuncié y volví a la calle… Al tiempo mi mujer se fue, pero eso no me importa. Puedo ver a mis hijos y poco a poco me fui comprando todo lo que se llevó.

¿Te alcanza con lo que juntás en la playa?

Hay días que sacás como 300 pesos y días que sacás cien. Encima el vigilante del Señor X nos manda la Guarida Urbana que rompe bastante las bolas, desde que está este tipo nos persiguen mucho, antes podíamos trabajar tranquilos.

¿Quién es el Señor X?

El dueño de todos los bares de la costa; Cornaglia se llama. Por él corrieron a la mayoría de los carritos de hamburguesas a la vereda de enfrente y por él están todo el tiempo los controles municipales, no por otra cosa. Decime cuántas familias vienen a cenar o a pasar la tarde. ¿Está bien que no los dejen tomarse una cerveza? ¿Por qué? Es para que consuman en sus bares.



Los chicos y la ley

Disimuladas cámaras de seguridad advierten implacables todo lo que sucede en la rambla Cataluña. El sector de costa de uso público – escaso entre la usurpación y privatización de gran parte de ella por los clubes de la zona y por el balneario privado – está vigilado: grandioso es ver cómo un demente, que con una mano dirige el volante de su moto y con la otra manda la ley al infierno, escapa a los controles de tránsito a todo lo que da por la bajada Gallo, aplaudido por unos 30 chicos de aspecto humilde que, entre el destacamento de policías en bicicleta y la heladería Bajo Cero, ven llenos de rabia como un camión de los zorros lleva sus naves hacia el corralón.

Cuatro amigos, malditos y hermosos  del alcohol que los conmueve, hablan risueños sobre el paseo peatonal a la altura del bar Mordisco. Desde un auto los acompañan los Redonditos de Ricota y así la tarde es carnaval de duendes traviesos. Pero la interminable ronda de agentes de la Guardia Urbana de Rosario, que cada cinco minutos vacían un termo con fernet o hacen apagar algún porro, les exige mudarse a la vereda de enfrente, junto a los choripaneros y pescadores, bajo amenaza de avisar a la policía para que los detenga. De paso, tiran al suelo su cerveza.

“Ey loco, ¿así te trata tu mujer a vos?”, le dicen entre risas a quien parece ser el líder de los oficiales. “Ojalá”, responde, también entre risas y con la cabeza un tanto gacha. La resistencia popular hacia la GUR, más difícil de llevar adelante con un policía, parece evidenciarlos como botones de segunda, uniformados que se dejan basurear con tal de cumplir sin sobresaltos su burocrática tarea.

Un cartel sobre las orillas del río donde se explicitan más de10 prohibiciones –¿cómo que no puedo bañarme en el río estando borracho viejo; con qué me rescato entonces?– cierra finalmente el mapa de un territorio donde la lucha de clases se manifiesta pequeña, sin dirección e inadvertida entre el frenesí  veraniego y la alegría que produce la belleza del lugar.


Ruido y velocidad

“En el río hay dos clases de personas: los kayaquistas y los lancheros”, nos cuenta Ana Clara con cierta molestia. Hace varios años que sale a remar, hoy los días de semana porque sábados y domingos “es demasiada la gente”. 

Argumenta, tranquila pero tajante: “Cuando un kayaquista va a la isla, si produce basura la junta y se la lleva. Alguien que está en lancha, en el mejor de los casos, la deja en una bolsa, como si hubiera un servicio público de recolección de residuos”.

Que las islas se convirtieron en frívolos boliches y el Paraná en una autopista es algo que se escucha bastante entre los nadadores y los aventureros que salen a remar. Ana nos explica: “Tenés islas con paradores, donde van tipos musculosos, onda bronceados de cama solar, que ponen la música al caño y que chupan y se falopean todo el día. Tenés también lugares un poco más alejados que son agrestes y tranquilos. El problema aparece cuando ahí llegan las lanchas e imponen su modo. Otra cosa complicada es que el lanchero no respeta al que rema, pasa al lado tuyo sin pensar que te puede dar vuelta el bote”.

Dos casos dieron la alarma. Uno es la muerte del periodista Marcelo Abram en noviembre de 2012, atropellado por una embarcación cuyos conductores no lo advirtieron nadando junto a dos compañeros.  El hecho motivó  la inauguración del corredor de nado seguro, una pequeña franja costera en la cual está prohibido navegar. El otro, más significativo aún, es la arremetida que sufrió Bin Laden, conocido hombre del ambiente ribereño. Una noche cruzaba con su kayak y, como suele suceder en muchos accidentes de autos, quienes lo embistieron lo abandonaron cobardemente sin brindarle auxilio. Bin Laden no murió –unos isleños pudieron rescatarlo– y hoy el caso es investigado por la justicia de Entre Ríos.

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Ana Clara nos despide. Un pibe de Misiones que se paga las vacaciones vendiendo baratijas junto a White Dog,  perdido chico de  Senegal con quien comparte una pieza de pensión frente a la Terminal, nos convence de mirar su mercancía. Pronto lo dejamos atrás. Una vez en la arena –¡por fin la arena!– nos proponemos descansar. La música fuerte de los bares que se mezclan entre sí, el ir y venir de “minas con las tetas operadas” – señala y delata una hermosa mujer que nos invita a una cerveza junto a sus amigas –  y cuatro jóvenes que bailan un extraño  hip-hop al ritmo de un grabador de mano resultan un colorido desfile de los nuevos tiempos que hace rato se instalaron en la ciudad.

