jueves, 22 de diciembre de 2011

Relatos eróticos Revista Apología



Aquí les dejamos una selección del material enviado a nuestro mail como regalo de navidad. Agradecemos a todos los que participaron.









EN EL ALMACÉN 

por Miguel Erre


 -Alguna otra cosita?

SÍ! :

Media docena de adolescentes,
Delgaditos y pálidos
Vestiditos de negro
Pelo corto si es posible
No importa el precio, no es para regalo
Envío-a-domicilio, ya que es un pedido
De gran envergadura
Déjelos en el jardín, acostados boca arriba
Y la cremallera baja, si no es molestia
Y agregue al pedido un par de damajuanas de tinto
Para regar y ver crecer
Esos dulces hongos venenosos
Esos tallos rosados, de flores decapitadas

ROJO Y PÚRPURA 

Por Matías Ferri

Mucho calor ese día, y ella estaba putamente provocativa, me miraba con sus ojos inocentes sabiendo que me excitaba, su pelo negro, su piel trigueña bajo la luz artificial de mi cocina, y esas tetas que miraba de reojo cuando ella se distraía con los naipes españoles jugando al Truco. Jugando al Truco y tomando mates. Cuando se deslizaba la bombilla por la boca y me miraba con la dulce mirada de una colegiala en celos, me hacía imaginar mi verga entrando tan caliente como la bombilla por su boca.
En algún momento mis manos ya no pudieron contenerse a tanta belleza y sensualidad. Acaricié sus mejillas aniñadas con mis brutas manos, era virginal, aunque era terriblemente puta, era inocente, aunque ya no era una nena, y era tan dulce que aveces era más fácil imaginarla cuidando ancianos o cachorros de conejos que chupándole la verga a otro adolescente. Pero en ese momento la perversión cagó a tiros mis neuronas que se ocupan de las cosas más bien tiernas, se cargó a todas las otras neuronas que hacían cuentas matemáticas o me gritaban que cruce la calle para que no me maten los autos, el típico momento donde la fracción más inmunda de tu cerebro funciona sola y uno queda con la boca abierta chorreando un fino hilo de baba. Solo que no chorreé nada ni dejé mi boca abierta como un estúpido, me limité a contemplarla.
Mordió mi mano como un gatito juguetón y se rió, luego lo hizo otra vez, pero ahora no se rió y me miraba fijamente mientras un pequeño pedazo de mi mano estaba prensado bajo sus dientes, atraje mi mano y su cara hacia mí como un pez enganchado a un anzuelo, quedamos cara a cara, entonces solté mi mano de su jeta filosa y me abalancé locamente a sus labios. Nos soltamos y nos miramos.
Puta calentona.- le dije.
Jajaja.
Mirá cómo me dejaste la mano.- le mostré la marca de sus dientes.
Podría ser peor...
No gracias.
Volvió a besarme. Esta vez mordiéndome fuertemente los labios.
Hija de puta, dolió.
Puedo hacerte salir sangre, me encanta el gusto de la sangre, ¿a vos no?
Bueno, sí, pero no cuando sale de mi boca dolorida.
¿Y entonces de donde tiene que salir para que te guste?
Eeehmm, bueno... yo... eh...
Ah! casualmente estoy menstruando...
Pero...
Sshh!!- chistó poniendo un dedo sobre mi boca en señal de silencio.
Metió el mismo dedo en el interior de mi boca, recorrió la lengua, los dientes, todo eso mientras se paraba, aún de pié continuó con su dedo lubricandose por mi cavidad bucal, empleando la otra mano para bajar sus shorts, sacó su dedo mojado y lo introdujo en su coño, que hasta ese entonces no pude ver gracias a su hermosa ropa interior. Sacó el dedo, ensangrentado y babeado y lo hundió nuevamente en mi boca, gusto a sangre con óvulos caducos, óvulos muertos, rancios quizás. Entones se sacó las bragas y las tiró en algún lugar, donde siempre se tiran las cosas previamente al sexo, donde se tiran y luego uno no sabe donde han quedado. Se sentó en la mesa y abrió sus piernas bronceadas por un sol de verano ardiente y sensual, sol excitado de playa nudista.
Le estaba comiendo el coño, se lo estaba chupando, lengüeteaba su clitoris, sentía su flujo pervertido corriendo por mis papilas gustativas, olía la sangre roja y satánica. Un acto demencial, nunca lo habría imaginado.
Ella gemía. Los autos pasaban por la calle, y ella seguía gimiendo. Yo sé que mucha gente en los sanatorios estaba agonizando, pero la muy puta gemía y no paraba, muchos pibes sedientos de sexo me envidiaban por más que no supieran quién era ni lo que estuviera haciendo. Los campesinos follaban con sus gallinas y sus ovejas y yo comía un coño ensangrentado y me quejaba a pesar de que fuese un coño de mujer y no un animal de granja.
Estaba sentado contemplando el gran momento, era entonces cuando había que mezclar el rojo de su sangre con la purpúrea cabeza de mi verga, y toda esta historia para acabar decentemente.
Acabar con un final felíz.


