La expresión es algo sagrado” : Entrevista con Omar Serra

Omar Serra es una figura clave del teatro rosarino de los últimos veinticinco años. Actor, dramaturgo y director, sus obras e interpretaciones probablemente sean recordadas por todos aquellos que pudieron contemplarlas: desprejuiciadas y provocadoras, son una verdadera aventura investigativa del alma humana, de sus pasiones y sus silencios, de sus temores y sus iluminaciones.

De andar libertario y sincero, tanto su trabajo como su persona resultan intensamente expresivos, enérgicamente vivos. Con ustedes, un viejo mago.

Entrevista: Revista Apología
Fotos: Salvador Márquez

Alguna vez se dijo que ser periodista es una buena excusa para proponerle a una persona que ni te conoce charlar toda la tarde y que te de bola. Algo de verdad hay en eso; sobre todo cuando se tiene enfrente a tipos como Omar Serra. Pues más allá de la necesidad de hacer una nota para llenar la revista, más allá de haberlo visto en un escenario o de haber leído algo de lo que escribe, es de esas personas encendidas que parecen convocar en uno las energías más vitales tan solo con verlos pasar por la calle.

Náufrago que en los ’60 y ’70 pateó las calles de Buenos Aires, en 1980 volvió a Rosario —ciudad en que nació y vivió su primera década— y se involucró con el teatro de forma íntima y conmovedora. Entre sus trabajos que retomaron obras legendarias podemos nombrar: “Eva Perón” de Copi, “Los días felices” de Beckett, “La voz humana” de Jean Cocteau, “Perlas quemadas” de Fernando Noy y “La condesa sangrienta” de Alejandra Pizarnik, cuyas puestas estuvieron siempre a su cargo. De su autoría se destacan “El caso Schreber” —la historia de un juez que a finales del s. XIX se declara la mujer de Dios— y “Layo”, una reconstrucción de la tragedia perdida de Sófocles que invita a descubrir por qué Edipo mató a su padre.

¿Cómo fue que llegaste al teatro?

En Buenos Aires no estudié teatro, pero veía todo lo que se hacía, por ejemplo todo el teatro de vanguardia de los sesenta. Tenía también amigos que hacían teatro, conocí al grupo “Lobo” donde estaba Norberto Campos, uno de los grupos más vanguardistas de aquella época. Pero yo no me animaba a hacer cosas…

¿Por qué pensás que te pasaba esto de “no animarte”?

No sé, en ese tiempo no había talleres de teatro a los cuales la gente tenía acceso, era muy difícil que una persona joven supiese que se podía estudiar teatro en algún lugar.
                   
¿En tu casa había un contexto de libros, de arte?

No, decididamente no. En mí la línea artística no es hereditaria. Mi viejo era comerciante. Mi mamá trabajo toda su vida con él. En mi familia no hay ningún artista que yo conozca. No recibí apoyo de mi familia para estudiar lo que a mí me gustaba. Es una elección mía.

 ¿A qué te dedicabas en aquella época?

Me dedicaba a hacer nada… Yo vivía con mi familia y me casé muy joven: a los dieciocho. Un año después ya tenía una hija. Tuve una vida familiar muy accidentada, llena de problemas, estuve muy enfermo también. Así que no trabajaba ni estudiaba. Nunca trabajé ni estudié. Y me dediqué mucho a las drogas. Los ’60 fueron el apogeo del hippismo, la música rock… Ahí conocí la marihuana, que ahora es popular pero en ese momento era de grupos exclusivos. Después se pusieron en onda los estimulantes. Así que bueno, mi juventud fue esa experiencia: fuimos una generación involucrada en el ácido lisérgico, la marihuana y las drogas de laboratorio.

¿Intuías algo respecto al involucramiento en el teatro, o podrías haber arrancado para las letras, la pintura?

Nunca pensé que iba a poder realizar un estudio teatral como lo hice en Rosario en los ’80. Jugaba con amigos a que hacíamos obras de teatro, pero nunca lo tomé como una profesión. Y siempre escribí, dibujé y pinté. Soy un diletante. Eran esas mis formas de expresión. ¿Qué hice en esa época? Y, fui a la guerra, estuve preso, estuve internado en clínicas psiquiátricas; como tanta gente de mi generación. Tuve que luchar con el establecimiento.