El mundo te queda acá nomás…

Otro mundo, más inadvertido que oculto, es el que se agita en el barrio de los pescadores. Hermoso y precario, sutil y misterioso, su brillar cotidiano es una promesa imposible en la Rosario de hoy. Marcelo, señalado por los vecinos como el hombre con quien hay que hablar si quiere uno conocer la vida de río, nos recibe atento y predispuesto a la charla. Su inteligencia se hace evidente ni bien comienza la conversación.

“Nací en el Remanso Pellegrini, un poblado isleño cerca de Puerto Gaboto que ya no existe. Más de 18 kilómetros de barro rodean la zona, llueve y quedás aislado. Las casas eran de barro, no tenían agua ni luz; vivir así nos resultaba imposible. Éramos seis familias, ahora solo queda una posta  para pescadores”, explica al contar sus raíces. Su oficio es el de su padre y probablemente el de su hijo. A fines de los ochenta llegó a estos pagos “cuando la avenida era solo una calle y los árboles que hacen de cantero central eran el inicio de la rivera. Ahí ofrecíamos nosotros los pescados, con una pequeña bandeja plegable. Venían los inspectores municipales, que nos corrían bastante, la cerrábamos y rápido buscábamos otros lugares para vender”.

Sus compañeros lo rodean para escucharlo hablar, atentos entre la admiración y la curiosidad. Los del puesto contiguo, señalados por los vecinos como ratas a la hora de ganarse los clientes, se abalanzan sobre un automovilista que se desliza despacio y se deja seducir, quizás azarosamente, por un boga tremebunda que cuelga maravillosamente junto a sus colegas. Una cumbia o un chamamé, según el rincón, derraman sobre a la tarde una nostálgica alegría.

Tirar un lance en La Florida cuando arranca la mañana  y remontar hasta la zona de La Fluvial a mitad de la tarde. Irse tres semanas a la isla en grupos de hasta de treinta, dormir en donde sea y esperar tener suerte pues allí se pesca por turno: rutinas de un oficio sacarificado y ancestral. “La visión romántica es para el de afuera. Por el río siento respeto. Respeto porque es bravo”, advierte Marcelo a la par que reconoce, con orgullo, la tranquilidad de sus días: “Antes de pasar la tarde levantando una pared me tiro un lance. Si me toca lo aprenderé, mientras tanto soy pescador”.


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La amabilidad de Blanca se enciende cuando descubre que dos periodistas están en su barrio. Sus hijas, niñas felices y encendidas, parten en remís a festejar un cumpleaños de quince. Su marido nos observa y prefiere no hablar. “Está bien que vengan. Porque con nosotros hay mucha discriminación”, cuestiona la mujer. Escandalizarse por los precios del pescado, al parecer, es el chivo expiatorio de las clases medias y altas que los ven como negros villeros.
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El asentamiento irregular en los  terrenos donde se alojan, ya mirado de reojo por la especulación inmobiliaria, y ciertas precariedades habitacionales aún no solucionadas –en la última tormenta un árbol derrumbó su techo– conviven con la belleza de una vegetación espesa, que disimula las bonitas casas pintadas de blanco e inunda de verde las correderas.

Cuando la charla se detiene en el bunker que funcionó en el barrio durante tres años hasta el último diciembre, el marido abandona el silencio y con mucha seriedad nos cuenta que tuvo que demolerlo porque adentro había un chico al que habían prendido fuego y no podía dejar que muera.

“Los atrevidos no son tan atrevidos cuando están los transas; digan lo que quieran pero ellos ponen algo de orden”, irrumpe un pescador. A Blanca, por el contrario, no deja de preocuparle cómo el bunker potenció los hábitos de consumo del barrio. Y recuerda, no sin dolor, la visión de chicas jóvenes bajándose de autos de lujo para comprar una dosis.

“¿Cómo fue que se logró instalarse?”, preguntamos a una señora que prefiere no dar su nombre. “Un vecino quería vender su casa, pero al no tener escritura quién le iba a comprar. Los narcos le ofrecieron lo que pedía, que era bastante, y trajeron chicos de otro barrio para que atiendan. ¿Sabés quién era uno de los dueños del kiosco? El Pillín; sí, el barra de Central”.

Los marginales

“Los chicos crecen. Ahora se dedican a robar”, piensa un nostálgico Tucán en la puerta de su cueva, donde pescadores y bandidos, viejos y jóvenes, se sientan a  tomar la cerveza más barata de toda la costa. Allí nos dejamos caer cuando la tarde muere, al compás de sus románticas palabras. Su bronca –viejo pistolero– es con las nuevas formas de la delincuencia. “¡Que vengan a robarme a mí!”, dice tranquilamente como si hablara frente al espejo de sus hazañas. “No saben con quién se meten”.
La alegría de un amigo común, el querido Ariel alguna vez jefe de la barra de Argentino de Rosario, nos anima a destapar otra cerveza en el momento en que pensábamos despedirnos. Cuando lo hacemos, dejando atrás carritos de choripanes y costosos bares, vemos como dos chicos en moto le compran una 22  a un viejo mal vestido y de cara en ruinas mas meticulosamente peinado a la gomina, como un tanguero de ley, en plena noche de la plaza Santos Dumont. Nos preguntamos qué pensará Tucán de la escena, pero es la policía, dos cuadras más adelante, la que nos pregunta a nosotros qué hacemos deambulando en la oscuridad. 

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