DESEO

Por Noelia Maga

Fui a visitarla, como tantas veces, 
una comida, un vino, una charla.
Se hizo de noche, yo andaba en bici.
-Quedate, me dijo.
Y, como tantas veces, me quedé.
Me contaba de uno, que la asediaba, 
noté que le gustaba por algún imperceptible brillito en los ojos.
(A mí nunca me terminan de gustar sus "chicos").
Después de un rato no hablamos más.
Sonó el teléfono,
levantó el tubo con premeditada lentitud,
jugueteó su dedo con el cable.

  Yo, manojo de ansiedades. Deseosa.
Mis ganas de tocarla, de chuparla toda como si fuese un helado.

  Colgó. Se sonrió.
Sabía que la espiaba entre las sábanas haciéndome la dormida.
Pausadamente, y con felinos movimientos,
se liberó de la ropa que la asfixiaba.
Adivinaba yo su silueta, sus suaves, sutiles curvas de arriba, 
la montaña rusa que formaban su cintura, caderas y muslos.
Vértigo mío.

  Le diría que me muero por ese huequito
donde desemboca su cuello, ahí, ese que corta la línea que va de hombro a hombro.
También le diría que sueño con sus pantis desde aquella noche 
en que la vi haciendo pis en la calle, borrachas las dos,
que no sé cómo se aguantaron los adoquines de saltarle encima,
que no sé cómo me aguanté yo...

  Fingiendo despertar la miré con el interrogante, hipócrita entre las cejas.
-Era él, me dijo, cómplice, mientras se acostaba en su cama.

  Entonces, 
cerré los ojos y sentí
el calor de sus piernas pegadas a las mías,
el de su aliento, humedeciendo la piel de mi cuello, estremecida,
el de mi mano, buscando con éxito la tirita de la bombacha, 
jalando,
con fuerza,
con todas las ganas guardadas, calladas,
hasta arriba del delicioso huesito de las caderas, 
apretando con toda la palma, los dedos, las yemas,
sus nalgas generosas,

su lengua abría surcos de saliva en mis hombros,
 lamiéndome y bajando,
despertando mis pezones,
cada poro se abría para recibir,
deleitado,
la textura de sus papilas.
Así la noche transcurrió,
humeante de vahos embriagadores,
 de cuerpos transpirando toda el agua que corre bajo la piel, 
como arroyo dulce de mar salado, 
de nido de pelo revuelto
de senos erizados por el fuego que crece 
desde allá abajo,
en lo húmedo,
en lo oscuro,
en ese pequeño vallequebrada del cuerpo
donde bifurca en piernas.
Que delicia las suyas! abrazando mi cintura.

  Finalmente me dormí,
soñándome mojada de ella
a escasos metros de su plácido sueño.

SIESTA 

Por Ismael Zeta

Lore sentada en la torta y Jime comiéndosela: la imagen que prefiere llevarse a la siesta. Recostarse en las piernas que le piden hacer fuerza contra otras y las tetas apretadas al colchón, así, juntitas, ajustadas entre los brazos que bajan y se unen en las manos buscando la materialización: el tacto. Si pudiera se las autolamería como helado y las derretiría en un río de babas y que el río baje por los brazos y se haga mar. Pero no llega a los pezones y se retuerce calentándose más. Tal vez lo que más la calienta son las tetas de Jime que van y vienen embadurnándose en la crema de su torta.
Babas, tetas, crema, torta, torta, torta. Lore se relame  al mismo tiempo que se muerde la lengua y toda la boca. Los músculos entrenados de las piernas, las bocas hinchadas, los pezones duros.
Lore no lo puede creer
tampoco Jime
tampoco Juan.
Lore lo planeó todo
Jime al principio sospechaba
ahora ya lo sabe
también Juan.