Las marcas del poder se inscriben en el cuerpo de las personas…

Hoy venía pensando que es nefasta la intromisión del estado en la vida privada de las personas. En mi época cuántas veces fui castigado por fumar un porro o tomar una pastilla. Pero es la misma intromisión que en 1914 mandaba gente a la guerra. ¿Con qué derecho mandan a alguien a combatir? La vida de esa persona queda signada por un hecho así. Uno viene a este mundo con un plan de vida y el estado te arroja a una situación que te hace perder la vida… porque se te va la vida en esa pelea.

¿Te queda a vos resentimiento o dolor por todo lo que viviste?

Sí. Yo sigo pensando que estoy preso, que estoy en una sociedad represora. La sociedad es un manicomio disimulado y una cárcel con llaves propias.

Estamos en un contexto muy distinto. Cosas que antes eran castigadas ahora son hasta estimuladas por la publicidad. ¿Cómo te parás ante eso?

Yo soy de los años ’60, donde aparecieron tipos como Dylan, The Beatles y Timothy Leary haciendo abierta propaganda por la droga. Yo digo: tanto que luchamos por eso, finalmente, ¿valía la pena? Es decir, ¿no sería mejor que se viva sin drogas? Pero ya lo dice Freud, la sociedad está enferma y la gente necesita algo para sobrellevar el shock de relación social. La sociedad te lleva a buscar puertas de salida. Hoy con los carteles narcos la droga se convirtió en un negocio, en otra cosa. De todos modos, lo que los referentes de aquella época decían era que el individuo tiene derecho a experimentar con su cuerpo y su mente. Es libre de hacerlo.

Otro elemento de liberación fue la sexualidad. Pero, al igual que las drogas, fue tomada por el mercado. En este contexto, ¿pensás que esta sociedad es más libre que aquella?

Mucho más libre. Evidentemente toda la sociedad va hacia una liberación. Pensá lo que fue la Inquisición o el nazismo, estamos mucho más libres y más posibilitados de realizar cosas que hace cincuenta o cien años. Yo tengo un refrán: “Lo que hoy está prohibido mañana es obligatorio”. Es así. Esto de la legalización del cáñamo no es de ahora. Ya en China hubo una guerra por el opio. Muchas veces se prohibió y se liberó la droga. Es decir que son manejes económicos. Una sociedad es represiva, después permisiva, luego es nuevamente represiva. Y tiene que ver con factores económicos que lo determinan.

Cuando empezamos la charla dijiste que no te interesa la política. Sin embargo hasta ahora hablamos mucho en términos políticos. ¿Cómo es que no te interesa la política?

No me gustan los políticos. No me gustan sus caras: son una careta. Y no tienen una consistencia muy humana, si las mirás mucho tiempo se convierten en caricaturas de sí mismos. Entonces digo: los políticos son la parte visible del poder, pero no son el poder realmente. Para mí Alfred Hitchcock fue más poderoso que Winston Churchill.

¿Y podemos tantear qué es el poder, quiénes tienen el poder?

No sabemos. Un escritor que tuvo muchos problemas con la política en su país fue Philip K. Dick, también un gran drogón. Y llegó a tener problemas —creo que estuvo preso algún tiempo— porque lo acusaban de entrometerse en cuestiones de estado, revelar que no existían dos potencias contrarias como EEUU y la URSS. Él decía que eso era un escenario montado para los giles: dividir para reinar. ¿De dónde venía entonces el poder? Igual que el nazismo, que fue apoyado por el gobierno americano durante muchos años. No creo que podamos saber desde dónde se ejerce el poder. Y no importa, de todas maneras, quiénes lo ejercen. Lo que importa es saber que hay alguien que maneja los hilos…

En la obra de Dick hay una especie de futurología. ¿Pensás que en tus puestas se da algo de eso? Me refiero a pensar hacia dónde vamos… La tragedia de Layo que escribiste habla sobre La Ley y El Deseo, habla de ese tironeo constante que hay entre ellos.

