ROMPER LA PARED

Cuántas lágrimas…

Cuántas lágrimas se desperdician en los cines
o en los libros, o aun las lágrimas espontáneas
de los aficionados al fútbol cuando se reúnen por millares.
Porque cuando salen del cine, o dejan a un lado los libros, o se
separan de la multitud,
los hombres y mujeres miran las calles con ojos secos
que lo hacen todo transitorio:
¿para dónde van tan de prisa,
pensando en otras cosas?
Van hablando con ellos mismos
el diálogo del que no pregunta nada
ni nada responde.
Lluvia, agua humilde del cielo,
hazme blando como esta tierra.

Victor Gaviria.


Hace ya cuatro años que venimos insistiendo con este proyecto, cuyo sentido positivo, más allá de la aventura que implica para nosotros llevarlo a cabo, nace a partir de un grupo de personas que esperan, comentan, critican, se entusiasman e intervienen el contenido aquí expresado. Es en esa instancia donde estas páginas demuestran que están vivas, más allá de la calidad de una foto o el leve brillo de una frase bien lograda.

Las tranzas de la policía, la corrupción de los políticos, la explotación de los trabajadores y el desamparo de los desposeídos, inevitablemente, son los ejes que han atravesado muchas de nuestras notas, construidas siempre a partir de historias que escuchábamos en las calles, en los barrios y las esquinas; historias que evidencian un profundo saber popular sistemáticamente negado y silenciado por quienes hoy controlan los discursos, historias cuya verdad desenmascara –consciente o no de su accionar– el decorado con que se intenta tapar el transfondo de nuestra experiencia cotidiana y por otro lado invita a conocer ese mundo de símbolos y valores que constituyen nuestra espiritualidad más íntima, nos conectan con los otros y nos sostienen en la adversidad.

El intentar acercarse a ese saber es quizás lo más importante que ha tenido esta revista: en épocas donde las tecnologías comunicacionales abren numerosas perspectivas de diálogo, la escucha y el encuentro con el otro resultan cada vez más negadas, sobre todo si ese otro pertenece cultural o socialmente a estratos diferentes.

Esta búsqueda es uno de los objetivos principales –o debería serlo– de todo periodismo honesto. Romper la pared, dejar la anestesia, sensibilizarse. Salir del guión con que automatizamos la vida y poder sentir, adentro nuestro, al lado nuestro, aquello que nos habla, nos interpela y nos conmueve.


Vano será la gran historia del niño que vive en la basura, del hombre con ojos de cemento o la mujer que no tiene con quién hablar, si, una vez escrita hábilmente por nosotros y contemplada y admirada por ustedes, nos damos la mano como grata despedida y, una vez terminadas nuestras rutinas, nos conectamos con el mundo encendiendo el televisor.

Editorial Apología 8. Diciembre 2013.

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