Jime a esta altura más que a la torta se la está comiendo a Lore que le dice: sí así, así cometelá!
Las tetas de Jime van y vienen, van y vienen, van y vienen, vienen y van, aplastadas limpiando los restos  de crema en la mesa. Atrás, Juan, impulsando el vaivén, metiéndosela, metiéndosela, metiéndosela…


EL PUENTE 

Por Mayra Road

Verano es la estación preferida para aquellos librados de  trabajar en enero. En cambio para los obligados como yo, es la muerte misma disfrazada de daga caliente. Es una reflexión remachada cada vez que ingreso al colectivo prefiriendo viajar parada. Al menos cuando arranca, algún soplo en las axilas despega mi camisa. Evito así, además, los asientos grasientos y mojados. 
La calle emparchada con brea hirviendo, herida y cicatrizada, me devuelve un calor resentido, vengador, espeso. Mi reino por un split, pienso. 
Al final de la tarde mi límbico agoniza y respondo autómata ante  cualquier  estímulo. Paso por un bar. Una cerveza fría hiela mis pezones y una paleta de ventilador ayuda, pero no alcanza a evitar que corra una gota desde la nuca hacia mis nalgas. Me gusta pensar esa gota como un dedo experto. De una mano grande. De un antebrazo peludo. De un hombre morocho con sonrisa blanca. En una playa blanca también. Mis ojos al igual que mis aductores se entrecierran en el último trago.
En noches como hoy agradezco que la suerte me haya negado un departamento con balcón a la calle. El baño con agua fría reconforta. Blues suave y apago las luces. La toalla no molesta tanto. La exigua brisa nocturna termina de secar mi cuerpo en el contrafrente, mientras sacudo mis cabellos. A oscuras enciendo un cigarrillo y echo la primera bocanada de humo desde el sexto piso hacia la luna. Noche estrellada, tampoco mañana lloverá.
 Inspecciono los techos de la cuadra. Algunos de chapa amenazan tortura. Una piscina envidiable que nadie disfruta. El ruido de la calle cada vez más lejano. Las luces en las ventanas de los otros edificios se  van extinguiendo como luciérnagas moribundas. Mi sensorio se va recuperando. La lucidez  por fin gana mi cabeza y ahora soy un gato en el tejado. Despierta por fin, al final del día.
Solo quedan tres ventanas con vida y la luz del cartel de la farmacia que se filtra entre los muros. Ahora verde. Ahora roja. Ahora verde. Ahora roja. Algo detiene mi escaneo en el contrafrente del otro edificio. Algo brilla. Sí. Algo parpadea espaciadamente. Sí. Es un cigarrillo en un balcón a oscuras. Será séptimo u octavo piso. Después los cuento bien. Alguien se adelanta y descansa sobre sus codos. La luz verde molesta. La roja no. Unos músculos despreocupados vestidos de rojo se marcan en el balcón. Intermitentemente veo a ese hombre en movimientos fraccionados como en una discoteca en los años ochenta. Está tomando algo. Seguro es whisky con hielo. Un hombre así seguro toma whisky, ninguna mariconeada como Daiquiri o Piña Colada.
Puedo ver que está solo. La luz de su supuesta habitación  en penumbras no evidencia rastro femenino. Si hubiera una mujer en su cama no le permitiría abandonarla. Yo no se lo permitiría. Lo entramparía por la cintura con mis piernas y en suave tijereta lo volvería a la cama. Le haría conocer el punto infinito entre las sábanas. Mis muslos se escaparían como peces en el agua. Provocadores. Instigadores. Para traerlo de regreso a su país, mi pubis. ¿Qué hace? ¿Me está mirando? Levanta la copa en ademán de brindis. ¡Qué vergüenza! Me ve. Me veo. Yo también me pinto de rojo con la luz de la farmacia. Lo saludo con la cabeza. Apago el cigarrillo. Desaparezco. Me lanzo a la cama boca arriba. Roja me duermo. No por la luz.
Verano. Enero. El día no da respiro. Colectivo. Sol. Calle. Cerveza. Gota. Dedo.