Así como en los ’60 fueron las drogas y la liberación sexual, el cuco del s. XXI son la pedofilia y el incesto, los últimos tabúes. Hoy lo peor de lo peor es ser pedófilo. En el 2001 la reina de Inglaterra le dio el título de Sir de la corona a Arthur C. Clarke —quien escribió “2001: Odisea al espacio”—. Y él, el mismo día que recibe la noticia, llama a conferencia de prensa y dice que es pedófilo. Y que le parece lo más sublime del amor humano la relación entre viejos y jóvenes. Dice que está viviendo en Ceylán, India, porque es un centro mundial de pedofilia, y dice también que está en contra de la prostitución y de la corrupción, y que admira el amor que puede surgir entre un niño y un anciano. Cosa que ya viene barajada en la relación abuelos-nietos, esa atracción que se da ahí es real. Ahora, él está en contra de la violencia, de la corrupción y violación, eso es otra cosa, es delito y crimen. Quiero dejar bien en claro que las noticias ominosas de violaciones y crímenes cometidos contra niños que llenan las crónicas amarillas de los periódicos no son casos de paidofilia sino simples crímenes y delitos sexuales Y esto nos retrotrae a los griegos. Ellos aceptaban la pedofilia, era una forma de ingresar a la sexualidad. El maestro, el profesor, instruía en la sexualidad también. Entonces, pienso que el siglo XXI va a tener que llegar a la liberación del tabú. Cita de Wikipedia: “En la antigua Atenas, la relación sexual entre un adulto y un joven púber se denominaba pederastia, y se consideraba como un elemento más en la relación entre un docente y su discípulo: el amor entre ambos favorecía la transmisión del saber y de las leyes ciudadanas".

Al generar esa tragedia revolviste esa relación deseo-poder-sanción…

Yo pienso que hay temas que están por resolverse, y me parece muy importante el mito de Layo y de Edipo para comprender las posiciones de la moral y la sociedad en diferentes épocas. De todos, los clásicos griegos pasaron por el filtro de la iglesia católica. Se dice que el “Layo” se perdió, pero tal vez exista en alguna biblioteca europea; es muy posible que exista en el Vaticano pero que esté re prohibido, porque es una obra muy inmoral de por sí. Ese es otro tema, toda la cultura está supervisada por la Iglesia Católica. Siempre se habla de las riquezas del Vaticano, y una de ellas es su biblioteca y sus códices.

El afiche de la obra de Layo decía: “Ahora los rosarinos van a saber por qué Edipo mató a su padre”. Se tomaba al rosarino como a un interlocutor.

Claro. Y ahora lo quiero hacer en la Facultad de Psicología. Me interesa porque al estudiar el “Layo” descubrí que, además del complejo de Edipo y el de Electra, existe el complejo de Layo: hay una atracción natural entre padres e hijos. Nosotros tenemos un caso muy especial que son los Schoklender, donde la madre tenía relaciones con los hijos y el padre era homosexual; es decir que al hablar de Layo también estoy hablando de cosas nuestras, de nuestras familias y la sociedad argentina. Y todo esto no se acepta acá, pero en otras sociedades sí. Entre los indígenas australianos los que desvirgaban a las adolescentes eran los tíos o los abuelos. Hay sociedades donde los tabúes y la moral son otros.

¿Tuviste problemas directos o indirectos por tus trabajos? Es decir, críticas duras, censuras, roces.

La única censura que tuve en mis años de trabajo fue la imposibilidad de ponerle el nombre “Eva Perón” a la obra de Copi, en el año 1997. Yo trabajaba en la Sala de la Cooperación, lo que hoy es AMMA, que fue siempre un organismo de gente de izquierda. Cuando leyeron la obra me dijeron: “¿Qué querés Omar, que nos quemen el teatro?”. Esa obra se estrenó en París en 1971 y un comando peronista incendió el teatro, querían matar a los actores...Y bueno, no me dejaron estrenarla con ese nombre. Tuve que ponerle “Esa mujer”. Pero la fueron a ver peronistas amigos y les encantó.

¿Cómo te cae la figura de Eva?

Yo no soy peronista. Detesto a Perón y al militarismo. Para mí Perón fue una prolongación de Hitler y del Duce. Y el hecho de que Argentina sea un nido de nazis como en realidad es se lo debemos a Perón y a Eva. Ellos les dieron entrada a todos los refugiados de Alemania. Pero la imagen de Eva siempre me atrajo.

¿No hay en Eva un costado libertario también?

Fue importante todo lo que hizo por el pueblo. Que alguien se ocupase de la gente no había pasado nunca en Argentina. Entonces me resulta simpática.

Cuando se le pregunta a un artista el porqué de su obra, muchas veces se sabe de antemano que es un misterio hasta para el propio artista. ¿Vos te has preguntado esto?

Siempre actúo por identificación. Por ejemplo, “El caso Schreber”, cuando lo descubrí me voló la mente. Un juez que a fines de 1800 de pronto se trasviste, se vuelve loco y dice que es la mujer de Dios, que es su puta y que van a tener hijos. Luego es encerrado en el loquero donde escribe sus memorias, pasa ocho años ahí y finalmente le hace juicio al estado, lo gana y sale en libertad, aunque no puede ejercer. Y ese tema me pareció increíble. Yo también tuve problemas con mi sexualidad, no soy travesti (pero hago travestismo en el teatro). Soy bisexual, homosexual básicamente, también tuve problemas psicológicos y estuve internado…

¿A qué se debieron tus internaciones?

Fue por drogas, por desintoxicación. Y no fueron voluntarias, me llevaron. No estoy para nada de acuerdo con ese tratamiento, pero mucha gente de mi generación pasó por lo mismo, es un modus operandi de esta sociedad. Aquel que parece raro, conflictivo o diferente pasa por todo eso.

¿Te sentís rosarino, te identificás con esta ciudad? La pregunta viene por comentarios tuyos en otras entrevistas.

Sí, me siento muy rosarino, adoro a Rosario y a su gente, con la cual hay mucha empatía. No sé si por identificación, porque nos parecemos, porque pensamos y sentimos parecido, dentro de una constante que es muy nuestra.

Decís que la sociedad te parece un manicomio. Y al mismo tiempo afirmás que le tenés cariño a Rosario.

Viví veinticinco años en Buenos Aires. Y el balance final que tengo de la sociedad porteña es que es un nido de víboras. Tengo muchos amigos divinos allá, hay gente maravillosa, pero en general es una sociedad feroz que está siempre a la defensiva y al ataque. Y todos los problemas que tuve fueron allá. Y de pronto, me vine a vivir a Rosario que es mi lugar de nacimiento y fue una cosa completamente distinta. La gente de acá me recibió con una calidez, un amor y un respeto… Acá me sentí libre y querido.

¿Sos libre?

Soy libre desde mi nombre; Omar en árabe quiere decir “el mejor” y Francisco significa “libre”, así que etimológicamente yo soy “el mejor libre”, y si no puedo ser libre soy el peor... Pero como dice Sartre: “Quien es auténtico, asume la responsabilidad por ser lo que es y se reconoce libre de ser lo que es”.

¿Qué es la libertad?

La libertad es sentir que no está coartada tu manera de expresión, que es lo que siempre se intenta reprimir. La expresión es algo sagrado. Si una persona no se puede expresar no está del todo viva.

Sos un referente del teatro rosarino…

Mis maestros fueron Norberto Campos, Chiqui González, Néstor Zapata, Carlos Medina...

¿Y cómo vivís el ocupar el lugar que ocupás?

Estoy muy agradecido de haber podido expresarme, es algo muy valioso. Yo lo vivo con la obligación de seguir trabajando en lo que me apasiona. Descubrir cosas, investigar, estudiar; todo lo que nos apasiona nos apasiona porque nos pertenece. Pero siempre estuve muy a la deriva, nunca tuve una certeza de que iba a hacer algo determinado.

Sos de la generación de los náufragos.

Claro, las cosas iban apareciendo así como por arte de magia.

¿Te sigue pasando eso?


Siguen apareciendo así. En mi vida por lo menos, todo lo que me interesa es muy mágico, lleva un hilo conductor que es muy divertido y atractivo. Hago solamente lo que me gusta, lo que me interesa.

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