La noche me despierta lasciva después del baño. Noche estrellada. Tampoco va a llover. ¿Qué importa? Hoy me sirvo una limonada bien fría. Pretendo estar más tiempo en el balcón del contrafrente. Las luces se van apagando dibujando la misma oscuridad que ayer. Es interesante observar como se cumplen las rutinas. Definitivamente es séptimo piso. Hoy conté bien. Puedo divisar una luz verde como si fuera el televisor. Claro. Juega Central. No es gay, qué alivio. Preconcepto, pero alivio al fin. La luz roja lo muestra otra vez. Ahora con una toalla envolviendo sus piernas. Que buen gesto hacer causa común con la toalla. Un caballero. Hoy lo saludo yo, con mi limonada, y él eleva su whisky. ¡Que torpe! Se me suelta la toalla cuando levanto el brazo. Mi pecho izquierdo asoma inquieto como si quisiera conocerlo. Por suerte fue durante la luz verde. Ahora lo veo dando palmas arriba y la luz roja lo muestra sonriente. Me vio. Seguro sus dientes son bien blancos. Dejaría que  muerdan despacio. Cada centímetro de mi cuello hasta llegar a esa teta que aplaude. Nos quedamos mirando. Fumando. Pitando como si fueran nuestras lenguas. Indiferentes a ese puente invisible sobre los techos, las chapas, la piscina.
Verano. Enero. Puto calor. Hoy a la vuelta desciendo del colectivo una cuadra antes. El sol me derrite la nuca pero prefiero explorar la manzana. Trato de reconocer esos músculos en el supermercado de la vuelta. Su talle en el quiosco. Su sonrisa en la puerta de su edificio. Retiro la mirada esquiva ante cualquier persona que me observa y me mantengo encubierta. El calor me empuja a mi casa y respondo obediente.
Esta noche deja una lámpara encendida. La luz roja no le hacía justicia. Veo esa imagen en sacabocado como una estatua perfecta. Yo también ilumino mi living en actitud desafiante. Ahora puedo ver sus movimientos. Él los míos. Seguro nos entenderíamos en un abrazo único. Moviéndonos armónicamente mientras nuestros ombligos se saludan. Nuestros fluidos venéreos nos vuelven animales salvajes. Humedeciéndolo todo.
Verano. Enero. El día sigue transpirando. La calle sangrando. Solo hay fiebre en la ciudad. 
La noche apenas lastimada con pocas estrellas. Algunas nubes se animan esperanzadas. El baño me refresca y el balcón me espera. Dejo un rastro de gotas que prueban mi ansiedad. Blues. Luces encendidas. Al otro lado del puente invisible un hombre desnudo, ahora sin toalla, fuma un cigarrillo. Bebe un whisky. Espero su saludo. Enciendo mi cigarrillo y su deseo dejando caer suavemente la toalla. Nos miramos fijamente. Ajenos al puente. Puedo ver como se hincha su tórax en cada inspiración. Lo escucho respirando en mi oreja como el único aliento vital en esta noche desierta. Desconocidos e íntimos. Desaparece. Oscuridad total.
Desconcertada levanto mi toalla sin entender nada. Al deseo no hay que encapricharse en entenderlo. Simplemente existe o no. Algo entre mis piernas late. Instintivamente arreglo mi cabello con los dedos. Me calzo y visto en segundos.
Bajo por el ascensor. Llego a la puerta de la calle y veo un hombre que se aleja de espaldas por la vereda. Lo reconozco. Es él. Llamo su atención. Gira. Veo unos dientes perfectamente blancos que imagino mordisqueando mis pezones rosados. Inspiro profundo.
-Ya me cogiste la mente, ¿cuándo me vas a coger el resto? – le digo.
Subimos. 
La noche se deshace  en truenos, gritos  y agua. Lluvia de verano. Enero después de todo no es tan malo. 


CLÍTORIS

por Sergio Giro



Diría que la primera verga que mamé fue la de ella. La primera vez que lo vi me contuve. Supe que si no me aguantaba la iba a asustar. Cuando la conocí presentí  cómo venía la mano. Al final terminó siendo buena compañera, pero era bien nena de papá: no precisamente puritana pero con ciertas reservas. Y definitivamente tenía poca idea del asunto.
Así que la primera vez fue de misionero nomás, después me fui soltando un poco más y para cuando se la chupé ya habíamos cogido varias veces.

Lo puse demasiado a flor de piel. Tiene que ser eso. Porque si no tendría que haber aguantado. Seguro.

Recién desnuda le abría las patas y estaba ahí. Invitándome a que lo chupe, insinuando que podría culearme. La primera vez lo froté un poco con la lengua, lo normal. Ella me pareció un poco sorprendida de que le hubiera gustado.
Con el tiempo fue lo único que me atraía (y cómo). Se volvió una rutina extática frotarlo, chuparlo y después separar los labios para aprisionarlo entre los incisivos.
Después me la cogía como con desdén.

Los alfileres estaban en la mesa de luz desde la primera vez que me la cogí. Vaya a saber para qué los usaba. Porque las cosas de la mesa de luz eran siempre distintas: cosas que había usado ese mismo día. Por ahí los usaba para sostener las sábanas. Se me ocurre ahora porque sí que tenían motivos para salirse y nunca lo hacían. Pasado el revoltijo uno podía taparse sin miedo a descubrirse los pies. ¿Para qué mierda tiene alguien alfileres de gancho en la mesa luz, si no?

Mis amigos me veían contento. En general las compañeras no me duraban tanto. Lo atribuían, obviamente, a que estaba muy buena. Carita de nena, tetoncita, culo desaforado. A mí al final me daba lo mismo: ni la miraba. En cuatro no me la cogía porque no le veía el pubis. Mientras la cogía no miraba otra cosa. Un par de veces me pidió que la bese mientras. Ignoradas totalmente.
A veces me daba algo de culpa pensar que de todo eso que tenía enfrente me atrajera solamente esa prominencia menor. También estaba el miedo a que se diera cuenta de que solamente me acompañaba por eso. Le chupaba un poco las tetas, se las masajeaba un rato, llegué a lamerle el culo. Nunca antes había metido la lengua entre dos nalgas semejantes. Pero mientras lo hacía me preocupaba por cuánto tiempo llevaba haciéndolo. Porque quería que pareciera que me gustaba. Pero a la vez quería sacar la lengua de ahí y ponerla del otro lado.

Se me ocurrió mirando la plomada. De hecho, no sé cuánto tiempo me quedé mirándola. Lo primero que pensé fue que me iba a dar mucha vergüenza si me preguntaban qué tanto la miraba. Por suerte los otros dos estaban ocupados desenredando.

Los últimos días ya ni podía sostener una conversación. Su cara, y en general su presencia, eran para mí un memento de su clítoris. Había desarrollado una cierta habilidad para captar sólo el tema de la conversación y las dos o tres últimas palabras. Me asombró lo bien que funcionaba ese truco barato. Era también una prueba de que su conversación no necesitaba demasiado: con una proporción mínima de mi atención le alcanzaba. Inclusive no le llamaba la atención que mientras estaba hablando de cualquier cosa yo me frotara con fruición el labio inferior con la punta de la lengua.
Me tenía que cuidar de no hacer ese mismo gesto en el laburo. También quería evitar colgarme. Una vez que miré la hora habían pasado veinte minutos desde la última vez, y lo único que recordaba era haber imaginado una manera nueva de chupárselo. La recuerdo bien: estaba arrodillado y ella estaba cabeza abajo, con los muslos por arriba mis hombros. Lo intentamos pero al final no me gustó lo suficiente, como para justificar la postura un poco incómoda. Me quedaba bastante cómodo para meterle el dedo en el culo, eso sí.

Quizás no fue lo mejor irse. Dejar que esos gritos se fueran perdiendo en la distancia. Esos gritos que no eran constantes pero sí que intensos. Ráfagas intermitentes. Como si ese dolor o lo que fuera que sentía tuviera que abrirse paso a través de la somnolencia absoluta, y una vez llegado a la superficie reventara con toda la energía que necesitó para llegar desde las entrañas hasta el aire mismo.

Sobre el final nos habíamos acostumbrado a coger borrachos. Inconscientemente borrachos (sobre todo ella). Aunque a veces ni se me paraba, a mí me venía bien porque podía estar todo el tiempo que quisiera. Ella podía después pensar que habían sido dos minutos o treinta.
Y una vez, en la duermevela a la vuelta del sopor del sexo y del alcohol, se me ocurrió lo de dormirla.
Conseguir las pastillas no costó nada. Se las pedí a un amigo psiquiatra para dormir. Bien molidas, fueron insípidas en los últimos vasos de whisky. Después del primer vaso, yo sólo simulé tomar.
Y ahí estaba yo. En una mano el alfiler de gancho y en la otra la plomada pendiente. Puncé el clítoris con decisión y me dio tiempo a cerrar el alfiler. De lo que pasó en la entrepierna, lo que sigue sólo lo puedo imaginar. Y de hecho lo hago cada tanto con cierta fruición morbosa que me avergüenza un poco: el pinchazo la despertó; cuando se levantó, la plomada se volvió súbitamente pesante. Reveo, en cámara lenta, cómo se va torciendo el alfiler hasta llegar al cabo donde se cierra, y cómo empezó a cortar hasta que le desgarró el clítoris y la sangre y todo y fue un desastre.




martes, 27 de septiembre de 2011

Concurso de relatos eróticos Revista Apología


Estimad@s: por el pedido de algunos lectores, en el próximo número de la revista se publicarán una serie de relatos eróticos, donde se contarán experiencias, fantasías, maravillas e insatisfacciones, todas esas cosas que nos suceden a diario.

La idea es invitarlos a que nos manden sus escritos y nos cuenten de qué carajo se trata el erotismo, ese animal hambriento que baile en la noche del mundo en busca de si mismo.

Se reservará la identidad de los que escriban, y se priorizarán aquellos relatos donde se cuenten experiencias que no sean “normales” (por normal entendemos lo que cada participante entienda por dicha palabra).

Los relatos se recibirán desde ahora y hasta el 30 de octubre, en nuestro mail

apologíarevista@hotmail.com.

Saludos a todos desde el staff de la revista.

lunes, 29 de agosto de 2011

Revista Apología Nº 4

Ya se encuentra en venta el nuevo número de la Revista Apología. En esta edición:

-Perderse para siempre; a modo de editorial.
-La Libertad; un nocturno recorrido por la Plaza Libertad
-No apostatarás; nota que investiga la apostasía, solicitud de ser borrado de los padrones de la igelsia católica, considerada por esta como el peor de los pecados.
-Las voces de los bordes; crónica callejera. Tipos de la calle y reflexiones sobre el periodismo.
-Las doradas manzanas de un Pichincha gris; recorrido por barrio Pichincha, personajes y lugares, fantasmas en este barrio cada vez mas careta
-La aventura, ese milagro perdido; entrevista con el antropólogo Jorge Grossman. Reflexiones sobre el maldito mundo contemporaneo
-Con pena y con gloria; recuerdos de la infancia
-Fantasmas de la carne; nota gráfica
-Un espejo de palabras; reflexiones temblorosas sobre la soledad del alma humana
-¿Qué pasó con la cocaína?; recorrido por las calles de la cocína barata.

Sección "El callejón": humor, delirio y llanto. Invitado especial: Enrique Symns

Lugares de venta:

Librería "Buchín"; Entre Ríos 735.  Librería "El Lugar"; 9 de Julio 1389

Librería "Oliva"; Entre Ríos 548.  Librería "El Argonauta"; Rioja 725
...
Librería "El Pez Volador"; San Lorenzo 983.  Librería "El Juguete Rabioso"; Mendoza  784.  Librería Longo: Sarmiento 1173.


miércoles, 24 de agosto de 2011

PRESENTACIÓN REVISTA APOLOGÍA Nº4


(PERIODISMO MARGINAL Hecho EN ROSARIO, LA CIUDAD DEL MATADERO)

La primera de una serie de presentaciones del FANZINE CABEZA (Diseño+Dibujo)

Muestra de Xoxu, desde Sao Paublo, Brasil. Remeras, poster, serigrafia, revistas, cerveza, etc.

Música durante toda la jornada.

Todos invitados, nos vemos ahí.

Lugar Madma - Balcarce 839. $10 con una Apología de regalo.



Diseño de Flyer: Hanoi Shoks

lunes, 1 de agosto de 2011

jueves, 21 de julio de 2011

Ojos de video-game

Hicieron furor a principios de los ’90, cuando el paddle parecía amenazar al fútbol y Tinelli empezaba a construir su imperio. A pesar de la proliferación de la Play y las pc, todavía sobreviven algunas casas de juegos, como el Bowling 10.  Son en muchos casos vía de escape y refugio ante una escuela desbordada, un trabajo limante, o relaciones sin futuro.    
 Por Mariano D’Arrigo
 “¡Boludo, cómo vas a errar ese gol!” grita un pibe, mientras su compañero se agarra la cabeza. Termina el partido. A su lado, otros dos jóvenes festejan. La escena no se desarrolla en un potrero o una plaza, sino en el Bowling 10, el histórico local de videojuegos de la peatonal Córdoba casi Maipú.
 Son las 7 de la tarde de un domingo todavía soleado. El local está lleno con decenas de muchachos, la inmensa mayoría de ellos no llega a los 25 años. Parecen uniformados: gorra, remera con estampa, jean gastado y zapatillas de marca. Las pocas chicas también comparten estilo: jean apretado, remera corta y sugerente, lunar plateado arriba del labio.  
La imagen inquietaría al ojo pequeñoburgués: son jóvenes, son pobres, son muchos, se divierten. Vienen de Las Flores, La Lata y otras barriadas populares de la ciudad. Ellos son los que nos roban nos matan y nadie hace nada si estos pendejos están todo el día falopeados y  entran a las comisarías por una puerta y salen por la otra porque los jueces respetan los derechos humanos de los ladrones y asesinos pero no los de la gente honrada y decente como uno. Lo ha visto en tele. Lo ha leído en los diarios. También lo dijeron en la mismísima radio. En realidad, los medios y los dispositivos de control social del estado burgués no inventan nada, sino que reactualizan el discurso de un miserable llamado Cesare Lombroso, un criminólogo italiano quien a finales del siglo XIX creyó haber descubierto los rasgos biológicos distintivos del delincuente. Hoy comería seguido en la mesa de Mirtha Legrand.
Sin embargo, el encargado del local desmiente la peligrosidad de estos jóvenes. “Es muy raro que haya situaciones violentas”, sostiene, y agrega: “Se forman grupos y se arma cierta camaradería. Organizan torneos entre sí, y no pasa nada”. Raúl anda por los 50, porta barba gris de pocos días. Sus ojos entreabiertos reflejan la cara de alguien cansado y acostumbrado a las luces intermitentes y a ese ruido que no se detienen nunca. Cuelga de su cinturón un enorme manojo de llaves que abre la pequeña caja fuerte de las máquinas. 
Para el Bowling el tiempo se detuvo en los dorados ’90: están el “Mortal Kombat”, el “Street Fighter” y flippers de películas de aquellos años, como “Jurassic Park” o “Los locos Addams”. El público se volvió más homogéneo, los jóvenes de clase media juegan en su casa o van a los shoppings, donde están las máquinas más nuevas. “Hasta el ’97 y ’98 el público era variado. Antes acá no cabía un alfiler, todos los días estaba lleno”, recuerda Raúl. En la semana el local está casi vacío, y concurre más gente los fines de semana. “Alcanza para mantenerlo”, reconoce.
Como todo goce, tiene un precio. Un peso la ficha, cuatro el tejo, el pool y la línea de bowling. En la entrada hay dos juegos perversos. En uno el jugador maneja una pinza mecánica con el objetivo de extraer un reloj, un peluche, una pulsera, algo que sirva de regalo a un hijo, sobrino, o primo. El otro es la cascada de fichas: el usuario introduce una ficha en una ranura, con la esperanza de que mueva el resto de las fichas y las haga caer en una bandeja. Una carnada, un mini casino, el milagro que nunca ocurre.
Los juegos de fútbol y lucha son los que más facturan. Se juega la fantasía de ser otro: el goleador de la final, el que da los golpes en vez de recibirlos. Y ganar, aunque sea un rato.
Se hizo de noche. Un grupo de pibes sale a la peatonal, ya desierta. Fuman un cigarrillo. Se lamentan, algunos del examen de matemática del día siguiente, otros de que deben levantarse a las 5 para ir a trabajar. “Unas fichitas más”, se convencen, y regresan al salón.